No le deseamos el mal, porque el mal lo lleva adentro; le deseamos el remezó que la haga respirar de verdad el oxígeno que la envuelve.
Hubo días de inconsciencia; era feliz o si se quiere, apática. Jugaba con fuego, sin darse cuenta. ¡Qué días, aquellos! Haberlos vivido sin más, no haberlos atesorado. La rodeaban los engaños y la bestia los aceptaba con su clásica ingenuidad; entonces no se sentía acechada.
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