Le escribía Mishima a su mentor Kagawata que había días muy raros en su vida en que, sintiéndose demasiado bien, experimentaba al mismo tiempo una gran compasión por el mundo, lo que no tiene nada de extraordinario, pues cuando uno se siente demasiado bien, en esas ocasiones -que durarán cuando mucho unos 20 minutos- descubre con facilidad los vacíos del mundo y de la gente, mas no de sí mismo, puesto que si así fuese -y cuando finalmente aquello llega a ocurrir- el estado paradisiaco se esfuma.
Cierto día un niño se subió al bus con su papá. El papá lo había invitado a ver un partido de la selección chilena de fútbol al Estadio nacional. Este hecho ocurrió en 1961 y el niño tenía en ese momento ocho años cumplidos. Su padre tendría 30 o 31. El niño estaba feliz, no se sabe exactamente por qué, si porque iba a ver a la selección o porque compartiría el domingo con su papá. No es que en esa época haya sido inusual para él compartir con su padre los domingos, pero sí era raro que lo hicieran solamente los dos. Acaso entonces haya sido ésa la causa de su felicidad, pero no hay que desmerecer el juego de fútbol, pues se trataba de un encuentro entre Chile y Alemania, nada menos. Por Chile jugaba Leonel Sánchez y por Alemania el tanque Uwe Seeler.
Cuando el bus partió desde la esquina de las calles Bueras y Millán, en la ciudad de Rancagua, distante 86 kilómetros de la capital, el niño miró por la ventana. Vio a su madre y a su hermano menor, que los despedían, ambos de la mano, ella con una amplia sonrisa en los labios y él, con la mirada fija en la ventanilla y algo de intranquilidad general en su cuerpo, como si aún esperara que alguien diera una orden y lo subieran a última hora a la micro. Nadie supo ni sabrá lo que pasaba realmente por la cabeza de la mamá y el pequeño tomado de su mano, pero el niño que miraba desde el asiento, por el sólo hecho de contemplar dicha escena, sintió una gran compasión por el mundo. A sus ojos, afuera no había ningún ser humano enteramente feliz. A todos quienes él veía, incluso a los que se imaginaba en sus casas o en cualquier otro sitio, les daba apenas para sobrevivir. Eran tantas sus carencias que si alguien osaba sonreír lo hacía para disimular una gran pena, imaginaba. Su misma madre, por dar el ejemplo más cercano, había quedado sola, sola con su hijo menor, es verdad, pero a fin de cuentas desarraigada de aquello que la sostenía en el mundo, que era la familia que había formado al contraer matrimonio y separarase desde ese mismo día de sus propios padres. Su vida, ese domingo, sería cuando más una réplica destinada a llenar las horas de vacío que se le venían por delante. Resultaba clarísimo también que su hermanito quedaba en la más profunda orfandad luego de haber sido discriminado, eliminado de una lista de pasajeros por su extrema niñez. Intentaría jugar consigo mismo, haría algunas preguntas, acudiría al llamado maternal a la hora de comer (a regañadientes) y esperaría sentado en el sofá a los viajeros, hasta quedarse dormido con la boca abierta y la corbata puesta. Y qué decir de los otros, del hombre que caminaba con una bolsa de género blanco hacia la panadería, del conscripto que encendía un cigarrillo mientras leía los titulares de los diarios en el quiosco, de los niños que corrían tras una pelota con esa inconsciencia propia de los animales, de las dos vecinas que también miraban partir el bus con sendas escobas en sus manos. Fuera de la máquina estaba la vida. Y la vida, ese domingo, por decir algo optimista, era un día de sol, triste y vacío por excelencia.
Adentro las cosas no andaban mucho mejor, salvo en un detalle: él, al igual que su padre, era dueño del futuro. El niño y su padre sentían en ese momento que había algo por qué vivir.
Treinta años después el niño de ayer, hombre ya, sintió algo no parecido, sino exactamente igual, tras desahogarse en la cama con su mujer. Se habían entregado por entero. No se había tratado solamente de una sesión de malabarismo sexual, sino de una hora y media de completo amor. Se sintió tan dichoso, tan demasiado bien que experimentó una gran compasión por el mundo, por sus padres, por su hermano, por sus hijos, por todos aquellos que se le antojaba que vivían incompletos, que algo les faltaba, que no podían dar con la clave por más que la buscaran, por todos aquellos que no poseían el secreto de la felicidad, que en ese momento obviamente era aquél que el hombre estaba viviendo.
Veinte años más tarde, entrado en canas y algo barrigudo, se topó con las palabras de Mishima y se sintió contento de que alguien sintiera lo mismo que él había sentido, pero también se alegró sinceramente por la felicidad momentánea que en esa carta confesaba un hombre que no fue feliz. Sin embargo, le pareció al mismo tiempo que pecaba de ingenuo como él pecó tantas veces de ingenuo con su felicidad compasiva.
"Ya que ahora mismo no doy con ese estado, quisiera que un alma de niño esté pensando en tipos como yo y me compadezca al menos quince minutos, aunque ese corazón peque de ingenuo", deseó.
Mi nombre no tiene importancia, mi edad tampoco. Sólo diré que mi título de Vicioso y Hombre Malo me fue conferido, tras estudiar la vida entera en su academia, por una milenaria formalidad ideada naturalmente por los hombres. Y que si de algo soy testigo es de un derrumbe moral que me ataca por todos los flancos y me obliga a sumarme a él, en el entendido de que la verdad no es otra cosa que aquello que todos tratan de ocultar.
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sábado, mayo 19, 2007
miércoles, mayo 09, 2007
La felicidad
Le pregunté entonces a la señora Estela por qué siempre se la veía tan feliz y me contó que ella no se hacía problemas por nada, algo de problemas se hacía, pero no tantos. Cuando descubría que las cosas no tenían solución prefería dejarlas donde estaban y cuando tenían solución simplemente las solucionaba. Me dijo que a veces la solución de los problemas no estaba en sus manos sino en las de otros. En tales casos ella trataba de influir en los demás para que las cosas se solucionaran, pero si eso no resultaba no sentía ninguna amargura, ya que le cabía la sensación de haber hecho lo humanamente posible. Le pregunté entonces si no consideraba que esa filosofía de vida demostraba que ella era una persona indolente, considerando sobre todo que su hijo había sido ajusticiado por una banda juvenil por un asunto de drogas. Tras pedirme que le explicara qué quería decir "indolente" me contestó que no, por dos grandes razones. Uno porque ella nunca había sido dueña de su hijo y dos porque dijo haber hecho lo imposible para que éste primero no cayera y luego, se saliera del mundo de la droga. No contento con su explicación, pero notando que objetivamente la señora Estela se mostraba asaz serena y dueña de una objetiva alegría interior, le pregunté si el hecho de haber dado muerte al menor que apuñaló a su hijo no le producía una sensación de rabia basada en la venganza o de culpa basada en la transgresión de la ley. Me dijo que ninguna de las dos, porque el haber dado muerte al homicida de su hijo lo consideraba la reacción normal de una madre abatida y el que estuviera presa era la demostración de una falla de la justicia, aunque prefería creer que su detención sería momentánea. Antes de retirarme le pregunté si no le afligía ser acusada de incendiar la casa de los hermanos Meléndez, también victimarios de su hijo, y si no temía represalias. La señora Estela se extrañó de ambas preguntas. "El que nada hace nada teme", me dijo y agregó: ¿Cuál era la otra pregunta? Se la repetí: le pregunté si no se consideraba una mujer pirómana. "No, me dijo, porque les incendié la casa para limpiar el pecado de sus vidas, no mis propios pecados, que los tengo, y hartos, pero no ése de la piromanía, que hasta donde sé tampoco es un pecado sino un vicio". Le pregunté si se sentía en paz con su conciencia y si no prefería que intentáramos mejor con la estrategia de la insania. Me preguntó qué significaba "insania" y yo le dije "patología síquica", no me atreví a decir locura. Algo entendió pero no totalmente, porque en su explicación esbozó argumentos relativos a la vida de las aves. Me dijo textualmente: "Mire, mijito, perdóneme que lo trate así, pero usted es muy joven y hay cosas que no entiende. Hay aves de la misma especie que no siempre vuelan lo alto que desearían. Vea allí a los patos: unos atraviesan continentes y otros apenas son capaces de atravesar el gallinero, ¿me entiende?". Yo le seguí el juego y ella continuó: "Entonces, si una persona se atreve a volar más alto que los demás, ¿qué hará el pato del gallinero? Le echará la culpa al empedrado y tratará de hacerla pasar por loca, digo a esa persona que sobresalió del grupo, ¿me entiende?". Cada vez me era más difícil seguirle la corriente; además, se estaba haciendo tarde y en el City Bar me esperaban Faúndez y Diéguez con los martinis servidos. "Se lo voy a resumir en una sola frase, mijito: No se preocupe tanto por mí, que soy feliz, sino por aquellos que realmente sufren desgracias. Haga lo justo y lo necesario, que Dios se encargará de lo demás".
Abandoné el recinto intranquilo. Me sentía más cliente que abogado. Y desde luego pecador.
Abandoné el recinto intranquilo. Me sentía más cliente que abogado. Y desde luego pecador.
lunes, abril 30, 2007
Cosquillas
Cuando me vienen esas intensas cosquillas desde la zona rara ubicada entre los testículos y el ano pienso en una vulva peluda. Me gustaría juguetear sobre el monte, apartar el pasto rizado con los dedos y blandir la lengua en la carnecita aquella que se erecta; gustar su sabor, chupar, mordisquearla hasta sentir esos temblores ajenos que tanto bien le hacen a uno. Enseguida pienso que me gustaría sobremanera penetrarla, pero no como hace la gente, sino como los animales: con furia y urgencia, con ganas de derramar la leche cuanto antes.
