Si lo quieres, tienes que pagar. Si no puedes, no lo busques. Si quieres y no tienes, vete a otro lado. Si insistes, para ti no estoy.
Todo lo que le decía era verdad. Pero verdad de cementerio. Le insistió con una última propuesta, a sabiendas del resultado. El tono era derrotista.
¿No merezco acaso una excepción?
Las campanas de la iglesia acallaron la respuesta.
Jajajajajajá, quién te crees que eres.
Se fue a su casa, a esperar el correo. Durante siete días aguardó la carta que no llegó. Al octavo día apareció el cartero con una pila de cuentas por pagar.
Qué curioso. Aquello que más quería se le volvía humo, burla y desprecio. Lo que le era indiferente y hasta repudiable aguijoneaba puntualmente su alma, sin fallar jamás.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
Visitas de la última semana a la página
miércoles, abril 24, 2013
lunes, abril 22, 2013
El muro y la tinaja
Un enorme muro geológico, imposible evadirlo, de extraña belleza, casi pura roca fría adornada de plantas que dicen tantas cosas cuando vibran por el aire agitado.
Desde abajo elevaban la vista, angustiadas, dentro de una tinaja de agua caliente que las adormecía. Las palabras de los seres que amaban se iban desvaneciendo. Sólo quedaban el muro y la tinaja.
La felicidad del cuerpo, la infelicidad de la mente.
Los arrieros que lo surcan por las noches, ateridos, que lo conocen como la palma de la mano mientras ellas, dentro de las aguas, los imaginan.
Desde abajo elevaban la vista, angustiadas, dentro de una tinaja de agua caliente que las adormecía. Las palabras de los seres que amaban se iban desvaneciendo. Sólo quedaban el muro y la tinaja.
La felicidad del cuerpo, la infelicidad de la mente.
Los arrieros que lo surcan por las noches, ateridos, que lo conocen como la palma de la mano mientras ellas, dentro de las aguas, los imaginan.
viernes, abril 19, 2013
El tallo
El movimiento interno se detuvo y lo clavó frente a la ventana. Por la vereda pasaba la gente con sus mil caras; era agradable divisar desde la perspectiva de un despedido la vida de afuera y la de adentro.
Sin aviso, tomó conciencia de un tallo largo que se elevaba desde un pequeño florero en su mesa. El tallo se refocilaba de su altura tímida; le interrumpía la visión y eso le iba provocando inquietud, por el efecto óptico del desenfoque, que lo duplicaba. Quería ver esas mil caras nunca antes vistas, ese panorama que nada pide y todo lo da, que despierta sensaciones, vagas reflexiones, pero le salían al paso dos tallos difusos. Contrariado, al borde de la ansiedad, preso de sí mismo, pidió la cuenta y se marchó.
Sin aviso, tomó conciencia de un tallo largo que se elevaba desde un pequeño florero en su mesa. El tallo se refocilaba de su altura tímida; le interrumpía la visión y eso le iba provocando inquietud, por el efecto óptico del desenfoque, que lo duplicaba. Quería ver esas mil caras nunca antes vistas, ese panorama que nada pide y todo lo da, que despierta sensaciones, vagas reflexiones, pero le salían al paso dos tallos difusos. Contrariado, al borde de la ansiedad, preso de sí mismo, pidió la cuenta y se marchó.
martes, abril 16, 2013
Sensaciones
-¿Es del nueve o del diecinueve?
-Del diecinueve -repitió, pero tuvieron que preguntarle de nuevo, porque su voz apenas se escuchaba.
Aclarada la duda, la funcionaria le entregó el documento, no sin antes fulminarlo a miradas. Cristóbal salió con la carpeta bajo el brazo, sintiendo que llevaba un tesoro. Le había costado tanto obtenerla, y ahora por fin era suya.
Una plazuela se le ofreció a la vista. Buscó un escaño y se sentó. Abrió la carpeta y contempló el documento una y otra vez. Encorvado, con la mirada triste y vidriosa fija en su tesoro, a punto de llorar de emoción, nadie hubiese pensado que estaba feliz. Sin embargo estaba muy feliz.
Sobre el pasto, un mendigo que dormía tapado con una colcha dio media vuelta la cabeza y lo vio sentado en el escaño; el sol le dio de lleno en los ojos y los cerró. Se tapó la cabeza y volvió a dormirse. En el banco de la otra punta, dos liceanas hablaban a gritos. Una se inclinó hacia la otra, la agarró de la nuca y la besó en la boca. La otra le respondió con dos groserías al hilo, ambas miraron a Cristóbal y se largaron a reír. El cartero detuvo su bicicleta y comenzó a revisar sobres del bolso. Un perro vago le ladraba a la rueda trasera. El cartero le tiró un puntapié y erró por centímetros; el perro se alejó, asustado.
Antes las cosas eran más fáciles. Todo se hallaba claramente delimitado. La norma era la norma, la revolución revolución, la pobreza era pobreza y los hombres se dividían en grandes, mediocres y pequeños. Ahora había tanto que despejar; sobre el mundo se cernía una nata vibratoria que hacía funcionar a las máquinas, cada vez más necesarias e intrascendentes.
-Del diecinueve -repitió, pero tuvieron que preguntarle de nuevo, porque su voz apenas se escuchaba.
Aclarada la duda, la funcionaria le entregó el documento, no sin antes fulminarlo a miradas. Cristóbal salió con la carpeta bajo el brazo, sintiendo que llevaba un tesoro. Le había costado tanto obtenerla, y ahora por fin era suya.
Una plazuela se le ofreció a la vista. Buscó un escaño y se sentó. Abrió la carpeta y contempló el documento una y otra vez. Encorvado, con la mirada triste y vidriosa fija en su tesoro, a punto de llorar de emoción, nadie hubiese pensado que estaba feliz. Sin embargo estaba muy feliz.
Sobre el pasto, un mendigo que dormía tapado con una colcha dio media vuelta la cabeza y lo vio sentado en el escaño; el sol le dio de lleno en los ojos y los cerró. Se tapó la cabeza y volvió a dormirse. En el banco de la otra punta, dos liceanas hablaban a gritos. Una se inclinó hacia la otra, la agarró de la nuca y la besó en la boca. La otra le respondió con dos groserías al hilo, ambas miraron a Cristóbal y se largaron a reír. El cartero detuvo su bicicleta y comenzó a revisar sobres del bolso. Un perro vago le ladraba a la rueda trasera. El cartero le tiró un puntapié y erró por centímetros; el perro se alejó, asustado.
Antes las cosas eran más fáciles. Todo se hallaba claramente delimitado. La norma era la norma, la revolución revolución, la pobreza era pobreza y los hombres se dividían en grandes, mediocres y pequeños. Ahora había tanto que despejar; sobre el mundo se cernía una nata vibratoria que hacía funcionar a las máquinas, cada vez más necesarias e intrascendentes.
domingo, abril 14, 2013
El lustrín
Mi mundo era Rancagua. Y de Rancagua, dos o tres lugares y cuatro o cinco calles. Mi casa, la casa de Ibieta, la escuela 1 (luego el liceo), la plazuela Simón Bolívar, la canchita ubicada al costado de la línea del tren, el quiosco del tío Pablo.
