Hay ganadores que han pasado sin pena ni gloria (¿alguien que viva fuera de Chile recuerda hoy a Gabriela Mistral? ¿Alguien se acuerda del ganador del año pasado?). Hay ausencias escandalosas: Borges, Tolstoi, Joyce, Proust. Otros grandes ignorados por los sabios de la Academia Sueca: Nabokov, Graham Greene, Virginia Woolf. A Kafka no se lo dieron porque en vida era menos conocido que el tío de Fidel Castro. Juan Rulfo escribió muy poco; el Nobel exige al menos unas setecientas páginas.
¿Qué es escribir bien, digamos que así como para merecer el Nobel? Solo lo saben los grandes sabios, anótese la aliteración. Isabel Allende, descartada. J. K. Rowling, descartada. Ken Follett, descartado. La literatura popular no tiene espacio dentro de la comisión de eruditos. Mínimo un libro difícil. A nivel local, recuerdo dos bullados premios nacionales otorgados en su momento. Rodolfo Oroz, un estudioso de la lingüística que jamás publicó una novela ni unos miserabes versitos. Diamela Eltit, autora progresista, feminista, experimentalista, etc. Su lectura es el mejor remedio natural contra el insomnio. Pero acá sí se lo dieron a Rivera Letelier y a Díaz Eterovic, lo que demuestra que nuestros jurados también son capaces de premiar el libro fácil. A todo esto el cura Ibáñez sigue sin recibirlo, al igual que Héctor Soto. Lafourcade se lo merecía pero se rindió, se puso el pijama de palo y entró a dormir el sueño de los justos.
Lo otro de que está empapado el Nobel es de política. Los gallos de izquierda se adueñan de todos los grandes salones de la estética y el pensamiento. Y entre medio naufragan en medio de escandalosos contubernios, uno de los cuales obligó a la suspensión del Nobel en el año 2018, recordarán. Hasta el MeToo estuvo metido en el embrollo.
Para qué seguir, Anne Carson. Siga escuchando el viento; disfrute de sus minutos de fama y de su milloncito de dólares y pico. Solo el tiempo dirá si lo suyo era moda o literatura clásica. Por ahora me abstengo de comentarios críticos acerca de su obra, por razones obvias.