Las fantasías generan frustración y congelan el tiempo. La escena se repite, la lengua vibra como ala de abejorro, el sexo femenino se cubre de miel (sobreviene un nuevo espasmo) los dientes estiran como chicle el pequeño pene femenino, moribundo de deseo, mientras la mente, mi mente, lucha vanamente por quedarse allí: un ruido cualquiera desvía los ojos hacia el objeto que lo produjo y la vulva desaparece, palpitando. Pienso entonces en aquel juicio de Truman Capote acerca de su obra ("había demasiadas partes en las que no había escrito todo lo bien que podía hacerlo, en las que no me había entregado por completo") y pienso inmediatamente después qué diría Truman Capote de mi propia obra; más bien, cómo se burlaría de mi obra ante sus amigos, con esa genial mordacidad de maraco asumido. "Este chilenito describe una calentura, ¿qué es esa cosa nueva de la que habla?", pienso en Truman, en el genio sobredimensionado de Truman y vago por el parque, pienso en mi triste destino de poeta de segunda, de poeta que nunca podría enunciar algo coherente en la página cultural y ya oriento mi cómoda barca autoflagelante hacia la laguna del pesar cuando desde la nada emerge la vulva rosada y peluda, se me echa encima, me suplica, se urge y me devora...
Las fantasías generan frustración y congelan el tiempo. La escena se repite, la lengua vibra como ala de abejorro, el sexo femenino se cubre de miel (sobreviene un nuevo espasmo) los dientes estiran como chicle el pequeño pene femenino, moribundo de deseo, mientras la mente, mi mente, lucha vanamente por quedarse allí: un ruido cualquiera desvía los ojos hacia el objeto que lo produjo y la vulva desaparece, palpitando. Pienso entonces en aquel juicio de Truman Capote acerca de su obra ("había demasiadas partes en las que no había escrito todo lo bien que podía hacerlo, en las que no me había entregado por completo") y pienso inmediatamente después qué diría Truman Capote de mi propia obra; más bien, cómo se burlaría de mi obra ante sus amigos, con esa genial mordacidad de maraco asumido. "Este chilenito describe una calentura, ¿qué es esa cosa nueva de la que habla?", pienso en Truman, en el genio sobredimensionado de Truman y vago por el parque, pienso en mi triste destino de poeta de segunda, de poeta que nunca podría enunciar algo coherente en la página cultural y ya oriento mi cómoda barca autoflagelante hacia la laguna del pesar cuando desde la nada emerge la vulva rosada y peluda, se me echa encima, me suplica, se urge y me devora...
El marciano que salía de la estación
Ulises Pereira iba a reportear el Rodeo de Carabineros, turno de sábado, nota dos abajo, modorra en el radiotaxi, cuando vio a un marciano saliendo de la Estación Mapocho. Lo llevaban de la mano dos señoras con una niñita y los cuatro eran seguidos por una multitud de curiosos.
¿Será arriesgado cambiar de tema sin autorización del jefe?, pensó durante un segundo y decidió que de todas maneras había que tomar la iniciativa, pues lo contrario equivalía a traicionar la profesión. De modo que le ordenó al conductor que estacionara y bajó del auto con su libreta de apuntes y su grabadora. El marciano enfilaba por calle Puente en dirección al Paseo Ahumada. Corrió y detuvo a las dos señoras.
-Las Últimas Noticias -les dijo, más bien las conminó ("es insólito que el solo hecho de pertenecer a un medio de comunicación equivalga a un derecho a meterse en la vida privada de cualquiera", pensó durante una fracción de segundo).
-Ah... ¿qué?, ¿del diario? -preguntó la señora más joven. Pereira asintió con la cabeza y continuó el interrogatorio.
-Abuela, madre e hija, supongo.
-Sí -confirmó la mujer.
-Más el marciano.
Las tres rieron, no así el marciano, que tenía la mirada fija en las ventanas de los edificios.
-Lo encontramos hace dos días -dijo la mujer.
-¿Dónde estaba?
(La multitud se agolpaba detrás de las mujeres. Algunos niños querían tocar al marciano, pero sus mamás se lo prohibían).
-En la plaza de la villa Los Arcos, en el paradero 23 de Vicuña Mackenna.
-Ah, ¿son de la villa Los Arcos?
-Sí. Nos cambiamos hace poco.
-¿Cómo está el sector?
-Bien bueno, tranquilo.
-¿Y qué estaba haciendo el marciano?
-Estaba en el pasto. Tenía hambre. Parece que lo dejaron abandonado. Quién sabe.
-¿De qué se alimenta el marciano?
-¡Lo que más le gusta es el maní salado! -intervino la niña, que lo acariciaba sin miedo, sintiéndose dueña del ser.
-¿Se le podrá entrevistar?
-No dice nada, mira no más -respondió la mamá.
-¡Y come harto! -agregó la niña- ¡Come más que un perro!
-¡Shhh! ¡Isabel! ¡Eso no se dice!
-Pero... por ejemplo... (no se le ocurría la pregunta)... ¿le gusta dormir al marciano?
-Duerme en el sofá -dijo la mamá-. El primer día no nos atrevíamos a entrarlo y lo dejamos amarrado en el patio. Pero ayer lo entramos y lo acostamos en el sofá.
-Le pusimos una mantita -dijo la niña.
-¿Cómo se llama?
-Piti Piti.
-¿Dispara rayos?
-Le hicimos un tiro al blanco y le hicimos que hiciera con la mano, pero no hizo nada.
-¿Y tú, cómo te llamas?
-Isabel Valenzuela, pero me dicen Chabi.
-¿Y usted, señora?
-Mabel Pastene.
-¿Y cómo le dicen?
-¿Eh?... Mabel.
-¿Y la abuelita?
-María Díaz. Me dicen Mari, ja ja.
-Tres apellidos diferentes para la madre, la hija y la nieta.
-Así es.
-¿Qué van a hacer con el marciano?
-Supongo que vamos a tener que llevarlo a un ministerio, para que lo estudien.
-¡No, mamá! ¡Me dijiste que se podía quedar!
-No, hija. Es importante. Yo creo que hay que donarlo a la ciencia.
-Pero lo podrían vender, porque ustedes se lo encontraron. Le podrían sacar un buen precio.
-Ah, sí, también puede ser... pero ¿no será un delito?
-No sé... no creo.
-Estamos encariñadas con él. Yo no lo vendería -argumentó por primera vez la abuela.
-¿Qué siente hacia él, señora?
-Siento mucho cariño. Me da pena... pobrecito. A lo mejor está perdido.
-Se emocionó.
-Es que...
-Mi abuelita no quería traerlo al centro.
-¿No ve que...?
-No llore, señora. No es para tanto.
-Es que a lo mejor...
-Ya, mamá. Quédese tranquilita.
-Se emocionó.
-Mami, ¿vamos al Metro para que Piti Piti lo conozca?
-Bueno, hija. Si nos disculpa...
-Cómo no. Buena suerte. ¡Chao, Chabi!
-Hasta luego.
Así fue como tras cubrir el rodeo Ulises Pereira llegó con dos temas al diario, uno de ellos exclusivo. Evidentemente la noticia del marciano se anunció en la primera página y causó bastante revuelo, durante varios días, pero ha de analizarse enseguida con más detalle este hecho.
Pasó que los canales de televisión aprovecharon la nota del periódico y la hicieron suya. El primer día emitieron despachos en directo desde la casa de la villa Los Arcos y por la noche la imagen del marciano encabezó los principales noticieros. Varias periodistas intentaron hacerlo hablar pero el marciano no abrió la boca. Se le invitó a dos programas estelares, uno de ellos conducido por Pedro Carcuro y el otro por Luis Jara, y en ambos fue muy aplaudido. Científicos determinaron que efectivamente se trataba de un marciano, por lo que una de las grandes dudas de la humanidad quedó despejada en un segundo: hay vida inteligente más allá de la tierra.
Luego sobrevino una polémica centrada en la propiedad del marciano, que acabó el día en que el Instituto de Chile, merced a una orden judicial, lo retiró del hogar de la villa Los Arcos para donarlo a los Estados Unidos. María, Mabel e Isabel se quedaron sin mascota pero a cambio fueron premiadas con un viaje a Estados Unidos, que incluyó cinco días en Orlando con entradas a Disneyworld, Estudios Universal y Estudios MGM.
De esta noticia han pasado dos meses y la conclusión que ha sacado Pereira es desalentadora: el marciano sale cada vez menos en los diarios pero a nadie le importa un comino, bledo o rábano. Tuvo sus quince minutos de fama y ya pasaron. Ahora las cosas que interesan son otras. Hace unos días la comprobación de esa realidad obsesionó a tal punto al periodista que apenas se metía a un bar buscaba parroquianos solos para actualizar el tema e increparlos por su falta de interés. Algunos le concedían la razón hasta que uno lo frenó en seco.
-Hay vida en Marte. ¿Y qué?
Ulises Pereira se dejó pensando.
Discurrió que como todo organismo, las noticias comprenden cuatro fases: nacimiento, desarrollo, madurez y muerte. También pensó que el hombre y el mundo se van nutriendo día a día de novedades. Pero esos argumentos no lo confortaban, porque eran aplicables a fenómenos ordinarios, no extraordinarios. Ahora que está sentado en su escritorio piensa que las verdaderas preguntas estarían siendo: ¿Por qué es importante que se haya descubierto vida más allá de la tierra y por qué es dramático que ya a nadie le importe? Incluso, si simplificara le daría: ¿es importante que haya vida? O aun: ¿hay vida? Le desespera la respuesta que no surge. Sabe que alguien escribió ‘‘pienso, luego existo’’, pero a él no le parece suficiente. ¡Hay un ser de otro planeta y ahora los únicos interesados en él son un par de científicos que le están estudiando el ADN! Es lo mismo que le sucede cuando entra a la librería y ve que todos pasan frente a las obras completas de Lord Byron como si nada. Entonces se pregunta: ¿Qué es el hombre? ¿Un gusano de hábitos refinados o un fenómeno sociológico?
"Y pensar que me estoy tomando este caldo de cabeza por un marciano tal por cual", sentencia ante la pantalla del computador, con una sonrisa áspera en los labios.
¿Será arriesgado cambiar de tema sin autorización del jefe?, pensó durante un segundo y decidió que de todas maneras había que tomar la iniciativa, pues lo contrario equivalía a traicionar la profesión. De modo que le ordenó al conductor que estacionara y bajó del auto con su libreta de apuntes y su grabadora. El marciano enfilaba por calle Puente en dirección al Paseo Ahumada. Corrió y detuvo a las dos señoras.
