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miércoles, agosto 31, 2022

Senderos trágicos, pacíficos, cotidianos

Anoche tuve el siguiente sueño: estaba muerto, había muerto de Covid. Caminaba con mis amigos, una especie de cámara nos enfocaba en plano medio, mientras reflexionaba sobre el asunto. 
De modo que el Covid fue capaz de matarme, aun habiéndome vacunado. Esta toma cinematográfica era la prueba.
No había sufrido ningún tipo de dolor, ni molestias. Nada de problemas con la respiración, el olfato, la fiebre. Simplemente había muerto de Covid. 
Sentí que nunca le había tomado el peso a la epidemia y que el hecho debía comunicarlo de algún modo. La peste blanca me había llevado de este mundo; a la muerte se podía llegar por distintos senderos. Había senderos catastróficos, trágicos, accidentales, pacíficos, serenos, cotidianos.

martes, agosto 30, 2022

El misterio del éxito y del fracaso

No basta haber aprendido a leer a los dos años ni haber interpretado a Shakespeare a los diez. Tampoco, haber sido amado y criado en libertad. O haber tenido un padre alcohólico.
Las cosas que suceden, suceden por motivos extraños; la mente adopta su respuesta al mundo ante una caja de fósforos que cae al suelo, un tropezón en una acequia, un chicle que se va por la garganta.
Benicito entró corriendo a mirar por el telescopio, eran las siete de la tarde; alcanzó a ver un poco de la Luna, pero una nube la tapó. Bajó a tocar el piano y jugó con los dedos y las teclas, inventando ritmos y sonidos. Después se fue a dormir con su papá, mi hijo.
Quisiera orientar los misterios que transitan por su alma, mas los años no me han regalado certeza alguna; a esta altura ni siquiera sé qué sabor tiene el éxito ni a qué sabe el fracaso.

miércoles, agosto 10, 2022

De nuevo lo mismo, por Dios

¡De nuevo lo mismo!, tal parece que nunca aprendo, por Dios; vuelta a quedar abandonado en un punto impreciso de la vía, en los arrabales de la capital. Solitario en la berma, formando parte de un paisaje híbrido que tiene de ciudad y de campo chileno. 
Una fila de álamos oculta la acequia, los sembradíos y lo que no se ve más allá; se hace tarde. 
Si no pasa otra micro tendré que pasar la noche aquí. No es peligroso, es... incómodo. Le pregunto al hombre que camina si estoy realmente en Américo Vespucio, hace rato que me nació la duda. 
"Américo Vespucio es la calle paralela". 
Eso significa que es inalcanzable. Por mucho que recorra este camino, jamás llegaré a Américo Vespucio. 
De modo que estoy en dificultades. Parado en un lugar cuyo nombre ignoro, y por donde no pasan micros que me puedan llevar a casa. 
Por la mañana la gente espera en una sala la partida de sus buses; al subir a examinarlos observo que ya hay pasajeros sentados. Podría asegurar un asiento, pero aún no me confirman cuál sería mi autobús. El amable empleado de camisa blanca y corbata comprende mi ansiedad, mis temores. Me rodea la espalda con su brazo. "Hay uno que lo puede dejar en la Plaza Ñuñoa. Súbase a ese, si gusta". "Claro, claro, ahí ya me ubico".
En mi casa le voy relatando paso a paso el episodio a mi mujer, las razones por las que no pude regresar la noche anterior. No había nada sórdido, nada pecaminoso ni escondido. Ella escucha sin mayor interés, está preocupada de otras cosas, da por sentado que mi explicación es coherente. Pero entonces le doy la mayor de las sorpresas.
"No, le digo, te lo he contado todo y me has creído, pero esto nunca sucedió, ha sido un sueño que tuve, yo pasé la noche contigo y sentí como te movías en la cama".
Al despertar del doble sueño me he propuesto narrar esa experiencia.