Un domingo, cansada de nuestra holgazanería de niños mimados, mi mamá nos mandó a lustrar zapatos al quiosco. Al principio lo echamos a la broma y con el Vitorio nos largamos a reír. La tercera vez que impartió la orden comenzamos a preocuparnos; cuando sacó el lustrín del cuarto se nos heló la sangre de las venas. Abrió la puerta y vi su figura a contraluz con el lustrín en la mano. La luz del sol me encegueció: ante mis ojos y mis prejuicios se abría el mundo, el único que conocía, esperando para devorarme.
Considerándolo hoy, la idea no era tan terrible y hasta podría habernos dado unos pesos extras; la gente seguramente se habría reído de nuestra gracia, el tío Pablo nos habría gastado algunas bromas y un par de vecinos habrían puesto de buena gana sus zapatos sobre la madera. Eso es hoy, pero entonces era un asunto muy diferente: significaba para ambos el peor de los castigos; de hecho no recuerdo uno peor, y eso que no se concretó. Hacer de lustrabotas era rebajarnos al nivel de pelusitas, humillar nuestro amor propio, ser expuestos a la mofa de amigos y enemigos. Yo me imaginaba, mientras le rogaba a mi mamá que echara atrás la orden, tal vez llorando o tiritando de pavor, me imaginaba dando explicaciones estúpidas a los pies del quiosco, qué les pasó chiquillos, es que nos castigaron, buena la hicieron cabritos, nos portamos mal y mi mamá nos castigó, y cuánto sale la lustriá, no sé como veinte pesos, ya pero sácale harto brillo, bueno señor.
Saliendo del casco céntrico, el quiosco del tío Pablo era algo así como la puerta de ingreso a los barrios mineros. Frente al quiosco pasaban diariamente, a partir de las cinco de la tarde, una infinidad de obreros que salían de sus faenas en la Braden, mi papá entre ellos. La mayoría de los hombres (en esa abigarrada multitud no se divisaba una sola mujer) seguían de largo por la calle Millán hacia la población Isabel Riquelme y la población Rancagua Sur; otros tantos se metían a la población Rubio y a la población Sewell, doblando en la esquina del quiosco, que quedaba exactamente en el vértice surponiente de las calles Millán y Bueras. La legendaria vía férrea de trocha angosta que llevaba a Sewell ya fue borrada del mapa. Pero en esos años la línea, que nacía en las instalaciones centrales de la compañía cuprífera, iniciaba su camino hacia la cordillera por el costado de Millán y a no más de un metro y medio al sur se levantaba el quiosco. Detrás de éste se hallaba el sitio eriazo que nos servía de cancha de fútbol y que estaba separado de la línea por una reja. La cancha, de una cuadra entera de largo, limitaba hacia el sur con las casas de un piso de la población y hacia el poniente, con más casas.
Entre las poblaciones Rubio y Sewell había una notable diferencia: la primera estaba compuesta de casas de un piso y la segunda, de bloques de tres pisos. Las familias de mayor nivel cultural vivían en la población Rubio; las otras se repartían entre los pisos de los bloques. Nosotros vivíamos en la población Rubio. Aun así, en el barrio entero no se sentía peligro alguno, de ningún tipo, y a nadie se le ocurría encerrar a sus hijos dentro de la casa pasada cierta hora. Pero me desvío.
Al quiosco acudían los vecinos más heterogéneos. Había uno que iba a lucir su uniforme de conscripto. Fumaba de esos Cabañas planos que dejaban amarillas las puntas de los dedos. Yo no me daba cuenta entonces de los miedos que se incubaban en el alma de las personas, porque interpretaba los gestos del conscripto como placenteros, cuando lo más probable es que hayan nacido de la ansiedad de ver pasar el tiempo y como telón de fondo, de la condena de tener que volver al regimiento. A veces cruzaba por allí el Pelado Velorio y todos salíamos arrancando de su terrible mirada que presagiaba muertes, funerales y olor a flores rancias. Juanico, el cantinero de la oreja mocha, tenía su negocio a metros de distancia y regularmente lo veíamos asomarse a la puerta a recibir o despedir a sus clientes. El Muchilo, el Cochefa, el Papa Barata y los hermanos Jara Concha iban llegando de a poco, hasta que se hacía el número mínimo para armar la pichanga. En el quiosco también se vendía el pan. Además su dueño, el tío Pablo, armaba viajes a Santiago en micro para ver los partidos del O'Higgins o los hexagonales del verano, así como los paseos domingueros a la playa. En síntesis y a pesar de su humilde perímetro, el quiosco reunía, comunicaba y cumplía esa función que las ciudades destinaban antes a las plazas, de allí el horror ante la amenaza del cambio de estatus.
Cuando íbamos a los dominios del quiosco los domingos, nuestra entretención era ver las caras tristes de los "nucas de fierro" partiendo a la mina, asomados a las ventanillas del tren y seis días después, sus rostros de ansiedad al regresar a casa. También solíamos poner monedas de un cóndor en los rieles. Eran de aluminio, el tren pasaba sobre ellas y al esfumarse a la distancia corríamos a recoger el producto que dejaba: unos discos delgadísimos aún calientes que no servían para nada.
Un domingo, cansada de nuestra holgazanería de niños mimados, mi mamá nos mandó a lustrar zapatos al quiosco. Al principio lo echamos a la broma y con el Vitorio nos largamos a reír. La tercera vez que impartió la orden comenzamos a preocuparnos; cuando sacó el lustrín del cuarto se nos heló la sangre de las venas. Abrió la puerta y vi su figura a contraluz con el lustrín en la mano. La luz del sol me encegueció: ante mis ojos y mis prejuicios se abría el mundo, el único que conocía, esperando para devorarme.
Considerándolo hoy, la idea no era tan terrible y hasta podría habernos dado unos pesos extras; la gente seguramente se habría reído de nuestra gracia, el tío Pablo nos habría gastado algunas bromas y un par de vecinos habrían puesto de buena gana sus zapatos sobre la madera. Eso es hoy, pero entonces era un asunto muy diferente: significaba para ambos el peor de los castigos; de hecho no recuerdo uno peor, y eso que no se concretó. Hacer de lustrabotas era rebajarnos al nivel de pelusitas, humillar nuestro amor propio, ser expuestos a la mofa de amigos y enemigos. Yo me imaginaba, mientras le rogaba a mi mamá que echara atrás la orden, tal vez llorando o tiritando de pavor, me imaginaba dando explicaciones estúpidas a los pies del quiosco, qué les pasó chiquillos, es que nos castigaron, buena la hicieron cabritos, nos portamos mal y mi mamá nos castigó, y cuánto sale la lustriá, no sé como veinte pesos, ya pero sácale harto brillo, bueno señor.
Saliendo del casco céntrico, el quiosco del tío Pablo era algo así como la puerta de ingreso a los barrios mineros. Frente al quiosco pasaban diariamente, a partir de las cinco de la tarde, una infinidad de obreros que salían de sus faenas en la Braden, mi papá entre ellos. La mayoría de los hombres (en esa abigarrada multitud no se divisaba una sola mujer) seguían de largo por la calle Millán hacia la población Isabel Riquelme y la población Rancagua Sur; otros tantos se metían a la población Rubio y a la población Sewell, doblando en la esquina del quiosco, que quedaba exactamente en el vértice surponiente de las calles Millán y Bueras. La legendaria vía férrea de trocha angosta que llevaba a Sewell ya fue borrada del mapa. Pero en esos años la línea, que nacía en las instalaciones centrales de la compañía cuprífera, iniciaba su camino hacia la cordillera por el costado de Millán y a no más de un metro y medio al sur se levantaba el quiosco. Detrás de éste se hallaba el sitio eriazo que nos servía de cancha de fútbol y que estaba separado de la línea por una reja. La cancha, de una cuadra entera de largo, limitaba hacia el sur con las casas de un piso de la población y hacia el poniente, con más casas.