-Las Últimas Noticias -les dijo, más bien las conminó ("es insólito que el solo hecho de pertenecer a un medio de comunicación equivalga a un derecho a meterse en la vida privada de cualquiera", pensó durante una fracción de segundo).
-Ah... ¿qué?, ¿del diario? -preguntó la señora más joven. Pereira asintió con la cabeza y continuó el interrogatorio.
-Abuela, madre e hija, supongo.
-Sí -confirmó la mujer.
-Más el marciano.
Las tres rieron, no así el marciano, que tenía la mirada fija en las ventanas de los edificios.
-Lo encontramos hace dos días -dijo la mujer.
-¿Dónde estaba?
(La multitud se agolpaba detrás de las mujeres. Algunos niños querían tocar al marciano, pero sus mamás se lo prohibían).
-En la plaza de la villa Los Arcos, en el paradero 23 de Vicuña Mackenna.
-Ah, ¿son de la villa Los Arcos?
-Sí. Nos cambiamos hace poco.
-¿Cómo está el sector?
-Bien bueno, tranquilo.
-¿Y qué estaba haciendo el marciano?
-Estaba en el pasto. Tenía hambre. Parece que lo dejaron abandonado. Quién sabe.
-¿De qué se alimenta el marciano?
-¡Lo que más le gusta es el maní salado! -intervino la niña, que lo acariciaba sin miedo, sintiéndose dueña del ser.
-¿Se le podrá entrevistar?
-No dice nada, mira no más -respondió la mamá.
-¡Y come harto! -agregó la niña- ¡Come más que un perro!
-¡Shhh! ¡Isabel! ¡Eso no se dice!
-Pero... por ejemplo... (no se le ocurría la pregunta)... ¿le gusta dormir al marciano?
-Duerme en el sofá -dijo la mamá-. El primer día no nos atrevíamos a entrarlo y lo dejamos amarrado en el patio. Pero ayer lo entramos y lo acostamos en el sofá.
-Le pusimos una mantita -dijo la niña.
-¿Cómo se llama?
-Piti Piti.
-¿Dispara rayos?
-Le hicimos un tiro al blanco y le hicimos que hiciera con la mano, pero no hizo nada.
-¿Y tú, cómo te llamas?
-Isabel Valenzuela, pero me dicen Chabi.
-¿Y usted, señora?
-Mabel Pastene.
-¿Y cómo le dicen?
-¿Eh?... Mabel.
-¿Y la abuelita?
-María Díaz. Me dicen Mari, ja ja.
-Tres apellidos diferentes para la madre, la hija y la nieta.
-Así es.
-¿Qué van a hacer con el marciano?
-Supongo que vamos a tener que llevarlo a un ministerio, para que lo estudien.
-¡No, mamá! ¡Me dijiste que se podía quedar!
-No, hija. Es importante. Yo creo que hay que donarlo a la ciencia.
-Pero lo podrían vender, porque ustedes se lo encontraron. Le podrían sacar un buen precio.
-Ah, sí, también puede ser... pero ¿no será un delito?
-No sé... no creo.
-Estamos encariñadas con él. Yo no lo vendería -argumentó por primera vez la abuela.
-¿Qué siente hacia él, señora?
-Siento mucho cariño. Me da pena... pobrecito. A lo mejor está perdido.
-Se emocionó.
-Es que...
-Mi abuelita no quería traerlo al centro.
-¿No ve que...?
-No llore, señora. No es para tanto.
-Es que a lo mejor...
-Ya, mamá. Quédese tranquilita.
-Se emocionó.
-Mami, ¿vamos al Metro para que Piti Piti lo conozca?
-Bueno, hija. Si nos disculpa...
-Cómo no. Buena suerte. ¡Chao, Chabi!
-Hasta luego.
Así fue como tras cubrir el rodeo Ulises Pereira llegó con dos temas al diario, uno de ellos exclusivo. Evidentemente la noticia del marciano se anunció en la primera página y causó bastante revuelo, durante varios días, pero ha de analizarse enseguida con más detalle este hecho.
Pasó que los canales de televisión aprovecharon la nota del periódico y la hicieron suya. El primer día emitieron despachos en directo desde la casa de la villa Los Arcos y por la noche la imagen del marciano encabezó los principales noticieros. Varias periodistas intentaron hacerlo hablar pero el marciano no abrió la boca. Se le invitó a dos programas estelares, uno de ellos conducido por Pedro Carcuro y el otro por Luis Jara, y en ambos fue muy aplaudido. Científicos determinaron que efectivamente se trataba de un marciano, por lo que una de las grandes dudas de la humanidad quedó despejada en un segundo: hay vida inteligente más allá de la tierra.
Luego sobrevino una polémica centrada en la propiedad del marciano, que acabó el día en que el Instituto de Chile, merced a una orden judicial, lo retiró del hogar de la villa Los Arcos para donarlo a los Estados Unidos. María, Mabel e Isabel se quedaron sin mascota pero a cambio fueron premiadas con un viaje a Estados Unidos, que incluyó cinco días en Orlando con entradas a Disneyworld, Estudios Universal y Estudios MGM.
De esta noticia han pasado dos meses y la conclusión que ha sacado Pereira es desalentadora: el marciano sale cada vez menos en los diarios pero a nadie le importa un comino, bledo o rábano. Tuvo sus quince minutos de fama y ya pasaron. Ahora las cosas que interesan son otras. Hace unos días la comprobación de esa realidad obsesionó a tal punto al periodista que apenas se metía a un bar buscaba parroquianos solos para actualizar el tema e increparlos por su falta de interés. Algunos le concedían la razón hasta que uno lo frenó en seco.
-Hay vida en Marte. ¿Y qué?
Ulises Pereira se dejó pensando.
Discurrió que como todo organismo, las noticias comprenden cuatro fases: nacimiento, desarrollo, madurez y muerte. También pensó que el hombre y el mundo se van nutriendo día a día de novedades. Pero esos argumentos no lo confortaban, porque eran aplicables a fenómenos ordinarios, no extraordinarios. Ahora que está sentado en su escritorio piensa que las verdaderas preguntas estarían siendo: ¿Por qué es importante que se haya descubierto vida más allá de la tierra y por qué es dramático que ya a nadie le importe? Incluso, si simplificara le daría: ¿es importante que haya vida? O aun: ¿hay vida? Le desespera la respuesta que no surge. Sabe que alguien escribió ‘‘pienso, luego existo’’, pero a él no le parece suficiente. ¡Hay un ser de otro planeta y ahora los únicos interesados en él son un par de científicos que le están estudiando el ADN! Es lo mismo que le sucede cuando entra a la librería y ve que todos pasan frente a las obras completas de Lord Byron como si nada. Entonces se pregunta: ¿Qué es el hombre? ¿Un gusano de hábitos refinados o un fenómeno sociológico?
"Y pensar que me estoy tomando este caldo de cabeza por un marciano tal por cual", sentencia ante la pantalla del computador, con una sonrisa áspera en los labios.
miércoles, abril 25, 2007
Una historia sumamente sucia
Por pertenecer, tal vez, a la zona más profunda de las intimidades del
ser, cual es aquella donde se aloja la génesis de los apetitos sexuales, incomoda
narrar la historia de Demetrio, la historia del asesino del cinematógrafo. Su
caso se entrecruza con el de Armando y Geraldine, o viceversa; de tal manera
que en algún momento el lector se podría confundir, al grado de mostrarse incapaz
de discernir si lo que se halla ante sus ojos es realidad o ficción.
A veces, en esos días grises, pesimistas, inquietantes
por los que atraviesa todo ser humano, unos más que otros, suelo hacerme la
misma pregunta, si la vida que llevo obedece a parámetros reales o ficticios;
entonces deseo que la respuesta me llegue serena y alegre desde alguna zona
recóndita de la conciencia, aunque la mayoría de las veces esta resulta
vagamente turbadora. El asunto es que Demetrio despertó
una mañana de tantas con el deseo morboso de volver a la sala de cine, y que la
crónica que recrea esta historia, espero dejarlo aclarado al final, es una rara
mezcla de dos circunstancias hermanadas por el periodismo.
Demetrio despertó con el deseo morboso de volver al cine. Miró hacia
el despertador, apenas visible en la pieza a oscuras: el reloj marcaba las
cuatro de la tarde con diez minutos. Estiró los huesos y se bajó de la cama,
alargando el bostezo falso, bostezo que buscaba ocultar el miedo a ese
cosquilleo inconfundible. Agarró del velador un paquete de papas fritas
consumido a medias, arrastró las pantuflas hasta el calefont; lo encendió y se
metió a la ducha. El agua corrió por su cuerpo blanco, flácido y lampiño y le
otorgó un momentáneo bienestar, pero al cerrar los ojos y apuntarlos hacia la
ducha resurgió su tormento, junto con la lluvia caliente: vio dentro de su
cerebro miles de cometas que se le antojaron disparos de un pelotón de
fusilamiento. Como lo sugeriría un rebuscado flashback, el impulso lo
atormentaba de joven, de esa época en que los prejuicios tenían algún valor. En
el último tiempo no solo no había podido sacárselo de la cabeza, sino que
crecía en fuerza y determinación. Enflaquecía y se iba convirtiendo en un
harapo, en un sujeto preso de un terror vago que combatía con una sonrisita
tonta, que lanzaba aquí y allá a quien lo mirara de frente. Los tiempos habían
cambiado, pero la mente de Demetrio vivía anclada a su pasado. Ante tal estado
de las cosas el cinismo que recubría su alma no se cuestionaba el origen de su
vicio, convencido como estaba de que este provenía de una fuerza superior a la
suya, proveniente no de más adentro, sino de
más arriba, lo que de manera categórica le aseguraba la irresponsabilidad
frente a sus actos. Pero el pobre justificativo no lo aliviaba de la inquietud.
Frotó su pene con rabia, para erradicar por fin la infección que se
le antojaba que le pudría la carne, pero el alivio sexual no le sirvió de
mucho. A los pocos minutos la idea había vuelto a su cabeza.
