Debí ser músico, pianista. Por las mañanas habría tomado el café en los comedores del hotel, con un diario extranjero en la mano. Perdida la noción del tiempo, de vez en cuando sacaría una servilleta y dibujaría notas en un pentagrama hecho a la rápida. Galoparía con los dedos en la mesa y corregiría algunas de las notas. El café se habría enfriado, pero eso sería lo de menos.
En mi habitación no habría guaguas llorando ni ropa sucia encima de la cama ni habría oscuridad; en la cocina no habría un basurero repleto de envases de yogur, cáscaras de plátano y huesos de pollo y los ángulos de las piezas no estarían blanqueados por telarañas.
Pasaría mis mañanas en el teatro, ensayando frente al piano. De reojo vería desde el escenario la platea vacía, en sombras, misteriosa. Debussy, Bartok, Ligeti significarían la mitad de mi vida y las variaciones Goldberg, la causa de mi frustración. Pasearía a Brahms, Schumann y Chopin por el Metropolitan, el Musikwerein, el Teatro de la Ópera. Sería capaz de retar a duelo a quien sostuviera que Gavril Popov no fue más que un curadito. ¡Ay del que lo diga!
El miedo a la locura, el aturdimiento ante la nada, el amor perdido me sumirían en desgarradora melancolía y de pronto los vuelos entre Lisboa y Buenos Aires se me antojarían vacíos y el marfil de las teclas frío, cruel, burlesco. Querría renegar entonces de la música y huir en citroneta a un pueblito de provincia donde me acogieran una esposa, tres hijos y una nieta. O anhelaría la utopía de una rutina semanal de supermercado y shoping, de visitas al doctor, clases de catequesis, cuentas de Falabella y rojos en las libretas: esos serían los sueños imposibles que soñaría antes de comenzar a estudiar en los ensayos y antes de que mis labios bebieran de la copa de vino blanco sobre el piano.
Luego, seguramente, me reconciliaría con las teclas y las besaría con mis dedos y entonces el pensamiento sería sonido que conduce a unos laberintos sin olores ni sabores ni colores, las tierras del paraíso.
Debí ser músico, pero no lo fui. Dios me expulsó de sus dominios y me ha obligado a trabajar. Trabajar. Trabajar.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
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1 comentario:
Debiste de ser músico..... yo tambien pero los dioses no nos llamaron por esos derroteros....
Un abrazo.
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