Entre las poblaciones Rubio y Sewell había una notable diferencia: la primera estaba compuesta de casas de un piso y la segunda, de bloques de tres pisos. Las familias de mayor nivel cultural vivían en la población Rubio; las otras se repartían entre los pisos de los bloques. Nosotros vivíamos en la población Rubio. Aun así, en el barrio entero no se sentía peligro alguno, de ningún tipo, y a nadie se le ocurría encerrar a sus hijos dentro de la casa pasada cierta hora. Pero me desvío.
Al quiosco acudían los vecinos más heterogéneos. Había uno que iba a lucir su uniforme de conscripto. Fumaba de esos Cabañas planos que dejaban amarillas las puntas de los dedos. Yo no me daba cuenta entonces de los miedos que se incubaban en el alma de las personas, porque interpretaba los gestos del conscripto como placenteros, cuando lo más probable es que hayan nacido de la ansiedad de ver pasar el tiempo y como telón de fondo, de la condena de tener que volver al regimiento. A veces cruzaba por allí el Pelado Velorio y todos salíamos arrancando de su terrible mirada que presagiaba muertes, funerales y olor a flores rancias. Juanico, el cantinero de la oreja mocha, tenía su negocio a metros de distancia y regularmente lo veíamos asomarse a la puerta a recibir o despedir a sus clientes. El Muchilo, el Cochefa, el Papa Barata y los hermanos Jara Concha iban llegando de a poco, hasta que se hacía el número mínimo para armar la pichanga. En el quiosco también se vendía el pan. Además su dueño, el tío Pablo, armaba viajes a Santiago en micro para ver los partidos del O'Higgins o los hexagonales del verano, así como los paseos domingueros a la playa. En síntesis y a pesar de su humilde perímetro, el quiosco reunía, comunicaba y cumplía esa función que las ciudades destinaban antes a las plazas, de allí el horror ante la amenaza del cambio de estatus.
Cuando íbamos a los dominios del quiosco los domingos, nuestra entretención era ver las caras tristes de los "nucas de fierro" partiendo a la mina, asomados a las ventanillas del tren y seis días después, sus rostros de ansiedad al regresar a casa. También solíamos poner monedas de un cóndor en los rieles. Eran de aluminio, el tren pasaba sobre ellas y al esfumarse a la distancia corríamos a recoger el producto que dejaba: unos discos delgadísimos aún calientes que no servían para nada.
miércoles, abril 10, 2013
El gran arquitecto
Lo principal ya había sido hecho. Los planos, sin embargo, no se habían convertido en edificio. El arquitecto era autor de un inmenso proyecto que dormía en el cajón del escritorio. Sabía a ciencia cierta que cualquier otro volumen que iniciara sería inferior al que ya había acabado en teoría. Los años se le venían encima y con ellos, lo que arrastran.
Mientras fumaba metió al equipo de música un disco de Juan Sebastián Bach. Desde su departamento se divisaba el río Mapocho y el puente Pío Nono, con la multitud que atravesaba hacia el barrio Bellavista o volvía de las universidades. "A esta altura, pensó, Bach ya había construido sus inmensas catedrales, pero tal como las mías, dormían en un cajón". La primera suite francesa le daba una señal, en su idioma.
Con ese tormento y con esa ilusión bajó a la calle.
Pero el mundo de abajo no era el de Bach; todo se movía en forma desordenada, había demasiados genios circulando, demasiados ignorantes exigiendo, y tanto las obras como las demandas se sucedían a una velocidad espantosa.
Mientras fumaba metió al equipo de música un disco de Juan Sebastián Bach. Desde su departamento se divisaba el río Mapocho y el puente Pío Nono, con la multitud que atravesaba hacia el barrio Bellavista o volvía de las universidades. "A esta altura, pensó, Bach ya había construido sus inmensas catedrales, pero tal como las mías, dormían en un cajón". La primera suite francesa le daba una señal, en su idioma.
Con ese tormento y con esa ilusión bajó a la calle.
Pero el mundo de abajo no era el de Bach; todo se movía en forma desordenada, había demasiados genios circulando, demasiados ignorantes exigiendo, y tanto las obras como las demandas se sucedían a una velocidad espantosa.
sábado, abril 06, 2013
Palabras en la pieza de al lado
-Ámame, por favor, ámame, te lo pido de rodillas...
(¿Acaso no lo notas?)
-Yo te amo, te lo juro que te amo más que a mí misma.
(No lo siento con la suficiente fuerza).
-Si no me crees, destrózame ahora mismo.
(Intento hacerlo).
-Haz lo que quieras conmigo, hazme cualquier cosa.
(Pero qué).
-Te estoy ofreciendo mi vida y no me dices nada, te burlas de mis palabras.
(Eso es lo que piensas).
-Hace mucho tiempo que noto que te burlas de mis palabras, mientras que yo vivo el día entero pensando en ti.
(Bien haces).
¿Te parece que no estoy cuerda?
(A veces lo he llegado a considerar, no lo niego).
-¡Cuerda estoy, nunca en mi vida había estado tan cuerda!
(Noto que te viene de nuevo la explosión de alegría).
-¡Ay diosito! Te siento te siento te siento... ¡Al fin eres mío, ya estás dentro de mí! ¡No me dejes nunca!
(No creas todo lo que sientes, porque te puedes equivocar).
-Mío, mío, mío, sólo mío. No me mientas. Y yo, tuya entera en cuerpo y alma.
(No te miento. Eres tú quien se obstina en fabricar otra verdad).
-Mamá... ¿qué hora es?
-Duerme, hijita, son más de las tres.
-¿Por qué la tía dice esas cosas?
-¿Qué cosas?
-Esas cosas que dice.
-Está hablando con Dios.
(¿Acaso no lo notas?)
-Yo te amo, te lo juro que te amo más que a mí misma.
(No lo siento con la suficiente fuerza).
-Si no me crees, destrózame ahora mismo.
(Intento hacerlo).
-Haz lo que quieras conmigo, hazme cualquier cosa.
(Pero qué).
-Te estoy ofreciendo mi vida y no me dices nada, te burlas de mis palabras.
(Eso es lo que piensas).
-Hace mucho tiempo que noto que te burlas de mis palabras, mientras que yo vivo el día entero pensando en ti.
(Bien haces).
¿Te parece que no estoy cuerda?
(A veces lo he llegado a considerar, no lo niego).
-¡Cuerda estoy, nunca en mi vida había estado tan cuerda!
(Noto que te viene de nuevo la explosión de alegría).
-¡Ay diosito! Te siento te siento te siento... ¡Al fin eres mío, ya estás dentro de mí! ¡No me dejes nunca!
(No creas todo lo que sientes, porque te puedes equivocar).
-Mío, mío, mío, sólo mío. No me mientas. Y yo, tuya entera en cuerpo y alma.
(No te miento. Eres tú quien se obstina en fabricar otra verdad).
-Mamá... ¿qué hora es?
-Duerme, hijita, son más de las tres.
-¿Por qué la tía dice esas cosas?
-¿Qué cosas?