Bajó apurado a la calle, como si tuviera algo que hacer. Tratando de
olvidar. Se le vio caminar a paso rápido; ansiaba alejarse del departamento. El
cosquilleo era intenso, inevitable. Si proseguía con aquella frenética obsesión
cualquier día la policía terminaría echándole el guante, y así lo sugerían las
imágenes que le pasaban por la cabeza, dispuestas con cierto éxito para los
espectadores de su drama. Un día de estos -se aterrorizaba con sadismo- iría él
mismo a entregarse, a revelar al mundo su bajeza, la perdición que desde ya lo
condenaba al infierno. Tenía el presentimiento de que sus minutos estaban
contados y de solo intuirlo un fuego se le vino desde el estómago a la cabeza,
y trastabilló. Demetrio asumía el rol de un personaje trastornado.
Se echó un puñado de papas a la boca, pero bruscamente arrojó el
paquete al suelo y devolvió sus pasos, irritado, hasta su departamento. Abrió
la puerta, se dirigió directamente al closet, metió las manos dentro del cajón
con llave y echó su contenido en un bolso que retiró de allí mismo. Del baño
sacó la navaja y la echó también al bolso. Cuando volvió a salir, ya sin prisa,
le pareció que su abrigo raído y de extraño corte le pesaba demasiado, tanto
que lo encorvaba y lo obligaba a mirar al suelo. Paseó la mano derecha por la
correa del bolso de gamuza sintética que colgaba de su hombro y dirigió sus
pasos al rotativo.
Como cada tarde, en el vestíbulo rondaban homosexuales y
transexuales que esperaban el guiño de algún cliente para hacerle compañía. El
cuerpo de Demetrio sudaba. Con un leve gesto le indicó a un travesti que lo
siguiera. Inconscientemente, con su mano derecha apretó el bolso y palpó la
navaja.
Compró un boleto, entró en puntillas y se sentó, ansioso. La escasa
luminosidad que desprendía el proyector le impidió distinguir las butacas y
aquello lo hizo sentir vulnerable. Había visto de reojo un cartel con el
retrato hablado del asesino que por ese tiempo aterraba a los santiaguinos que
acudían a los cines y sus manos habían temblado al momento de pagar la entrada,
lo que despertó el interés del boletero. Pensó que el hombre lo había
reconocido y no halló nada mejor que lanzarle una de sus sonrisas, pero estaba
seguro de que eso había aumentado sus sospechas. Con el correr de los minutos,
sin embargo, y a medida que iba dominando el espacio al interior de la sala,
sus aprensiones se diluyeron y su respiración entrecortada se normalizó.
Entonces sus pupilas, dilatadas al máximo, se concentraron en su objetivo. El travesti
ya estaba a su lado y le exigía, susurrando, el pago anticipado del servicio. Demetrio
casi no podía controlar sus nervios, pero se tomaba su tiempo.
Era una sala vieja, ubicada en los bajos de una galería de la Plaza
de Armas, con una puerta al lado del telón y, encima de ella, un letrerito
luminoso que indicaba la salida de emergencia. Al costado inverso, en la boca
de un pasillo que dividía las filas de asientos en dos mitades, cortinas de
género cubrían la entrada a los baños. Las butacas desvencijadas olían a felpa
desprendida. El parqué estaba sucio, áspero, pegajoso. Las paredes recordaban
antiguas naves de catedrales; el cielo, altísimo, perdido en la inmensa
oscuridad, solo se adivinaba.
Sintió una respiración agitada y al volver la vista distinguió a un
jovencito flanqueado por dos hombres que le corrían mano en la última fila.
Fuera de eso, la sala estaba casi vacía. Una pareja a los pies de la pantalla,
con alardes exhibicionistas; un viejo de impermeable y un hombre rapado de
contextura gruesa conformaban el público total de la sala. El sujeto de
impermeable se ubicaba en un asiento lateral y parecía dormitar. El fortachón
miraba la película desde una butaca central. Cada cierto tiempo su cuerpo se
movía para acomodarse a la irregularidad del asiento. La ansiedad de Demetrio
se redobló; fijó su vista hacia las cortinas de acceso al baño, mientras su víctima circunstancial le reclamaba el
dinero acordado. La mente de Demetrio corría diez, cien veces más rápido que su
esmirriada humanidad. Antes de levantarse ya había vivido, gozado su malévola
performance. Tal como en las demás ocasiones, sin embargo, permaneció en su
asiento para dedicarle algunos minutos a esa sensación que le aceleraba los
latidos y le distendía los músculos. La promesa del ansiado descontrol le hizo
recordar la botella de cerveza negra que bebía ritualmente al término de una
jornada como esta, en la soledad de su departamento, luego de limpiar sus
manos. Sus ojos se posaron entonces por primera vez en la pantalla.
Las imágenes planteaban el conflicto sentimental de dos amantes, Armando
y Geraldine. Era una película nacional de bajo presupuesto, largas tomas, poca
acción y pocos diálogos. Atmósfera nostálgica, deprimente, gris. (El proyector
aleteaba como un viejo cascarrabias; resultaba incomprensible que aún no lo
hubiesen arrojado al tarro de la basura.) Tras un coito agresivo, feroz, Armando
y Geraldine ahora caminaban por el Parque Forestal. No hablaban, no se tomaban
las manos, casi no se miraban. Buscaron un escaño vacío y se sentaron. Los
árboles anunciaban el nacimiento de la primavera.
Solo se oía el rodar de la cinta en la máquina y, de fondo, un
chicharreo, una especie de música de violines ciegos con marco de platillos
retumbando. Sin saberlo, Demetrio había llegado a la parte dramática del filme.
Pero eso no le decía nada. Era esa vieja compulsión la que en aquel momento
volvía a crisparle los nervios. Se había jurado antes de entrar que solo
echaría un vistazo, que no se permitiría el renacimiento de su pulsión prohibida.
Pero aquello era un embuste, la clásica mentira que se fabricaba para postergar
el inicio de la acción o tal vez su propia muerte.
Armando y Geraldine comenzaron a discutir. Ella intentó tomarle una
mano y él la apartó con molestia (los diálogos apenas se entendían). El
proyector mandó al telón un contraluz de ramas moviéndose al viento y luego
enseñó a Geraldine en contrapicado. La cámara se fue acercando hasta llegar a
su rostro, deprimido por el desencuentro y por los años. Luego se fue a las manos
de Armando, agarrotadas sobre sus propios muslos, y enseguida volvió a Geraldine,
a su mirada baja de medio perfil a punto de las lágrimas. Armando, más joven
que ella, le lanzó un insulto salvaje y Geraldine rompió en llanto. La cámara
se fue retirando hasta abarcar la panorámica del parque y una carrera de tres
niños tras una pelota. Geraldine se levantó del escaño y se marchó con la
mirada perdida, mientras Armando permanecía férreamente en su lugar. De pronto Geraldine
se detuvo, sacó una fotografía de su bolso en la que ambos sonreían a la
cámara, abrazados, y regresó.
“Ella está enamorada y él la quiere dejar”, pensó Demetrio, y se
llevó la mano al bolsillo para sacar papas fritas. Pero al pasar a llevar el
bolso su obsesión volvió a despertar. El travesti se impacientaba.
Geraldine le mostró la foto a Armando y amenazó con enviársela por
carta a su esposa. La cámara enfocó los ojos consternados de su amante, su
mirada de fuego y odio, su pasión descontrolada. Geraldine, arrepentida, se
agachó, le tomó los hombros y le imploró, pero Armando le volteó la cara de un
manotazo y trató de recuperar la foto. Los niños detuvieron el juego y miraron
hacia el banco, asustados. Un ejército de violines atacó la escena. La música,
asfixiada, salió de la pantalla y llenó la sala, innecesariamente. Una sucesión
de primeros planos mostró las manos de Geraldine echando la fotografía dentro
del bolso, el rostro demacrado de Armando, la mirada altiva de Geraldine, sus
zapatos caminando rápidamente sobre la hierba. La película, pasada decenas de
veces, se saltó el comienzo de la toma en que Armando se levantaba del escaño,
pues este aparecía ahora siguiéndola cautelosamente, mientras la cámara
acompañaba su trayecto en forma combinada con la veloz marcha de Geraldine.
Armando, el amante amenazado, vigilaba a Geraldine, la despechada, a
prudente distancia, detrás de un árbol. Mientras observaba cómo la mujer se
secaba los ojos al salir de un café situado al lado de una joyería determinó
que las cosas habían llegado demasiado lejos. Geraldine caminó por una calle
lateral, de poco tránsito, rumbo al centro, entró a un pasaje y de improviso se
detuvo frente a un cine de adultos, algo desconocido para ella. Imaginó esa
oscuridad como un buen lugar para descargar su tristeza. Mecánicamente abrió el
bolso y sacó un billete. Su absurdo comportamiento se explicaba por el shock de
la ruptura, ya definitiva. Sus ojos trocaban la expresión de ira a rabia, luego
a pena, arrepentimiento, desesperación, de nuevo rabia, pena. Con un temblor
visible en sus manos tomó la entrada, recibió el cambio, e ingresó a la sala. Armando
la observaba desde lejos, con un dejo de satisfacción. La vitrina publicitaria promocionaba
tres películas triple X, una de ellas titulada “Pasión secreta”. La frase
cliché, tantas veces usada en un filme de esas características, le metió a la
cabeza la idea de deshacerse de su amante para siempre. Entró al cine y se
ubicó detrás de la butaca de Geraldine, sin que ella lo notara.
