Delante nuestro corría el auto gris, un suv de precio medio; nosotros viajábamos en uno parecido, tal vez un par de años más antiguo, ligeramente descuidado. Un puente mecano sin barandas rodeaba en un ángulo recto un risco caído a plomo. El auto delantero tomó la curva cerrada con imprudencia, de tal forma que la rueda trasera de la derecha quedó en el aire, con el vacío bajo ella. El auto se desequilibró, pero logró zafar. No se podría afirmar de sus ocupantes que fueran tan amigos nuestros; tal vez fuéramos colegas de oficina y nuestras familias se conocieran lo suficiente como para emprender este viaje juntos.
Seguimos hacia nuestro destino.
Entramos a un camino de tierra, se nos presentó una nueva curva; mi compañero de viaje trató de tomarla en su vehículo antes que el camión con acoplado, pero el capó se incrustó debajo del acoplado. Hubo un momento de tensión. Si continuaba insistiendo, el auto quedaría despedazado. Mi amigo se echó hacia atrás, sin daños visibles. Con el barullo, en el camino de tierra se abrió un espacio para adelantar; juzgué que llegaba mi momento.
Aquí comienza el ensueño desbocado, unido con toda seguridad a mis primeros movimientos en la cama, que despertaron a mi mujer y la impulsaron a remecerme. Pero el sueño era más poderoso y prosiguió.
Avanzando en la pradera irrumpieron las masas. De un lado, las masas furibundas; del otro, yo, con los brazos abiertos, dispuesto a jugarme la vida, como se ve en las películas de batallas medievales. Las enfrenté con resolución, en una maniobra temeraria, valiente. De los sujetos de todas las edades que corrían a atacarme y pasaban de largo solo pude distinguir sus miradas inclementes. Yo no era el hombre invisible para las masas, pero su fuerza no era capaz de tumbarme, asì como yo tampoco lograba hacerles el menor daño.
Al rato fui a dar al despacho del facineroso espeluznante. Era bastante grande de porte y sus gafas le daban un aire formal, de caballero altanero. Vestía delantal celeste de sanatorio, señal de que tan importante no era. Ahí me tuvo un buen rato, haciéndome exámenes y preguntas que no condujeron a nada.
Se daba ínfulas.
Luego de su perorata, o filípica, volvimos a la pradera. Ahora todo había cambiado; el aire, la percepción del paisaje, el ánimo con que se enfrenta lo desconocido. Había oscurecido; la luna llena alumbraba un entorno fantástico, acogedor. Desde los amplios ventanales del edificio de cuatro pisos nos miraban, nos juzgaban. Nosotros nadábamos desnudos, felices, sobre el verdor de las plantas y las arenas del suelo costero, sin hacerles mucho caso.
Son escasos, por no decir escasísimos, los momentos en que mis sueños se recubren de felicidad. No es extraño que esos pocos segundos se relacionen con desplazamientos en aguas cristalinas o, como en este caso único, con flotar sobre el paisaje semidesértico bajo una luna llena. Recuerdo que mi única precocupación era que mi barriga no luciera tan ostentosa, de modo que trataba de nadar al estilo pecho, ya que mirado el cuerpo desde los ventanales, mi espalda lucía de lo más digna.