-Esas cosas que dice.
-Está hablando con Dios.
viernes, abril 05, 2013
Confusión
-Estuviste bien -oyó que le decían.
Trataba de amarrarlo, pero las formas se le mezclaban y cuando volvió a separar los colores sonó una estampida como choque de trenes y el horizonte se tornó blanco en menos de medio segundo, un blanco más intenso que el foco que pendía sobre su cabeza. En medio de la profundidad le asomaba una duda: no sabía bien si estaba estirando de nuevo los brazos o si dormía plácidamente en la cama que compartía con su hermanito. Algo le ordenaba levantarse, no era de hombre quedarse dormido mientras lo observaban desde arriba; tal vez se hallaba en el quirófano y la orden era no mover un solo músculo hasta que el doctor de humita que movía los labios no completara su tarea.
De la galería surgía un murmullo melancólico. La fiesta estaba terminando y ya era hora hora de marchar a casa, alumbrados todos por esa luz menor de faroles provincianos que llevan directo a la miseria.
Él se disculpó:
-Lo tenía listo, me calzó en un descuido, pero me le hace que a la otra lo boto yo, profe...
Trataba de amarrarlo, pero las formas se le mezclaban y cuando volvió a separar los colores sonó una estampida como choque de trenes y el horizonte se tornó blanco en menos de medio segundo, un blanco más intenso que el foco que pendía sobre su cabeza. En medio de la profundidad le asomaba una duda: no sabía bien si estaba estirando de nuevo los brazos o si dormía plácidamente en la cama que compartía con su hermanito. Algo le ordenaba levantarse, no era de hombre quedarse dormido mientras lo observaban desde arriba; tal vez se hallaba en el quirófano y la orden era no mover un solo músculo hasta que el doctor de humita que movía los labios no completara su tarea.
De la galería surgía un murmullo melancólico. La fiesta estaba terminando y ya era hora hora de marchar a casa, alumbrados todos por esa luz menor de faroles provincianos que llevan directo a la miseria.
Él se disculpó:
-Lo tenía listo, me calzó en un descuido, pero me le hace que a la otra lo boto yo, profe...
viernes, marzo 29, 2013
Contención
Sólo faltan dos cuadras, dos cuadritas... ahora falta una cuadra y media... cuadra y media... cuadra y media... cuando llegue al árbol de la esquina faltará una cuadra, pero aún queda bastante, varias casas, un par de edificios para llegar al árbol de la esquina... ahora falta una cuadra... una cuadrita... ya se ve la casa, hay que sacar las llaves, tenerlas listas, llegar y entrar, una cuadrita... ahora es media cuadra, media cuadrita... media cuadrita, no pasa nunca el tiempo... ya está llegando, ya se puede decir que llegó, ya salió adelante.... ya se está salvando...
-¡Pero papá, qué te ocurre!
-¡Déjame pasar, tonta!
-¡Ja ja ja! ¡Estás loco, viejo!
Adentro, al fin sentado, es como un barco que se va a pique, como un cohete gigante que se lanza con violencia, dejando tras de sí una estela rabiosa de fuego, una mezcla de satisfacción y dolor, una suma de sensaciones que sobreviven al big bang del universo...
-¡Pero papá, qué te ocurre!
-¡Déjame pasar, tonta!
-¡Ja ja ja! ¡Estás loco, viejo!
Adentro, al fin sentado, es como un barco que se va a pique, como un cohete gigante que se lanza con violencia, dejando tras de sí una estela rabiosa de fuego, una mezcla de satisfacción y dolor, una suma de sensaciones que sobreviven al big bang del universo...
lunes, marzo 25, 2013
El Hombre
Había otros cuerpos junto al suyo; unos se movían apenas, otros lucían estáticos, en posiciones extravagantes. Algo lo hizo mirar hacia sus pies: le faltaba uno completo. Más allá que eso le costaba ver, incluso discernir, por el eco del estallido en su cabeza y el polvo en suspensión. La calle entera huía, pero unos pocos fanáticos se acercaron, tantearon la escena, lo metieron a un vehículo y se lo llevaron, olvidándose del resto.
jueves, marzo 21, 2013
La plancha, el taladro y la escalera humana
"El fútbol es simpleza: yo hacía el pase antes de recibir la plancha", explica con un saltito y un movimiento de caderas.
Se va haciendo tarde; es hora de marcharse.
"Un día fuimos a jugar a Antofagasta y el arquero me invitó a la casa de su sobrina. ¿Y qué llevái en ese paquete? le dije, y sacó un taladro. En la noche hizo un hoyo en la pared con el taladro para mirar a la sobrina".
Alguien consulta su reloj.
"En Temuco fuimos al hotel Central, que ya no existe. En la pieza, Arias se puso abajo, Abarca se paró en sus hombros y Ramos se encaramó sobre Abarca. Ramos veía a la administradora que estaba en el baño y les contaba: Se va a sacar la ropa... se quitó el vestido... se bajó los calzones... ahora se está jabonando, pero Arias no dio más y se vinieron todos pabajo".
Nos despedimos.
En la calle las piernas pesan y el calor arrecia: el cansancio invita a la lengua a reposar.
Se va haciendo tarde; es hora de marcharse.
"Un día fuimos a jugar a Antofagasta y el arquero me invitó a la casa de su sobrina. ¿Y qué llevái en ese paquete? le dije, y sacó un taladro. En la noche hizo un hoyo en la pared con el taladro para mirar a la sobrina".
Alguien consulta su reloj.
"En Temuco fuimos al hotel Central, que ya no existe. En la pieza, Arias se puso abajo, Abarca se paró en sus hombros y Ramos se encaramó sobre Abarca. Ramos veía a la administradora que estaba en el baño y les contaba: Se va a sacar la ropa... se quitó el vestido... se bajó los calzones... ahora se está jabonando, pero Arias no dio más y se vinieron todos pabajo".
Nos despedimos.
En la calle las piernas pesan y el calor arrecia: el cansancio invita a la lengua a reposar.
lunes, marzo 18, 2013
Dos padres como estatuas
Volvió y se quedó de espaldas, pegada a la puerta, protegiéndola de la invasión enemiga. Estaba segura de que la venían siguiendo. El cerrojo doble y el peso de su propio cuerpo no bastaban para impedir el ingreso. Sudaba y respiraba con dificultad, como si el corazón apenas le cupiese en el tórax.
Sus padres la miraban y con sus mediocres exigencias de siempre parecía que la estuviesen recriminando. Estaban sentados frente a ella, como estatuas. Cada uno en su sillón. Amarrados a sus muebles con un tipo de alambre fino y resistente. Sendos agujeros en la frente. Los asientos se iban llenando de un líquido viscoso.
Sus padres la miraban y con sus mediocres exigencias de siempre parecía que la estuviesen recriminando. Estaban sentados frente a ella, como estatuas. Cada uno en su sillón. Amarrados a sus muebles con un tipo de alambre fino y resistente. Sendos agujeros en la frente. Los asientos se iban llenando de un líquido viscoso.
jueves, marzo 14, 2013
La visión
La amó, pero sobre todo la deseó con una pasión enfermiza, derivada del aparente desinterés que ella le demostraba cuando se trataba no de hablar de sexo, sino de tener sexo. A veces despertaba en las noches y la acariciaba con el máximo sigilo, para permitirse el malsano placer de sentir que ella gozaba en sueños. Sin embargo jamás intentó conquistarla al estilo de lo que esperan las mujeres de los hombres.