Demetrio juzgó que había llegado el momento y se levantó. “Voy a
cambiarme, ya vuelvo”, le murmuró al travesti. Sus pasos sobrevolaron el parqué;
antes de correr suavemente las cortinas para entrar al baño comprobó que ni el
hombre robusto ni el tipo de impermeable se habían dado vuelta a mirarlo. En la
pantalla, Armando olía el olor a jabón barato de motel que desprendía la carne
de Geraldine, adivinaba los polvos en su cara gastada; sentía, excitado, casi
en su boca el cuello de piel de su abrigo de lana. A Demetrio la imagen le
gustó y lo retuvo unos segundos entre las cortinas; de alguna manera se sentía
identificado con esa extraña pasión de celuloide, de combinación de luces y
sombras, pasión irreal pero vívida, más que tantas cosas y personas que pasaban
por su lado y que no le decían nada, tal vez más que su propia pasión. Armando
se aflojaba el cinturón y tanteaba las puntas con sus dedos como si estuviera
tomando una serpiente venenosa. Apenas podía evitar el jadeo. Geraldine,
delante de él, no parecía ver la película ni escuchar sonido alguno. Se
limitaba a sollozar lo más silenciosamente que podía.
“La va a matar”, pensó Demetrio e intuyó que el final estaba
próximo, por lo que caminó rápidamente hacia la puerta del baño de mujeres. La
abrió, echó una ojeada y se metió directamente a un compartimiento cerrado. Se
paró frente al escusado y corrió el cierre del bolso con torpeza. Había llegado
su momento, pero el torpe retraso lo estaba echando a perder. Sacó la ropa y la
dejó sobre el estanque. Algunas prendas cayeron al basurero repleto de papeles
manchados con sangre; otras, en la baldosa sucia con orina y restos de
cigarrillos. Castigó su torpeza con una risita. Al sacarse los zapatos y
bajarse los pantalones, dando inicio a su ritual, lamentó su esclavitud pero no
echó pie atrás, porque la fuerza de su impulso era mayor que la de su
conciencia. Mientras atravesaba el portaligas por la cintura pensó en los niños
que jugaban a la pelota en ese parque y se preguntó cómo fue que había caído en
este pozo y cómo su vida se había limitado a caber en un envase redondo de
aluminio; entonces recordó cosas que nadie nunca sabría, como aquella temporada
en la cárcel pero también, antes que eso, la tarde en que se asomó al balcón,
frente a la plaza, y la idea se le metió en el cuerpo como relámpago, la idea
de la entrega a una verdad escondida que se revela sola, sin trabajo, cuando el
cuerpo actúa y la mente descansa; ideas nacidas en una libreta de apuntes,
ideas que no siendo de él hacía suyas.
Las medias subían y sus manos temblorosas las abrochaban al
portaligas. Los pies se introducían en los zapatos de taco aguja y los sostenes
con rellenos se adherían a su frágil caja torácica. Su goce intenso era más que
sexual, o tal vez era lo que él entendía por sexualidad: acciones humanas
reñidas con la animalidad del vulgar roce que provoca espasmos y sin embargo
puras, liberadoras. En la puerta había dibujos y leyendas soeces que no le
llamaron la atención, con teléfonos, nombres y números de centímetros. Se ciñó
el vestido y con oficio corrió hacia arriba el cierre por la espalda. Antes de
pintarse los labios de rojo sacó la navaja y un espejito y se afeitó en seco
hasta dejarse la cara brillante. Esparció crema y colorete sobre las mejillas;
luego cubrió de rímel las pestañas. Sacó la peluca, se la ajustó y alejó el
espejo lo más que pudo para mirarse por partes. Tomó la ropa original y la
metió en el bolso. La transformación estaba hecha.
El proyector cumplía a duras penas su misión y exponía imágenes
gastadas, pasadas a llevar por hilos verticales blancos que se movían como al
son de una rumba. Demetrio corrió la cortina y volvió a la platea dejando tras
de sí un olor a polvo de señoras. El travesti lo aguardaba, impaciente; le dio
el dinero, se sentó a su lado y mientras miraba fijamente la pantalla lo
acarició mientras él mismo se levantaba el vestido. Armando observaba con los
ojos entornados el gastado cuello de piel del abrigo de su amante, así como una
marca violácea en el costado izquierdo de su rostro. Antes de agacharse para
trabar las piernas de Geraldine con sus propios pies inspiró profundamente. Geraldine,
ignorante de lo que iba a suceder, hizo un pequeño movimiento, articulando sus
miembros como una marioneta.
Demetrio advirtió como su acompañante se arrodillaba y desaparecía de
la butaca. Geraldine notó de pronto la presión de una correa alrededor de su
cuello. Abrió los ojos e intentó gritar; la correa la apretó y le tiró la
cabeza hacia atrás, de forma tal que la dejó mirando la inmensa bóveda de la
sala. Sintió un inmenso dolor; sus pulmones le imploraban aire fresco y
experimentó un cosquilleo en la columna. Comprendió que su vida se le iba, que
quizás le quedaba un minuto o menos, sin entender por qué, y trató de hacer
algo, de patalear, de llamar la atención de los demás espectadores, pero otros
pies le trababan los suyos. Su vista se nubló. Un fuego intenso le fue subiendo
al corazón y el dolor de la muerte -más que de la muerte, de la conciencia del
último suspiro- le llegó con el postrer gemido, que fue apagado por el
chicharreo de los parlantes. Demetrio experimentó el espasmo mientras el
gastado celuloide se retorcía dentro de la máquina, como un escorpión dentro
del fogón de una locomotora. Un brusco ardor en la espalda derritió espantosamente
el celuloide con su figura en la pantalla, trocándola en una especie de ameba
gigante, líquida y verdosa, que luego de estallar se redujo a una columna de
humo enrarecido.
El operador encendió las gastadas ampolletas mientras algunos espectadores
hacían sentir su contrariedad por el corte, con silbidos en sordina o
golpecitos en la alfombra que cubría el piso. Alarmado, Armando tuvo apenas dos
segundos para comprobar que Geraldine estaba muerta. Se echó la correa al
bolsillo y abandonó el cine tapándose el rostro y reclamando entre dientes
contra la calidad de la película.
Al cruzar la calle en dirección al parque suspiró de
satisfacción. Por fin se la había sacado de encima. Cuando miró por última vez
hacia atrás y vio el cine con el afiche de ese pobre gusano vestido de mujer le
dieron ganas de celebrar. Buscó un teléfono en su agenda, mientras se
preguntaba si tal vez no sería mejor suspender, por un tiempo, el arte de
seducir a mujeres casadas.
Entonces se acordó de la foto.
Aterrado, volvió sus pasos a la sala, pero ya era tarde. Tres
personas rodeaban a Geraldine, desplomada en una butaca, y alguien llamaba a la
policía.
sábado, abril 21, 2007
Orden del día
Orden del día:
Los empleados trabajarán seriamente
Sin horario
El sindicato ha pasado de moda
Marx ha pasado de moda
Mao ha pasado de moda
Pinochet ha pasado de moda
Hoy los que están de moda son Bernardo O'Higgins y Arturo Prat
Les recordamos una vez más que el perfeccionismo es la norma
El silencio es nuestro norte
No es que estén siendo obligados a callar, pero el silencio es recomendable
Pues tiene grandes ventajas para la productividad
La gente se concentra mejor
Nada de hueveo
El hueveo es improductivo
El hueveo es lúdico
El hueveo es sinónimo de empresa rasca
El único hueveo es nuestro producto
Porque está demostrado científicamente
Que a la gente le gusta el hueveo
Pues entonces démosle a la gente lo que pide
Pero hagámoslo con la seriedad de país desarrollado anglosajón
Más instrucciones:
Si se es ignorante, ocultarlo
La corbata, obsoleta
El empleado ejemplar ya no usa corbata
Ahora chupa el pico
Manual de instrucciones para chupar bien el pico
1.- Succionar como bebé
2.- Usar servilleta por si las moscas
3.- Ser "aspiracional"
4.- Saber inglés
4a.- Escrito
4b.- Hablado
4c.- Bien pronunciado
5.- Demostrar que el trabajo está antes que todo
6.- No exigir nada
7.- Decir siempre sí señor sí señor como no señor
Pero los chupadores de pico en qué se les nota dos puntos
1.- Se juntan a tomar cerveza los viernes hasta quedar curados como ranas
2.- Consumen cocaína en las fiestas
3.- No tienen otra meta que irse donde les paguen más
4.- Si son casados se separan a la primera
5.- Se las dan de gays de vez en cuando, total ahora no es ilegal
Y como además ya son chupadores de pico
Les viene de perilla
Chúpate esa
(Firma)
El gerente
Los empleados trabajarán seriamente
Sin horario
El sindicato ha pasado de moda
Marx ha pasado de moda
Mao ha pasado de moda
Pinochet ha pasado de moda
Hoy los que están de moda son Bernardo O'Higgins y Arturo Prat
Les recordamos una vez más que el perfeccionismo es la norma
El silencio es nuestro norte
No es que estén siendo obligados a callar, pero el silencio es recomendable
Pues tiene grandes ventajas para la productividad
La gente se concentra mejor
Nada de hueveo
El hueveo es improductivo
El hueveo es lúdico
El hueveo es sinónimo de empresa rasca
El único hueveo es nuestro producto
Porque está demostrado científicamente
Que a la gente le gusta el hueveo
Pues entonces démosle a la gente lo que pide
Pero hagámoslo con la seriedad de país desarrollado anglosajón
Más instrucciones:
Si se es ignorante, ocultarlo
La corbata, obsoleta
El empleado ejemplar ya no usa corbata
Ahora chupa el pico
Manual de instrucciones para chupar bien el pico
1.- Succionar como bebé
2.- Usar servilleta por si las moscas
3.- Ser "aspiracional"
4.- Saber inglés
4a.- Escrito
4b.- Hablado
4c.- Bien pronunciado
5.- Demostrar que el trabajo está antes que todo
6.- No exigir nada
7.- Decir siempre sí señor sí señor como no señor
Pero los chupadores de pico en qué se les nota dos puntos
1.- Se juntan a tomar cerveza los viernes hasta quedar curados como ranas
2.- Consumen cocaína en las fiestas
3.- No tienen otra meta que irse donde les paguen más
4.- Si son casados se separan a la primera
5.- Se las dan de gays de vez en cuando, total ahora no es ilegal
Y como además ya son chupadores de pico
Les viene de perilla
Chúpate esa
(Firma)
El gerente
miércoles, abril 18, 2007
El viejo y la lupa
Una a una saltaban las palabras desde el libro hasta sus ojos. Eran pequeñas pero al despegarse de la hoja que hasta ese minuto las había aprisionado en su cárcel de paredes de cuero se iban haciendo ridículamente grandes, al acercarse a la lupa gigante que las apuntaba medio a medio. Habían sido impresas allí para fugarse. Todo el mundo lo sabía pero nadie hacía nada por evitarlo. Y era porque cientos de años atrás se había descubierto que las palabras poseían la rara capacidad del desdoblamiento, prodigio hasta ese entonces exclusivo de magos y santos. No bien traspasaban el cristal de aumento iban volviendo a su tamaño natural hasta que se metían en los ojos de su dueño. Antes de iniciar el vertiginoso recorrido por el nervio óptico, un río blancuzco lleno de rápidos que desembocaba en un dos por tres en un océano espeso, las palabras vieron por última vez el rostro de su nuevo rey: era un viejecillo mal afeitado de chaleco de lana verde que, como ya lo habíamos adelantado, precisaba de una lupa para poder leer, tan débil era ya su visión.
