"El fútbol es simpleza: yo hacía el pase antes de recibir la plancha", explica con un saltito y un movimiento de caderas.
Se va haciendo tarde; es hora de marcharse.
"Un día fuimos a jugar a Antofagasta y el arquero me invitó a la casa de su sobrina. ¿Y qué llevái en ese paquete? le dije, y sacó un taladro. En la noche hizo un hoyo en la pared con el taladro para mirar a la sobrina".
Alguien consulta su reloj.
"En Temuco fuimos al hotel Central, que ya no existe. En la pieza, Arias se puso abajo, Abarca se paró en sus hombros y Ramos se encaramó sobre Abarca. Ramos veía a la administradora que estaba en el baño y les contaba: Se va a sacar la ropa... se quitó el vestido... se bajó los calzones... ahora se está jabonando, pero Arias no dio más y se vinieron todos pabajo".
Nos despedimos.
En la calle las piernas pesan y el calor arrecia: el cansancio invita a la lengua a reposar.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
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1 comentario:
instantes fugaces que se disuelven con un movimiento de cadera o una escalera que se deshace.
Un abrazo
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