Los años pasaron, no en vano.
Una noche, sentado en su sillón, leía un buen libro cuando la vio bajar del segundo piso. Vestía prendas de lencería de colores chillones. Desde la escala lo miró con una sonrisa idiota, sin decirle nada; él veía en su cuerpo el de una puta en el ocaso, mantenía el libro entre sus manos y no hallaba qué hacer.
Los años pasaron, no en vano.
Una noche, sentado en su sillón, leía un buen libro cuando la vio bajar del segundo piso. Vestía prendas de lencería de colores chillones. Desde la escala lo miró con una sonrisa idiota, sin decirle nada; él veía en su cuerpo el de una puta en el ocaso, mantenía el libro entre sus manos y no hallaba qué hacer.
viernes, marzo 08, 2013
El pianista
¿Qué podía hacer cuando no hacía lo que el destino le ordenaba ser?
El pianista, concentrado en algo que guadaba en su mente, a toda vista ansioso, se paseaba por la habitación, donde reinaba el piano de cola. Lo tenía frente a él desde cualquier ángulo de la pieza, y aun así lo evitaba. Una ventana le indicaba el mundo exterior. Las ramas de unos árboles, moviéndose con el viento que anunciaba lluvia, lo llamaban a salir y cambiar de vida, pisar el pasto mojado, sentir el aleteo feroz de los gansos migratorios sobre su humanidad, pero él permanecía mudo frente a esas ramas, tal vez sin siquiera verlas, sin saber que estaban allí, que existían. Lo único que tenía claro es que momentáneamente le daba la espalda al piano. La orden tácita era darse vuelta, volver a sentarse frente al monstruo de madera, sacarse el lastre que le llenaba la cabeza de sonidos.
La obedeció, angustiado, y hundió sus dedos en las teclas.
El pianista, concentrado en algo que guadaba en su mente, a toda vista ansioso, se paseaba por la habitación, donde reinaba el piano de cola. Lo tenía frente a él desde cualquier ángulo de la pieza, y aun así lo evitaba. Una ventana le indicaba el mundo exterior. Las ramas de unos árboles, moviéndose con el viento que anunciaba lluvia, lo llamaban a salir y cambiar de vida, pisar el pasto mojado, sentir el aleteo feroz de los gansos migratorios sobre su humanidad, pero él permanecía mudo frente a esas ramas, tal vez sin siquiera verlas, sin saber que estaban allí, que existían. Lo único que tenía claro es que momentáneamente le daba la espalda al piano. La orden tácita era darse vuelta, volver a sentarse frente al monstruo de madera, sacarse el lastre que le llenaba la cabeza de sonidos.
La obedeció, angustiado, y hundió sus dedos en las teclas.
miércoles, marzo 06, 2013
La verdad
Si una ideología apela al instinto, a la riqueza y al individuo mientras otra lo hace al corazón, a los pobres y al reparto de los bienes, la primera tiene la batalla perdida en el campo de las redes sociales, porque la gente posee una idea irreal de sí misma. ¿Quién se negaría a adherir a la compasión? ¿Quién abrazaría la causa de la crueldad?
Y la verdad sigue escondida.
Y la verdad sigue escondida.
miércoles, febrero 27, 2013
Una cena, tres postres
De la ventana se veía el tránsito desenvuelto de la gente; parejas de la mano se fotografiaban ante el local. El profesor miraba a Fernando con un ojo y con el otro a la calle. Su mujer no llegaba y la cena se le tornaba incómoda, esto no había sido idea suya. Le preguntó cómo andaban sus notas; el joven bajó la vista y le reiteró que no intentara reformarlo. No me lleve más a su casa, maestro, le rogó. Luego hablaron de su problema con la justicia, pero el profesor no supo aconsejarlo.
A la hora de los postres, Fernando ordenó tres para él solo, prometió volver al gimnasio el lunes y pidió la cuenta, que pagó en efectivo. Cuando ya casi se levantaban, le confesó que se sentía atraído por las personas maduras.
El profesor sintió un ardor en las piernas.
A la hora de los postres, Fernando ordenó tres para él solo, prometió volver al gimnasio el lunes y pidió la cuenta, que pagó en efectivo. Cuando ya casi se levantaban, le confesó que se sentía atraído por las personas maduras.
El profesor sintió un ardor en las piernas.
domingo, febrero 24, 2013
El mendigo loco
Todo el mundo se divierte. Yo dependo del sol y del mundo. Si llueve, me escondo; si hace calor, me tumbo en la acera. Si me dan monedas, bebo. Si me golpea una patota, me hago un ovillo. Duermo de día y de noche, no sé de dónde saco sueño.
Aquí en Santiago no existe el hambre, no llueve mucho ni hace tanto frío, por eso me vine del sur; tampoco hay bombas que partan las calles en dos y derriben edificios, como veo en las noticias. La gente pide justicia, Señor, no saben lo que piden. Si entendieran no estaría aquí viviendo de ellos, agradecido de Dios que me lo ha dado todo, menos el nuevo amanecer. Ellos no claman por mí, no dibujan mi ejemplo en sus banderas, miran solamente sus problemas. ¿Quién le pide a Dios por mí? La moral del artista, y de qué sirve; los padres en la misa del domingo, a veces. Yo fui un día, me quedé en la puerta y dije amén.
Nomás lloraba ayer el mundo; y hoy todo el mundo se divierte...
Aquí en Santiago no existe el hambre, no llueve mucho ni hace tanto frío, por eso me vine del sur; tampoco hay bombas que partan las calles en dos y derriben edificios, como veo en las noticias. La gente pide justicia, Señor, no saben lo que piden. Si entendieran no estaría aquí viviendo de ellos, agradecido de Dios que me lo ha dado todo, menos el nuevo amanecer. Ellos no claman por mí, no dibujan mi ejemplo en sus banderas, miran solamente sus problemas. ¿Quién le pide a Dios por mí? La moral del artista, y de qué sirve; los padres en la misa del domingo, a veces. Yo fui un día, me quedé en la puerta y dije amén.
Nomás lloraba ayer el mundo; y hoy todo el mundo se divierte...
jueves, febrero 21, 2013
Aguas turbias
Un cúmulo de resentimiento descendía de su cabeza a las manos, como torrente desbocado de invierno altiplánico. La gente corría de un lado a otro, las aguas turbulentas se llevaban consigo paredes, cuadros, lámparas, animales; arrancaban árboles de cuajo. Desde arriba, el agitado cielo negro despedía rayos que caían al azar, sobre lo que fuera y sin aviso. No era mundo este, era un espectáculo solamente digno de entendidos. Había que ser atrevido o cínico para enfrentarlo. El viejo vestido de frac golpeaba como debía golpear y la miraba fijamente, sin misericordia, todos mudos frente a él, con la boca abierta de asombro.
A la salida su amante se limpió los ojos con un pañuelo. Al hablarle a su marido se le quebró la voz:
-Walter tocó mejor que nunca... ¡con una fuerza!
El marido, que no ignoraba lo que se escondía en esas lágrimas, llamó un taxi. Le abrió la puerta; ella se acomodó en el asiento sin dejar de mirar al teatro. Luego entró él, por la otra puerta.
-Al aeropuerto, por favor -le ordenó al conductor.
A la salida su amante se limpió los ojos con un pañuelo. Al hablarle a su marido se le quebró la voz:
-Walter tocó mejor que nunca... ¡con una fuerza!