Una vez que entraron al mencionado océano las palabras se revolvieron como en una sopa de letras. Por momentos la confusión era tal en esas aguas grises que la escena se parecía a la de un naufragio: unas, por afirmarse, hundían a otras. Algunas desaparecían bajo el líquido, donde eran devoradas al instante por criaturas de aletas cortas, y las menos flotaban asidas a impulsos eléctricos que las mantenían con vida y las llevaban a tierra firme. A una isla, en realidad. O sea, tierra no tan firme. Eran éstas las que momentos después aumentaban los latidos del corazón del anciano o le provocaban un largo bostezo. Tenían ese poder. Pero eran las menos, como ya se ha dicho. Las otras, las que no habían sido devoradas, habían caído a una fosa abisal de insólita profundidad. Milagrosamente, una que otra emergía de vez en cuando, miraba a su alrededor para ver si se las podía arreglar por sí sola en ese entorno y volvía a hundirse. Alguna realmente heroica de pronto salía a flote, braceaba con todas sus fuerzas y se unía a las hermanas que la esperaban en la isla desierta. Desde allí las iban a buscar unos pájaros que volaban por cielos de sangre y las transportaban hacia el corazón, un órgano gastado, tal como los ojos del anciano, pero que todavía se las ingeniaba para latir un poco más que de costumbre cuando las visitas llegaban a verlo. Las menos afortunadas eran llevadas por otras aves, unos pájaros enormes que parecían naves galácticas, hacia la boca del vejete. Allí eran arrojadas de nuevo a las páginas del libro a través del ya descrito bostezo. Aterrizaban impregnadas de un hálito fétido, ya que el anciano no tenía entre sus costumbres la de lavarse los dientes por las mañanas, sino únicamente antes de acostarse.
Pero la mayoría de las palabras que aguardaban en la isla se quedaban allí para siempre. Se las llamaba las nunca bien ponderadas. Iban rotando, esperando eternamente un destino que nunca las señalaba con su dedo. Se disolvían entre las palmeras, en la orilla de la playa, mirando al cielo, haciendo señas a los pájaros que sobrevolaban también eternamente el lugar, lugar infecto que dentro de todo era lo más bello a lo que se podía aspirar allá adentro.
Una vez que entraron al mencionado océano las palabras se revolvieron como en una sopa de letras. Por momentos la confusión era tal en esas aguas grises que la escena se parecía a la de un naufragio: unas, por afirmarse, hundían a otras. Algunas desaparecían bajo el líquido, donde eran devoradas al instante por criaturas de aletas cortas, y las menos flotaban asidas a impulsos eléctricos que las mantenían con vida y las llevaban a tierra firme. A una isla, en realidad. O sea, tierra no tan firme. Eran éstas las que momentos después aumentaban los latidos del corazón del anciano o le provocaban un largo bostezo. Tenían ese poder. Pero eran las menos, como ya se ha dicho. Las otras, las que no habían sido devoradas, habían caído a una fosa abisal de insólita profundidad. Milagrosamente, una que otra emergía de vez en cuando, miraba a su alrededor para ver si se las podía arreglar por sí sola en ese entorno y volvía a hundirse. Alguna realmente heroica de pronto salía a flote, braceaba con todas sus fuerzas y se unía a las hermanas que la esperaban en la isla desierta. Desde allí las iban a buscar unos pájaros que volaban por cielos de sangre y las transportaban hacia el corazón, un órgano gastado, tal como los ojos del anciano, pero que todavía se las ingeniaba para latir un poco más que de costumbre cuando las visitas llegaban a verlo. Las menos afortunadas eran llevadas por otras aves, unos pájaros enormes que parecían naves galácticas, hacia la boca del vejete. Allí eran arrojadas de nuevo a las páginas del libro a través del ya descrito bostezo. Aterrizaban impregnadas de un hálito fétido, ya que el anciano no tenía entre sus costumbres la de lavarse los dientes por las mañanas, sino únicamente antes de acostarse.
Pero la mayoría de las palabras que aguardaban en la isla se quedaban allí para siempre. Se las llamaba las nunca bien ponderadas. Iban rotando, esperando eternamente un destino que nunca las señalaba con su dedo. Se disolvían entre las palmeras, en la orilla de la playa, mirando al cielo, haciendo señas a los pájaros que sobrevolaban también eternamente el lugar, lugar infecto que dentro de todo era lo más bello a lo que se podía aspirar allá adentro.
martes, abril 17, 2007
Dientes perfectos
El dentista, perplejo ante el tipo de paciente que le pedía atención, llamó aparte a la hija de éste y le habló en voz baja, mientras el anciano permanecía reclinado en la silla, con una servilleta de papel bajo la barbilla. La mujer le respondió que se trataba de la voluntad de su padre, voluntad que siempre se había cumplido. Le agregó que ésta no sería la excepción. El dentista le explicó que al paciente bastaba verle la cara para darse cuenta de que era un hombre desahuciado por la medicina, al que a todo reventar le quedarían dos meses de vida, lo que tendió a enfurecer a la hija, quien le contestó que ella sabía eso mejor que él, precisamente por ser quien era. Entonces el dentista, en aras de la ética, le preguntó a la hija por qué el padre quería gastar plata de más arreglándose la dentadura, la que de paso no exhibía caries sino, cuando mucho, tapaduras gastadas o antiestéticas. Acto seguido le suplicó que lo convenciera para desistir en el proyecto. La hija entonces le respondió lo que sigue:
"Doctor -le dijo-, mi padre quiere renovarse totalmente la dentadura. Si no me ha entendido le cuento que quiere hacerse los dientes de nuevo, blancos, perfectos, como los de las modelos. Mi padre me lo dijo hace unos días. Mi padre me dijo: Mira hija, quiero pasar a la otra vida como la gente. Pero papá, le dije yo, qué cosas dice usted, si no se va a morir, si ya se está mejorando. Él me dijo, me dijo, cómo me dijo, ah ya, me dijo no es necesario que digas esas cosas, mi niña, porque sabes de sobra que yo no soy huevón. Si sé, papá, le dije yo, pero no le estoy mintiendo, porque se está mejorando de verdad. Doctor, cuando le dije eso yo creía que se estaba mejorando y fue él quién me sacó del error, se lo cuento para que vea lo lúcido que está. Pero sigo. Entonces le pregunté qué quería decir con eso de pasar para la otra vida como la gente. Mi papá me miró a los ojos; estaba recostado en la cama y se apoyó en el almohadón, me pidió que le convidara un poco de jugo de naranja y me dijo: Hija, una cosa es morirse y otra muy distinta es rendirle cuentas a Dios mal presentado. Yo quiero estar bien presentado y no me refiero con eso a la ropa, porque la ropa ni las joyas se van al cielo. Lo único que se va al cielo es uno mismo, y para que lo vayas sabiendo desde ya, uno mismo no es el alma, como podrías imaginarte, porque nunca nadie ha demostrado la existencia del alma, de modo que basta de tonterías, uno mismo es uno tal cual es. O sea, yo soy el que ves. Y quiero que Dios vea, cuando me vea de frente, a un ser bien presentado. Perdóneme papá, le dije yo, pero si yo quisiera ser cruel le diría que usted no está tan bien presentado, porque está harto amarillo y flaco. Te equivocas, hijita, me respondió, porque esas cosas no tienen que ver con si uno está bien o mal presentado, sino con la naturaleza del momento actual, que sólo representa lo que soy, no lo que he sido ni lo que seré, de modo que ese alcance, a los ojos de Dios misericordioso y eterno, es pueril. Perdóneme papá, le dije yo, pero no sé de qué diablos está hablando. Hija mía, me respondió, en buen castellano lo que te quiero decir es que a los ojos de Dios quiero llegar con los dientes perfectos".
El dentista no se dio por derrotado y entró a la sala con el ánimo de convencer al paciente de que no se le fuera a ocurrir seguir adelante con esa burrada. Antes le pidió para callado a la secretaria que le recordara el nombre del anciano. Entonces le habló fuerte y claro, como hablan los dentistas.
-¿Así que andamos mañositos? Pero mañas conmigo no, Don Alberto. A ver, abra la boca.
El anciano no le respondió. Seguía recostado en la silla.
El dentista se sobresaltó:
-Pero si este hombre está muerto -exclamó.
La secretaria dio un gritito y se acercó a mirarlo. No me di cuenta, doctor, le juro que no me había dado cuenta, se disculpaba. La hija también se acercó y le cerró los párpados, diciendo papá, papá, papá, tres veces. El dentista dijo lo siento, señora, pero por dentro estaba súper complicado, pues no sabía qué hacer con el cadáver. Ahora lo llevamos a la casa y yo mismo me consigo el certificado de defunción, no se preocupe, yo me encargo, pero llevémoslo altirito, ordenó. Entonces la hija, que venía preparada, sacó del bolso un revólver calibre 38 corto modelo Olympic y apuntó al pecho del profesional.
-Mi papá se va de aquí con los dientes perfectos.
