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viernes, diciembre 26, 2025

Desafiando a las masas

No es un buen día para sumergirse en la redacción de un relato turbio y vago de final desconcertante, pero la fuerza de la pesadilla que tuve hace tres días, y de la que traté de escapar, me obliga a hacerlo. 
Delante nuestro corría el auto gris, un suv de precio medio; nosotros viajábamos en uno parecido, tal vez un par de años más antiguo, ligeramente descuidado. Un puente mecano sin barandas rodeaba en un ángulo recto un risco caído a plomo. El auto delantero tomó la curva cerrada con imprudencia, de tal forma que la rueda trasera de la derecha quedó en el aire, con el vacío bajo ella. El auto se desequilibró, pero logró zafar. No se podría afirmar de sus ocupantes que fueran tan amigos nuestros; tal vez fuéramos colegas de oficina y nuestras familias se conocieran lo suficiente como para emprender este viaje juntos.
Seguimos hacia nuestro destino. 
Entramos a un camino de tierra, se nos presentó una nueva curva; mi compañero de viaje trató de tomarla en su vehículo antes que el camión con acoplado, pero el capó se incrustó debajo del acoplado. Hubo un momento de tensión. Si continuaba insistiendo, el auto quedaría despedazado. Mi amigo se echó hacia atrás, sin daños visibles. Con el barullo, en el camino de tierra se abrió un espacio para adelantar; juzgué que llegaba mi momento.
Aquí comienza el ensueño desbocado, unido con toda seguridad a mis primeros movimientos en la cama, que despertaron a mi mujer y la impulsaron a remecerme. Pero el sueño era más poderoso y prosiguió.
Avanzando en la pradera irrumpieron las masas. De un lado, las masas furibundas; del otro, yo, con los brazos abiertos, dispuesto a jugarme la vida, como se ve en las películas de batallas medievales. Las enfrenté con resolución, en una maniobra temeraria, valiente. De los sujetos de todas las edades que corrían a atacarme y pasaban de largo solo pude distinguir sus miradas inclementes. Yo no era el hombre invisible para las masas, pero su fuerza no era capaz de tumbarme, asì como yo tampoco lograba hacerles el menor daño.  
Al rato fui a dar al despacho del facineroso espeluznante. Era bastante grande de porte y sus gafas le daban un aire formal, de caballero altanero. Vestía delantal celeste de sanatorio, señal de que tan importante no era. Ahí me tuvo un buen rato, haciéndome exámenes y preguntas que no condujeron a nada.
Se daba ínfulas.
Luego de su perorata, o filípica, volvimos a la pradera. Ahora todo había cambiado; el aire, la percepción del paisaje, el ánimo con que se enfrenta lo desconocido. Había oscurecido; la luna llena alumbraba un entorno fantástico, acogedor. Desde los amplios ventanales del edificio de cuatro pisos nos miraban, nos juzgaban. Nosotros nadábamos desnudos, felices, sobre el verdor de las plantas y las arenas del suelo costero, sin hacerles mucho caso.
Son escasos, por no decir escasísimos, los momentos en que mis sueños se recubren de felicidad. No es extraño que esos pocos segundos se relacionen con desplazamientos en aguas cristalinas o, como en este caso único, con flotar sobre el paisaje semidesértico bajo una luna llena. Recuerdo que mi única precocupación era que mi barriga no luciera tan ostentosa, de modo que trataba de nadar al estilo pecho, ya que mirado el cuerpo desde los ventanales, mi espalda lucía de lo más digna.