El marido, que no ignoraba lo que se escondía en esas lágrimas, llamó un taxi. Le abrió la puerta; ella se acomodó en el asiento sin dejar de mirar al teatro. Luego entró él, por la otra puerta.
-Al aeropuerto, por favor -le ordenó al conductor.
miércoles, febrero 20, 2013
El gato
¡Yo no fui!, gritó y al huir de la sala, seguida de varias compañeras, imaginó que la indicaban con el dedo. Las demás alumnas volvían del recreo y la profesora entró con ellas.
Por la noche esperó a sus amigas en el hall del cine, pero no llegaron. En cambio de la nada apareció su primo. Conversaron un poco, ella le mostró su boleto pero él ya había visto esa película. Se separaron, el chico se metió al baño de mujeres y se encerró en una caseta. Le gustaba espiarlas, se subía a la taza y las miraba desde arriba. Entonces le volvieron a golpear su puerta; su tía trabajaba como encargada de la limpieza. El muchacho vaciló.
En la población hacía un calor insoportable, todo el mundo dormía con las ventanas abiertas y las arañas salían de sus nidos para recorrer las paredes a sus anchas. En la cama, la mamá roncaba a pata suelta, sus ronquidos estremecían la pieza. La hija, que se revolvía entre las mismas sábanas, se levantó y se metió a la otra cama.
-Dicen que mataste un gato en la escuela -le susurró su primo.
-Yo no fui, tonto, yo no fui.
Por la noche esperó a sus amigas en el hall del cine, pero no llegaron. En cambio de la nada apareció su primo. Conversaron un poco, ella le mostró su boleto pero él ya había visto esa película. Se separaron, el chico se metió al baño de mujeres y se encerró en una caseta. Le gustaba espiarlas, se subía a la taza y las miraba desde arriba. Entonces le volvieron a golpear su puerta; su tía trabajaba como encargada de la limpieza. El muchacho vaciló.
En la población hacía un calor insoportable, todo el mundo dormía con las ventanas abiertas y las arañas salían de sus nidos para recorrer las paredes a sus anchas. En la cama, la mamá roncaba a pata suelta, sus ronquidos estremecían la pieza. La hija, que se revolvía entre las mismas sábanas, se levantó y se metió a la otra cama.
-Dicen que mataste un gato en la escuela -le susurró su primo.
-Yo no fui, tonto, yo no fui.
miércoles, enero 09, 2013
El Mundial del 62
Cuando abrí el sobre y apareció la caricatura de Píriz sentí un estremecimiento. Me tembló el cuerpo, se me nubló la vista y quedé con la mente en blanco. La búsqueda había llegado a su fin, después de decenas de intentos en que las figuras de Pelé, Yashin, Leonel Sánchez, Di Stéfano, Sivori y otros astros se me repetían hasta el cansancio. Por una razón desconocida, los fabricantes del álbum Calugas y Chicles Mundial, llamado "álbum de los cabezones" por la desmesurada proporción del rostro en las caricaturas, habían decidido que la lámina difícil, la imposible, sería la número 325. La del uruguayo Píriz.
Llegué a mi casa, le puse goma en el reverso, la pegué y completé el álbum. Era el segundo que llenaba. El primero había sido el libro Caramelos Campeonato, que para los niños de la época constituyó el verdadero despegue de la fiebre del Mundial del 62. En él las láminas estaban representadas por fotografías de los jugadores y también contaba con figuras difíciles, pero no tanto. Un domingo llegamos con mi mamá y el Vitorio al teatro Apolo, mostramos el álbum completo, nos dieron un número y entramos al sorteo de premios. Lo animaba Sergio Livingstone, quien recorría las provincias de Chile con ese objetivo, contratado por la empresa Salo. De aperitivo ofrecía al teatro lleno el noticiario UFA "El mundo al instante", con esa inconfundible voz nasal que le daba un locutor español, noticiario que siempre remataba con grandes partidos jugados en Alemania, con tomas en blanco y negro desde la tribuna, o en primer plano, o en cámara lenta.
Quedaban pocos premios que repartir y la frustración de mi mamá iba en ascenso. De pronto el Sapo Livingstone dictó un número y mi mamá saltó de alegría. Agarró de la mano al Vitorio, lo arrastró de la mano por las butacas y corrieron al escenario. Livingstone le hizo un cariño en la cabeza al Vitorio y le entregó un juego de palitroque. Cuando estábamos de nuevo en la oscuridad, los tres sentados, le toqué el brazo a mi mamá para llamar su atención:
-Mami, mami...
-Qué.
-No era el número.
Ella miraba al frente y sonreía, nerviosa.
-Sí era.
-No era, mami, era otro número.
Me dio un pellizco, me habló al oído y cortó el diálogo.
Días antes de que empezara el Mundial del 62 mi papá me llevó al estadio Braden y me enseñó mi asiento reservado. "Vamos por Millán hasta que llegamos al estadio. Entras a la galería Rengo y buscas el asiento 960, que está en la quinta fila, al lado derecho del marcador". Era una indicación fácil y de hecho al momento de ingresar al partido inaugural no me costó nada dar con la ubicación. Me pareció que los demás murmuraban llenos de admiración: "Mira, a la edad que tiene ese niño y ya sabe llegar solo al estadio". Lo intuía en ciertos gestos del público, pero ahora pienso que pesaba más mi fantasía.
En Rancagua jugaban Argentina y Bulgaria. A los 3 minutos Argentina metió un gol en el arco sur, a metros de mi asiento. Fue el único gol del partido, un disparo cruzado, y una pila de argentinos se puso a celebrar en las tribunas; no recuerdo nada más. A esa misma hora Chile debutaba en Santiago con Suiza y los pocos espectadores del estadio Braden estaban más preocupados de lo que sucedía en el Estadio Nacional que del encuentro que veían con sus propios ojos. Cada vez que allá Chile hacía un gol, acá se escuchaba un griterío y los equipos se desconcentraban, pero seguían jugando. Todos los asientos habían sido cubiertos con cojines de maicillo y haciendo una gracia yo volví con seis cojines a la casa, "de recuerdo". Mi mamá me esperaba en la puerta y gritó de alegría. Mi papá recién apareció en horas de la madrugada: los triunfos de la selección le sirvieron de excusa perfecta para farrear de lo lindo durante los 17 días que duró el Mundial.
La señorita Olaya, que era nuestra profesora de música, nos enseñó a los miembros del coro el himno nacional de Argentina y nos llevó a cantarlo a la Escuela 9, que guardaba el pabellón del país vecino. La Escuela 9 era la escuela de niñas y estaba al lado de la Escuela 1, de niños, donde yo estudiaba, mejor dicho donde iba a clases, ya que por esos tiempos aún no me había puesto aplicado. Ambas escuelas públicas se habían construido hacía poco tiempo; al frente se levantaban los enormes muros de la cárcel, desde donde se había fugado el preso Cobián, del que se decía que fue acusado injustamente de asesinar al dueño del diario "El Rancagüino", pero ese es otro tema. El hecho fue que días antes del Mundial en la Escuela 9 se organizó una modesta ceremonia de homenaje a la selección argentina, a la cual asistieron todas las estrellas del plantel. Les cantamos la canción nacional, los jugadores se nos acercaron y el arquero Roma me dio la mano.