Cuento corto, como dicen algunos que no saben cómo contar un cuento y creen que acortándolo lo harán más interesante: el dentista suspendió todas las horas de ese día y trabajó exclusivamente dentro de la boca del anciano. Primero le tomó muestras de todas sus piezas, luego se las extrajo una por una, enseguida mandó en taxi a su secretaria al laboratorio para que fabricaran los dientes en un plazo record, con pingües incentivos económicos de por medio, y tras una espera de unas cuatro a cinco horas, que fue matizada por una conversación sobre los problemas del Transantiago y los líos que provocan los hijos malcriados cuando hacen la cimarra, fijó las flamantes piezas en el hueso muerto del paciente. A esas alturas se habían olvidado por completo del arma, tanto la que apuntaba como el apuntado. El corazón del dentista no le cabía en la caja torácica. Henchido de satisfacción, le abrió la boca al viejo y se la mostró a su hija, como si descorriera un telón:
-¡Mírelo al pobrecito, ahora sí que se va derechito al cielo!... ¡derechito al cielo!... ¡qué macanudo!, no se cansaba de repetir. La hija respondía, emocionada, se cumplió su voluntad, gracias doctor, se cumplió su voluntad.
Pero estaría faltando el final, o sea, cómo trasladaron al muerto a su casa. Eso quedará para otro día, mas desde ya se puede adelantar que fue llevado en taxi y que al chofer le hicieron creer que Don Alberto estaba malito.
"Doctor -le dijo-, mi padre quiere renovarse totalmente la dentadura. Si no me ha entendido le cuento que quiere hacerse los dientes de nuevo, blancos, perfectos, como los de las modelos. Mi padre me lo dijo hace unos días. Mi padre me dijo: Mira hija, quiero pasar a la otra vida como la gente. Pero papá, le dije yo, qué cosas dice usted, si no se va a morir, si ya se está mejorando. Él me dijo, me dijo, cómo me dijo, ah ya, me dijo no es necesario que digas esas cosas, mi niña, porque sabes de sobra que yo no soy huevón. Si sé, papá, le dije yo, pero no le estoy mintiendo, porque se está mejorando de verdad. Doctor, cuando le dije eso yo creía que se estaba mejorando y fue él quién me sacó del error, se lo cuento para que vea lo lúcido que está. Pero sigo. Entonces le pregunté qué quería decir con eso de pasar para la otra vida como la gente. Mi papá me miró a los ojos; estaba recostado en la cama y se apoyó en el almohadón, me pidió que le convidara un poco de jugo de naranja y me dijo: Hija, una cosa es morirse y otra muy distinta es rendirle cuentas a Dios mal presentado. Yo quiero estar bien presentado y no me refiero con eso a la ropa, porque la ropa ni las joyas se van al cielo. Lo único que se va al cielo es uno mismo, y para que lo vayas sabiendo desde ya, uno mismo no es el alma, como podrías imaginarte, porque nunca nadie ha demostrado la existencia del alma, de modo que basta de tonterías, uno mismo es uno tal cual es. O sea, yo soy el que ves. Y quiero que Dios vea, cuando me vea de frente, a un ser bien presentado. Perdóneme papá, le dije yo, pero si yo quisiera ser cruel le diría que usted no está tan bien presentado, porque está harto amarillo y flaco. Te equivocas, hijita, me respondió, porque esas cosas no tienen que ver con si uno está bien o mal presentado, sino con la naturaleza del momento actual, que sólo representa lo que soy, no lo que he sido ni lo que seré, de modo que ese alcance, a los ojos de Dios misericordioso y eterno, es pueril. Perdóneme papá, le dije yo, pero no sé de qué diablos está hablando. Hija mía, me respondió, en buen castellano lo que te quiero decir es que a los ojos de Dios quiero llegar con los dientes perfectos".
El dentista no se dio por derrotado y entró a la sala con el ánimo de convencer al paciente de que no se le fuera a ocurrir seguir adelante con esa burrada. Antes le pidió para callado a la secretaria que le recordara el nombre del anciano. Entonces le habló fuerte y claro, como hablan los dentistas.
-¿Así que andamos mañositos? Pero mañas conmigo no, Don Alberto. A ver, abra la boca.
El anciano no le respondió. Seguía recostado en la silla.
El dentista se sobresaltó:
-Pero si este hombre está muerto -exclamó.
La secretaria dio un gritito y se acercó a mirarlo. No me di cuenta, doctor, le juro que no me había dado cuenta, se disculpaba. La hija también se acercó y le cerró los párpados, diciendo papá, papá, papá, tres veces. El dentista dijo lo siento, señora, pero por dentro estaba súper complicado, pues no sabía qué hacer con el cadáver. Ahora lo llevamos a la casa y yo mismo me consigo el certificado de defunción, no se preocupe, yo me encargo, pero llevémoslo altirito, ordenó. Entonces la hija, que venía preparada, sacó del bolso un revólver calibre 38 corto modelo Olympic y apuntó al pecho del profesional.
-Mi papá se va de aquí con los dientes perfectos.
Cuento corto, como dicen algunos que no saben cómo contar un cuento y creen que acortándolo lo harán más interesante: el dentista suspendió todas las horas de ese día y trabajó exclusivamente dentro de la boca del anciano. Primero le tomó muestras de todas sus piezas, luego se las extrajo una por una, enseguida mandó en taxi a su secretaria al laboratorio para que fabricaran los dientes en un plazo record, con pingües incentivos económicos de por medio, y tras una espera de unas cuatro a cinco horas, que fue matizada por una conversación sobre los problemas del Transantiago y los líos que provocan los hijos malcriados cuando hacen la cimarra, fijó las flamantes piezas en el hueso muerto del paciente. A esas alturas se habían olvidado por completo del arma, tanto la que apuntaba como el apuntado. El corazón del dentista no le cabía en la caja torácica. Henchido de satisfacción, le abrió la boca al viejo y se la mostró a su hija, como si descorriera un telón:
-¡Mírelo al pobrecito, ahora sí que se va derechito al cielo!... ¡derechito al cielo!... ¡qué macanudo!, no se cansaba de repetir. La hija respondía, emocionada, se cumplió su voluntad, gracias doctor, se cumplió su voluntad.
Pero estaría faltando el final, o sea, cómo trasladaron al muerto a su casa. Eso quedará para otro día, mas desde ya se puede adelantar que fue llevado en taxi y que al chofer le hicieron creer que Don Alberto estaba malito.
viernes, abril 13, 2007
Los peces saltaban, hambrientos
Dejó la Quimera, tomó el bote y se internó en el lago. El día era gris, el agua era gris, las nubes grises se habían adueñado del cielo y hasta la brisa golpeaba su rostro con grises gotitas de rocío. Remó lentamente, el lago le oponía nula resistencia; no se veían olas, era una taza de arena líquida. En otras circunstancias pudo ser una mañana alegre, pero tal como se daban las cosas en la cabeza del hombre que remaba era una mañana triste. Vivía hace un tiempo en una casa a orillas del lago, a la que llamaba La quimera. Al comprarla pensó que la casa le daría lo que hasta ese momento la vida no le había dado: alegría. Soñó durante años con los leños crepitando en la chimenea en un día de lluvia, mientras él bebía un sorbo de coñac, leía a González Vera y escuchaba los cuartetos de cuerdas de Shostakovitch. El piso reluciente de la casa contrastaría con la inclemencia del tiempo y eso le proporcionaría una mayor sensación de bienestar. Ahora que tenía todo eso, algo lo impulsaba a salir del nido seguro y buscar en un bote a remos la alegría que le era tan esquiva. En un momento pensó que lo único realmente gris del mundo estaba dentro de su mente, en algún recoveco enfermo de pena. Ese recoveco se le imaginaba un espacio redondo y ahuecado dentro del cual había caído por casualidad un niño indefenso. Era un niño de unos tres a cuatro años y nadie parecía querer ayudarlo. El hoyo del pozo era demasiado profundo y la gente que transitaba por encima no se daba cuenta de que abajo había un niño, un niño tan asustado que no le salía la voz para pedir auxilio.
El niño miraba hacia el cielo. Vestía pantalones cortos de color azul, sandalias. Arriba se veía blanco, pero era una falsa impresión debida a la oscuridad del pozo. En realidad el cielo lucía un color patológicamente gris; las nubes se arremolinaban en torno al pozo y formaban una especie de brillo lechoso. Poco más allá el azul resplandecía con los rayos del sol, pero el niño estaba materialmente impedido de ver esa otra realidad.
No podía pasarse toda la vida allá adentro, pero tampoco saldría por sí solo, le iba quedando claro. Necesitaba que alguien lo sacara. ¿Quién podría hacerlo? Cualquiera no: sus amigos carecían de la fuerza suficiente para descender y rescatarlo, o para lanzarle una cuerda y ayudarlo a subir. Su padre resolvía en ese momento unos asuntos urgentes en la grúa del taller de reparaciones. Sólo su madre estaba en condiciones de hacerlo, ¡ay, si supiera dónde estaba! ¡ay, mamá, si supieras donde estoy! ¡ay si me vieras! ¡ay de tus brazos y las lindas palabras que brotan de tus labios!, se me quitaría el miedo y el pozo hasta me parecería hermoso con sus viejas piedras formando un cilindro mohoso que huele a campos del sur.
Pero su madre no estaba. Había muerto varios años atrás, en medio de atroces dolores. Sus últimas palabras le habían sido dedicadas a él, al niño, pero dentro del delirio él no era su hijo sino su papá, que había retornado del valle de los muertos gracias al influjo de la morfina.
Los peces saltaban, hambrientos. No podía ser que la vida se explicara solamente por la ausencia de la madre. Tenía que haber otra salida, no podía continuar dependiendo de la opinión que las madres sustitutas tuvieran de él, del cariño que le dieran o del que le negaran. Él era ya un hombre hecho y derecho, entrado en el ocaso, que había dado lo mejor de sí al mundo y que esperaba una retribución que no fuese tan penosa; le sofocaba el excesivo abrigo para una mañana sin sol pero tibia, daba vueltas alrededor del pozo y miraba, lo estudiaba todo a su alrededor pero lo único que concluía era que sentía una pena abstracta, fría. Hubiese querido ser entonces un científico para haberse apasionado con el musgo de las piedras. Era una interesante materia de estudio. Mas estaba encandilado por ese vago sentimiento de dolor y comprendió que toda la vida permanecería atado a él.
