Usted me habla de placeres secundarios, como la inclinación psíquica por un equipo de fútbol y las consecuencias que eso implica atendido el resultado del partido que juega. Así entonces, estos placeres, estas emociones, no le estarían haciendo mucho bien, pues a veces desembocan en dolores fuertes, en grandes frustraciones. Descubre que el triunfo de su equipo favorito le causa un placer que irradia por sus poros, le provoca movimientos reflejos, le deja el alma durante lo que resta del día con ganas de revivir el momento. Pero tanto o más placer que ese le genera la derrota del adversario. Los resultados inversos lo sumen en una dolorosa frustración que puede llegar a durar días enteros y su recuerdo, años.
No es posible que una persona como usted, caballero, y por qué no decirlo, un escritor como usted, confiese estos pecados. No puede ser que se sienta así, eso no tiene nada de bueno. Y tomar conciencia del fenómeno tampoco ayuda mucho.
Pues de allí a cambiar de estilo, a encaminarse en dirección hacia una vida serena y prudente, exenta de ambiciones, no hay un paso, hay toda una vida; me refiero a la vida que ya ha vivido, que es la vida verdadera.
Existen almas selectas y existen almas ordinarias, usted pertenece a estas últimas.
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