Mi papá, que siempre fue democrático y protector, había comprado dos abonos, que le costaron carísimos. La primera serie de boletos, para su uso, correspondía a los partidos del Estadio Nacional, donde jugaba Chile y donde se desarrollaría una semifinal y la final. El otro abono fue para la sede de Rancagua, que repartió entre el Lucho, el Julio y yo. Para el partido de cuartos de final entre Hungría y Checoslovaquia, que vimos los cuatro en Rancagua, compró entradas extras. Además hizo un canje con su vecino de asiento en Santiago. Cada uno sacrificaba dos partidos a cambio de poder asistir con un familiar a otros dos. Así el Vitorio (debut y despedida, por ser demasiado chico) pudo ver en Santiago a Italia versus Suiza. A mí me llevó a ver a Alemania contra Suiza.
Tenía 9 años y confieso que no vibré con el Mundial; los partidos no me quitaban el sueño. Para mí el Mundial fue más un magno evento deportivo, una obligación imperdible, la noticia del año, la colección de láminas, que una pasión. Mientras Chile enfrentaba a Brasil, disputa que le podía dar nada menos que el paso a la final, yo jugaba a las bolitas detrás del quiosco del tío Pablo mientras alguien llegaba con la noticia de los goles que se iban produciendo. La final entre Brasil y Checoslovaquia me la perdí porque preferí ir a la matiné del cine Rex. En cambio mi mamá, que no entendía nada de fútbol, acudió esa tarde soleada del 17 de junio a la Plaza de los Héroes, donde se instaló un televisor que transmitió a la masa de rancagüinos el triunfo de Brasil. La definición del tercer puesto la vi por televisión en una casa de la población Rubio que generosamente abrió sus puertas a los vecinos. El living se llenó de gente, habría unas 30 personas, y yo por ser niño me senté en el suelo, muy cerca de la pantalla. Para ver televisión en Rancagua en esos años había que conectarle al receptor una antena gigantesca que captara la señal emitida desde Santiago. De ese partido recuerdo unos monos que se desplazaban por la cancha en blanco y negro entre los miles de puntos de nieve titilantes que ensuciaban la pantalla. Aun así, al momento del gol de Eladio Rojas en el último minuto, Chile jugando prácticamente con ocho hombres, todos saltamos como locos en la habitación.
Para mí el Mundial se fue agigantando con el tiempo. ¡Ese partido con Rusia en Arica! Lev Yashin, "La araña negra", desconcertado ante el zurdazo de Leonel. Y el tremendo taponazo de Eladio Rojas desde 30 metros, algunos dicen 35 y ya hay quienes hablan de 40. La noche de esa histórica victoria se me grabó a fuego una frase del Maestro Lucho, pronunciada en mi casa. "Ya estamos entre los cuatro primeros", comentó eufórico el hermano de la tía Lila, que se ganaba la vida como carpintero. Todo se veía movido. La gente corría de un sitio a otro de la casa. La frase del Maestro Lucho a la que aludo fue dicha en la cocina; me parece que la dijo de lado, pero al momento siguiente la cocina estaba vacía. Todas las luces se encontraban encendidas y de cualquier rincón irrumpían ecos de voces triunfales.
Luego de ese triunfo en Arica vino lo esperado, la profecía autocumplida. Habíamos volado demasiado lejos, llegamos a los pies del Olimpo y al levantar la cabeza vimos algo así como el Castillo de Kafka. No hay vacantes; laureles reservados hace cien años. La tragedia estaba escrita, sólo había que representarla en el teatro griego a cielo abierto. Debía perderse con Brasil; se perdió con Brasil. Debía ganársele a Yugoslavia; se le ganó a Yugoslavia. Pero debía ganársele con heroísmo; se le ganó con heroísmo. Nunca en la vida hubo algo más perfecto para Chile; el tercer puesto encajó como pieza de un rompecabezas mitológico. Se juega el último minuto, Chile espera el espantoso alargue con tres hombres lesionados que hacen número en la cancha del Estadio Nacional, impresionante zapatazo de Eladio, Marcovic desvía la pelota, el arquero Soskic se retuerce y llega tarde, la pelota se anida en el fondo de la red y el estadio se levanta, se le hinchan las venas del cuello a Julio Martínez Pradanos, se inicia el paseo de Riera en andas, los jugadores dan la vuelta olímpica, la Plaza de Armas de Santiago aplaude por la noche a un negro de Brasil montado en un caballo blanco, Brasil gana al otro día el título y en Praga los checos se levantan el lunes a mirar los diarios en los quioscos, se detienen en la foto de Mauro con la copa Jules Rimet y siguen caminando, no compran el diario, el Mundial se ha terminado.
Los archivos fílmicos que hasta hoy siguen sumándose en Youtube han creado una interpretación particular de ese momento de la historia. Para los más jóvenes el Mundial del 62 es un episodio de media hora en blanco y negro; sería inconcebible que aquello equivaliera a "nuestros días", en que el mundo está normal, viste normal, camina corre y piensa normal. El pasado tiene algo de ridículo, aun en la forma de hablar de las personas. Supiera la gente cuán parecida es no lo creería. Dicen que los hombres prehistóricos miraban noche a noche las estrellas y discutían de religión, dicen que hasta hubo dramas pasionales en la cueva de Altamira, no puede ser, si eran poco menos que animales.
Llegué a mi casa, le puse goma en el reverso, la pegué y completé el álbum. Era el segundo que llenaba. El primero había sido el libro Caramelos Campeonato, que para los niños de la época constituyó el verdadero despegue de la fiebre del Mundial del 62. En él las láminas estaban representadas por fotografías de los jugadores y también contaba con figuras difíciles, pero no tanto. Un domingo llegamos con mi mamá y el Vitorio al teatro Apolo, mostramos el álbum completo, nos dieron un número y entramos al sorteo de premios. Lo animaba Sergio Livingstone, quien recorría las provincias de Chile con ese objetivo, contratado por la empresa Salo. De aperitivo ofrecía al teatro lleno el noticiario UFA "El mundo al instante", con esa inconfundible voz nasal que le daba un locutor español, noticiario que siempre remataba con grandes partidos jugados en Alemania, con tomas en blanco y negro desde la tribuna, o en primer plano, o en cámara lenta.
Quedaban pocos premios que repartir y la frustración de mi mamá iba en ascenso. De pronto el Sapo Livingstone dictó un número y mi mamá saltó de alegría. Agarró de la mano al Vitorio, lo arrastró de la mano por las butacas y corrieron al escenario. Livingstone le hizo un cariño en la cabeza al Vitorio y le entregó un juego de palitroque. Cuando estábamos de nuevo en la oscuridad, los tres sentados, le toqué el brazo a mi mamá para llamar su atención:
-Mami, mami...
-Qué.
-No era el número.
Ella miraba al frente y sonreía, nerviosa.
-Sí era.
-No era, mami, era otro número.
Me dio un pellizco, me habló al oído y cortó el diálogo.
Días antes de que empezara el Mundial del 62 mi papá me llevó al estadio Braden y me enseñó mi asiento reservado. "Vamos por Millán hasta que llegamos al estadio. Entras a la galería Rengo y buscas el asiento 960, que está en la quinta fila, al lado derecho del marcador". Era una indicación fácil y de hecho al momento de ingresar al partido inaugural no me costó nada dar con la ubicación. Me pareció que los demás murmuraban llenos de admiración: "Mira, a la edad que tiene ese niño y ya sabe llegar solo al estadio". Lo intuía en ciertos gestos del público, pero ahora pienso que pesaba más mi fantasía.
