No pretendo ni remotamente con esta nota construir un ensayo de la magnitud de la obra maestra de la integrante del excéntrico Círculo de Bloomsbury; también está lejos de mis temores internarme en el lago Llanquihue con el bolsillo lleno de piedras, por el momento.
No pretendo erigirme en comentarista o crítico de Virginia Woolf; a poco andar en la lectura de ese ensayo quedó patente en mí la considerable distancia que me lleva. Distancia inalcanzable, por más libros que siga leyendo o estudios literarios que haga. Solo está en mi ánimo fijar dos o tres ideas que me han marcado, quizás me han hecho cambiar de opinión sobre el tema del feminismo, tras la lectura de su texto.
La primera, para mí la más importante, es que he tomado conciencia del rol al que durante miles de años fueron destinadas, arrinconadas, las mujeres. Siempre dedicadas a la crianza, a las labores hogareñas, lo que no es novedad. Siempre pobres (esta realidad fue para mí novedosa), puesto que ni siquiera podían disponer de sus bienes, considerados patrimonio de sus maridos. Pasto para los buitres de sus hombres, si estos se ensañaban contra ellas físicamente, Sin posibilidad de acceder a la creación poética o novelesca (las excepciones las resume en muy pocos caso, Austen, las hermanas Brontë, George Eliot y muyb pocas más, habiendo ignorado por rara causa a Mary Shelley). Woolf imagina el caso de una supuesta hermana de Shakespeare, Judith. Todo lo que le daba aires de frescura y libertad al Bardo de Abon no lo tenìa ella, no lo podìa tener. Eso desembocaba irremediablemente en horizontes estrechos, tiempo para escribir inexistente, motivaciones menores. Es el mismo problema que tiene el personaje Jane Eyre, mediante el cual su autora revela su opresiòn y lejanìa del mundo de los hombres, en un momento en que se encarama en una terraza y ve los prados a lo lejos, y detrás de ellos las montañas y más allá las grandes ciudades, privilegio de los viajeros.
(sigue)