jueves, diciembre 18, 2025

Stoner

Lo que cautiva de Stoner es la fluidez y sencillez del relato, la verosimilitud de la historia y la credibilidad y profundidad con que envuelve a sus personajes, que parecen de carne y hueso, copiados con calco de una realidad que a fin de cuentas es ficticia. Pero cuán ficticia. Me quedo con la interpretación de Vargas Llosa, resumida en el título de uno de sus ensayos: La verdad de las mentiras. 
Pocas veces este año, mejor dicho, creo que ninguna, he leído un libro poco menos que sentado en la punta del asiento, como mirando una película de suspenso, sin querer que termine y devorando las páginas con los ojos. Me asombra que en toda mi vida jamás haya oído hablar de John Edward Williams, el autor, y le agradezco a mi amigo Miguel Ángel Castillo, maestro de fuste, el habérmelo revelado. Resulta evidente que eso se debe a mi pobre cultura literaria, al hecho de leer al tuntún, sin método alguno, sin base académica. También sde me hizo evidente, a las pocas páginas, darme cuenta por qué me lo recomendó.
Al leer Stoner pareciera que escribir es fácil y dan ganas de imitarlo. Sucede lo mismo con Borges, con Kafka. A poco andar se descubre que son inimitables. Williams tiene la gracia de jugarse el pellejo en cada capítulo, en el que describe una situación específica de la vida de Stoner. No cae en la tentación de mezclar, a sabiendas de que la vida es mezcla. Él separa. Disecciona. Vierte su talento en el problema de turno, obliga al lector a concentrarse en esa etapa, y el lector se lo agradece. Todo aquello lo hace con una extraña humanidad, acaso reflejo de la piedad que sentía por el ser humano, tal vez por sí mismo, algo que no se ve en muchos escritores. Una novela como esa, que se alimenta de emociones, corría el riesgo de despeñarse hacia el viscoso terreno del melodrama. Williams atraviesa con éxito la cuerda floja, amenazado página a página por la tentación sentimentaloide. 
Leí Stoner antes, durante y después de la elección presidencial que le dio el triunfo a José Antonio Kast. El suceso (el mazazo a la izquierda, los vientos de cambio, la paliza republicana) pasaron a segundo plano en mi diario vivir.

domingo, diciembre 14, 2025

Hámsters

El problema central, que algún día habrá de resolver la ciencia, estriba en que el ser humano pueda reemplazar sin trauma alguno el peso de su pasado por algo nuevo, diferente, sin olvidar ni renegar de su pasado. Mientras eso no sea posible seguiremos girando en una rueda, atados a nuestros destinos, como hámsters.

viernes, diciembre 12, 2025

La Casa Rusia

El argumento es bastante sencillo, pero el autor se da maña para desarrollarlo en casi quinientas páginas de un libro con letra en cuerpo 11, me pareció.
El estilo fluye como las tramas de espionaje, siempre complicadas. No es fácil la lectura. El autor presenta las situaciones y a los personajes como si el lector los conociera de antemano; luego revela; es un truco que utilizan Bellow y tantos otros. Así, a menudo hay que retroceder algunos párrafos en la lectura.
La cantidad de personajes abruma. Solo una inteligencia atenta es capaz de retener a la perfección sus características físicas y psicológicas, la mía se confundía a veces. Terminé por rendirme ante el problema.
El suspenso la hace interesante.
Sobre el fondo no me cabría más que alentar una hipótesis: esta es una historia en la que los hombres, las instituciones, lo ponen todo en duda. Es el eterno conflicto de los países (gobernados por hombres) que desconfían unos de otros, sin atreverse a decidir a favor de la sinceridad, porque lo que está en juego es demasiado. Es la historia del amor como símbolo de redención, aunque esto último también queda bajo el manto de la duda.  

domingo, diciembre 07, 2025

Horas difíciles

Vienen a pasarlo bien, vienen a divertirse. ¿De qué me enfado?  ¿Por qué me angustio? Han esperado días para celebrar, han pagado, se han vestido para la ocasión, han limado asperezas entre ellos para vivir una tarde, una noche, de fantasía.
Sería esta la forma correcta de mirar las cosas, la forma constructiva, optimista y buena. Pero yo, angustiado por mi tranquilidad, por el futuro que me espera, los miro por detrás de los visillos.
¿Qué tranquilidad esta, la mía, que siempre me ha sido tan esquiva? ¿Qué futuro?
Mi mente se retuerce, se niega a aceptar la realidad desde ese punto de vista, se complace imaginando catástrofes. Anuncios apocalípticos, fin de una ilusión. Vuelven mis días a las salidas de mi padre que pronosticaban tormenta, combinadas con cuatro o cinco días de felicidad, después la nueva salida, ciclo eterno de infancia.