En Rancagua jugaban Argentina y Bulgaria. A los 3 minutos Argentina metió un gol en el arco sur, a metros de mi asiento. Fue el único gol del partido, un disparo cruzado, y una pila de argentinos se puso a celebrar en las tribunas; no recuerdo nada más. A esa misma hora Chile debutaba en Santiago con Suiza y los pocos espectadores del estadio Braden estaban más preocupados de lo que sucedía en el Estadio Nacional que del encuentro que veían con sus propios ojos. Cada vez que allá Chile hacía un gol, acá se escuchaba un griterío y los equipos se desconcentraban, pero seguían jugando. Todos los asientos habían sido cubiertos con cojines de maicillo y haciendo una gracia yo volví con seis cojines a la casa, "de recuerdo". Mi mamá me esperaba en la puerta y gritó de alegría. Mi papá recién apareció en horas de la madrugada: los triunfos de la selección le sirvieron de excusa perfecta para farrear de lo lindo durante los 17 días que duró el Mundial.
La señorita Olaya, que era nuestra profesora de música, nos enseñó a los miembros del coro el himno nacional de Argentina y nos llevó a cantarlo a la Escuela 9, que guardaba el pabellón del país vecino. La Escuela 9 era la escuela de niñas y estaba al lado de la Escuela 1, de niños, donde yo estudiaba, mejor dicho donde iba a clases, ya que por esos tiempos aún no me había puesto aplicado. Ambas escuelas públicas se habían construido hacía poco tiempo; al frente se levantaban los enormes muros de la cárcel, desde donde se había fugado el preso Cobián, del que se decía que fue acusado injustamente de asesinar al dueño del diario "El Rancagüino", pero ese es otro tema. El hecho fue que días antes del Mundial en la Escuela 9 se organizó una modesta ceremonia de homenaje a la selección argentina, a la cual asistieron todas las estrellas del plantel. Les cantamos la canción nacional, los jugadores se nos acercaron y el arquero Roma me dio la mano.
Mi papá, que siempre fue democrático y protector, había comprado dos abonos, que le costaron carísimos. La primera serie de boletos, para su uso, correspondía a los partidos del Estadio Nacional, donde jugaba Chile y donde se desarrollaría una semifinal y la final. El otro abono fue para la sede de Rancagua, que repartió entre el Lucho, el Julio y yo. Para el partido de cuartos de final entre Hungría y Checoslovaquia, que vimos los cuatro en Rancagua, compró entradas extras. Además hizo un canje con su vecino de asiento en Santiago. Cada uno sacrificaba dos partidos a cambio de poder asistir con un familiar a otros dos. Así el Vitorio (debut y despedida, por ser demasiado chico) pudo ver en Santiago a Italia versus Suiza. A mí me llevó a ver a Alemania contra Suiza.
Tenía 9 años y confieso que no vibré con el Mundial; los partidos no me quitaban el sueño. Para mí el Mundial fue más un magno evento deportivo, una obligación imperdible, la noticia del año, la colección de láminas, que una pasión. Mientras Chile enfrentaba a Brasil, disputa que le podía dar nada menos que el paso a la final, yo jugaba a las bolitas detrás del quiosco del tío Pablo mientras alguien llegaba con la noticia de los goles que se iban produciendo. La final entre Brasil y Checoslovaquia me la perdí porque preferí ir a la matiné del cine Rex. En cambio mi mamá, que no entendía nada de fútbol, acudió esa tarde soleada del 17 de junio a la Plaza de los Héroes, donde se instaló un televisor que transmitió a la masa de rancagüinos el triunfo de Brasil. La definición del tercer puesto la vi por televisión en una casa de la población Rubio que generosamente abrió sus puertas a los vecinos. El living se llenó de gente, habría unas 30 personas, y yo por ser niño me senté en el suelo, muy cerca de la pantalla. Para ver televisión en Rancagua en esos años había que conectarle al receptor una antena gigantesca que captara la señal emitida desde Santiago. De ese partido recuerdo unos monos que se desplazaban por la cancha en blanco y negro entre los miles de puntos de nieve titilantes que ensuciaban la pantalla. Aun así, al momento del gol de Eladio Rojas en el último minuto, Chile jugando prácticamente con ocho hombres, todos saltamos como locos en la habitación.
Para mí el Mundial se fue agigantando con el tiempo. ¡Ese partido con Rusia en Arica! Lev Yashin, "La araña negra", desconcertado ante el zurdazo de Leonel. Y el tremendo taponazo de Eladio Rojas desde 30 metros, algunos dicen 35 y ya hay quienes hablan de 40. La noche de esa histórica victoria se me grabó a fuego una frase del Maestro Lucho, pronunciada en mi casa. "Ya estamos entre los cuatro primeros", comentó eufórico el hermano de la tía Lila, que se ganaba la vida como carpintero. Todo se veía movido. La gente corría de un sitio a otro de la casa. La frase del Maestro Lucho a la que aludo fue dicha en la cocina; me parece que la dijo de lado, pero al momento siguiente la cocina estaba vacía. Todas las luces se encontraban encendidas y de cualquier rincón irrumpían ecos de voces triunfales.
Luego de ese triunfo en Arica vino lo esperado, la profecía autocumplida. Habíamos volado demasiado lejos, llegamos a los pies del Olimpo y al levantar la cabeza vimos algo así como el Castillo de Kafka. No hay vacantes; laureles reservados hace cien años. La tragedia estaba escrita, sólo había que representarla en el teatro griego a cielo abierto. Debía perderse con Brasil; se perdió con Brasil. Debía ganársele a Yugoslavia; se le ganó a Yugoslavia. Pero debía ganársele con heroísmo; se le ganó con heroísmo. Nunca en la vida hubo algo más perfecto para Chile; el tercer puesto encajó como pieza de un rompecabezas mitológico. Se juega el último minuto, Chile espera el espantoso alargue con tres hombres lesionados que hacen número en la cancha del Estadio Nacional, impresionante zapatazo de Eladio, Marcovic desvía la pelota, el arquero Soskic se retuerce y llega tarde, la pelota se anida en el fondo de la red y el estadio se levanta, se le hinchan las venas del cuello a Julio Martínez Pradanos, se inicia el paseo de Riera en andas, los jugadores dan la vuelta olímpica, la Plaza de Armas de Santiago aplaude por la noche a un negro de Brasil montado en un caballo blanco, Brasil gana al otro día el título y en Praga los checos se levantan el lunes a mirar los diarios en los quioscos, se detienen en la foto de Mauro con la copa Jules Rimet y siguen caminando, no compran el diario, el Mundial se ha terminado.
Los archivos fílmicos que hasta hoy siguen sumándose en Youtube han creado una interpretación particular de ese momento de la historia. Para los más jóvenes el Mundial del 62 es un episodio de media hora en blanco y negro; sería inconcebible que aquello equivaliera a "nuestros días", en que el mundo está normal, viste normal, camina corre y piensa normal. El pasado tiene algo de ridículo, aun en la forma de hablar de las personas. Supiera la gente cuán parecida es no lo creería. Dicen que los hombres prehistóricos miraban noche a noche las estrellas y discutían de religión, dicen que hasta hubo dramas pasionales en la cueva de Altamira, no puede ser, si eran poco menos que animales.
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