Cuando volvió a la casa lo recibió su mujer.
-¿Pescaste algo, amor? -le preguntó.
-Sí -dijo él, y le pasó dos truchas de mediano tamaño. No pudo dejar de pensar, al entregárselas, que el pecado que les costó la vida a los peces había sido reclamar con ansiedad y majadería el alimento que necesitaban para vivir. Habían saltado demasiado ante su anzuelo. Mejor se hubiesen quedado en las profundidades de un pozo. No se habrían satisfecho, pero habrían vivido.
Antes de correr a la cocina a prepararlas a la mantequilla su mujer descorchó una botella de vino blanco y la puso en la mesa de centro junto a dos copas y una tabla de quesos. El hombre se lavaba las manos.
El niño miraba hacia el cielo. Vestía pantalones cortos de color azul, sandalias. Arriba se veía blanco, pero era una falsa impresión debida a la oscuridad del pozo. En realidad el cielo lucía un color patológicamente gris; las nubes se arremolinaban en torno al pozo y formaban una especie de brillo lechoso. Poco más allá el azul resplandecía con los rayos del sol, pero el niño estaba materialmente impedido de ver esa otra realidad.
No podía pasarse toda la vida allá adentro, pero tampoco saldría por sí solo, le iba quedando claro. Necesitaba que alguien lo sacara. ¿Quién podría hacerlo? Cualquiera no: sus amigos carecían de la fuerza suficiente para descender y rescatarlo, o para lanzarle una cuerda y ayudarlo a subir. Su padre resolvía en ese momento unos asuntos urgentes en la grúa del taller de reparaciones. Sólo su madre estaba en condiciones de hacerlo, ¡ay, si supiera dónde estaba! ¡ay, mamá, si supieras donde estoy! ¡ay si me vieras! ¡ay de tus brazos y las lindas palabras que brotan de tus labios!, se me quitaría el miedo y el pozo hasta me parecería hermoso con sus viejas piedras formando un cilindro mohoso que huele a campos del sur.
Pero su madre no estaba. Había muerto varios años atrás, en medio de atroces dolores. Sus últimas palabras le habían sido dedicadas a él, al niño, pero dentro del delirio él no era su hijo sino su papá, que había retornado del valle de los muertos gracias al influjo de la morfina.
Los peces saltaban, hambrientos. No podía ser que la vida se explicara solamente por la ausencia de la madre. Tenía que haber otra salida, no podía continuar dependiendo de la opinión que las madres sustitutas tuvieran de él, del cariño que le dieran o del que le negaran. Él era ya un hombre hecho y derecho, entrado en el ocaso, que había dado lo mejor de sí al mundo y que esperaba una retribución que no fuese tan penosa; le sofocaba el excesivo abrigo para una mañana sin sol pero tibia, daba vueltas alrededor del pozo y miraba, lo estudiaba todo a su alrededor pero lo único que concluía era que sentía una pena abstracta, fría. Hubiese querido ser entonces un científico para haberse apasionado con el musgo de las piedras. Era una interesante materia de estudio. Mas estaba encandilado por ese vago sentimiento de dolor y comprendió que toda la vida permanecería atado a él.
Cuando volvió a la casa lo recibió su mujer.
-¿Pescaste algo, amor? -le preguntó.
-Sí -dijo él, y le pasó dos truchas de mediano tamaño. No pudo dejar de pensar, al entregárselas, que el pecado que les costó la vida a los peces había sido reclamar con ansiedad y majadería el alimento que necesitaban para vivir. Habían saltado demasiado ante su anzuelo. Mejor se hubiesen quedado en las profundidades de un pozo. No se habrían satisfecho, pero habrían vivido.
Antes de correr a la cocina a prepararlas a la mantequilla su mujer descorchó una botella de vino blanco y la puso en la mesa de centro junto a dos copas y una tabla de quesos. El hombre se lavaba las manos.
jueves, abril 12, 2007
Lección de música. Primera versión
Un impulso venenoso me llevó a recoger, hace unos días, un manojo de pulcros papeles esparcidos debajo de las graderías del estadio Santa Laura. Las blancas hojas manuscritas provocaron la siguiente asociación maléfica en mi pensamiento: Se sentó y se le cayó. Documento importante. Leerlo. Todos ansiamos ser poseedores de los secretos de los demás, incluso a riesgo de transgredir la norma. Recogí las páginas y me dispuse a examinarlas. Nadie reparó en mí, me fijé en eso. Los espectadores estaban ocupados en pelearse los sánguches de potito y las cervezas, o en hacer colas para entrar a las casitas, aprovechando el entretiempo.
Esto fue lo que encontré:
"¿Es mejor la obertura de La urraca ladrona que el aria de la Suite para trompeta y orquesta? Hoy, gran foro gran en el gimnasio del Cuerpo de Bomberos.
El aviso, visto a la rápida, me hizo devolver los pasos hasta la esquina y leer de nuevo el cartel adherido al poste de alumbrado. Estaba, indudablemente, en un pueblo extraño, hacia el que horas antes me había desviado para capturar nuevas víctimas de la sociedad contemporánea o, en otras palabras, nuevos clientes para la compañía de seguros a la que represento.
La escondida localidad de F... está ubicada al norponiente de San Francisco de Mostazal. Ocho kilómetros antes de llegar -sólo ahora lo sé- el camino de tierra se estrecha hasta convertirse en un sendero, el cual termina, para los vehículos a motor, con un tronco de sauce atravesado. Allí se han instalado los aprovechadores de siempre, que arriendan caballos a precios exorbitantes.
Así pues, cuando digo que devolví los pasos para ver el letrero, me refiero a los pasos del equino. Y cuando aludo al Cuerpo de Bomberos, hablo de esos viejos románticos que apagaban el fuego en carretas. Así de raro era el pueblo.
El aviso no mentía. Bach versus Rossini, y el foro estaba a punto de empezar.
Un grupo de locos encabritó al caballo y me lanzó al suelo. Eran unos 150 sujetos, casi todos barbudos y de mameluco (me refiero a los hombres), que coparon la calle con antorchas en sus manos. Pasaron sobre mí gritando ¡Se siente, se siente, Bach es Presidente! y entraron al gimnasio.
Del otro lado de la vía surgió la contraparte. Eran casi los mismos en cantidad y pegaban a su paso carteles de Rossini sobre las murallas de adobe. Entraron murmurando en coro el nombre del músico con un ritmo que me sobrecogió. Susurraban: Rooooo-¡ssi-ni!... Rooooo-¡ssi-ni!
De más está decir que al momento me colé al salón para tratar de entender lo que estaba pasando.
Adentro se respiraba un oxígeno turbio. Las discusiones hacían vibrar el aire y las venas se hinchaban en los rostros enrojecidos. Parecía que de un momento a otro ambos bandos se iban a enfrentar a garrotazos. El anciano sentado en la testera hizo sonar un martillo tan bruscamente que por efecto mágico el salón quedó vacío.
-¡Silencio, que se presenten los temas! -exclamó.
Un individuo flaco y pálido, con sombrerito negro y camiseta de manga larga apareció por detrás del escenario con dos discos bajo el brazo. Colocó uno e hizo escuchar a la audiencia el aria de la Suite para trompeta y orquesta, de Bach. El chicharreo del disco y la excesiva lentitud de la versión fueron aprovechados por los rivales para pifiar al viejo maestro de Eisenach y entonar algunas consignas proclives al italiano. El anciano martilló la mesa y ordenó repetir el proceso.
El segundo disco, que contenía la obertura de Rossini, fue seguido -más que con veneración- con entusiasmo. El redoble inicial (¡para qué negarlo!) había impresionado hasta a los detractores. Yo pensaba en la locura colectiva de un pueblo que se reunía a escuchar música en una sala.
Un borracho interrumpió al moderador del martillo al lanzar tres hurras por Bruegel el Viejo.
-¡Cállate imbécil! -le respondió el martillero- Eso fue la semana pasada.
Otros que le acompañaban en su farra gritaron por Calder, Rauschenberg y Warhol, lo que obligó a un nuevo martillazo.
El foro fue lo más extraño que haya visto jamás. Uno a uno se sucedieron en la mesa los defensores de los músicos. Subieron maestras, campesinos, plomeros, dueñas de casa, más de un niño y varios jóvenes, un ingeniero, una monja, el presidente de la asociación de comercio y por supuesto el jefe del cuartel de Bomberos, quien defendió a Bach, lo que provocó un indignado reclamo por faltas a la ética y a la imparcialidad.
-Aquí está lo más representativo del pueblo -le acoté a mi vecino de ubicación, un campesino de ojotas.
-¡Aquí está todo el pueblo! -me replicó, extrañado.
Cometí el error de seguir la conversación y le dije: Qué aleccionador es el ejemplo que dan ustedes, discutiendo sobre música y arte en un mundo entregado a la política. Al momento el campesino escondió la cabeza entre los hombros y me miró hacia arriba con una expresión, sino de pánico, por lo menos de visible alteración. De inmediato subió al escenario y le habló al oído al moderador. Éste a su vez llamó con el dedo a dos hombrecitos que estaban tras los lienzos de Rossini y Bach y éstos vinieron hacia mí y me llevaron al entarimado, mirándome como el pueblo miró a Rip Van Winkle a su regreso de las montañas.
-¿Se puede saber quién es usted, jovencito? -me preguntó el hombre del martillo-. Hable pronto o lo llevaremos al manicomio.
-Soy vendedor de seguros -dije, asustado.
-¡Ah, seguros!, seguros... ¿y qué es eso?
Le expliqué.
-¡Más fuerte, jovencito, no se oye!
Le volví a explicar para que todos escucharan y la carcajada fue general. Herido en mi amor propio le hice ver al pueblo la conveniencia de esta acción y le di ejemplos, decenas de ejemplos. Un carpintero levantó la voz y me pidió asegurar una vieja carta de su amada. Una mujer quiso asegurar los primeros pasos de su bebé y un labrador me exigió salvar el rocío primaveral en las flores del damasco.
-L-lo siento... no puedo -intenté responder.
-¡Pronúnciese entonces sobre la discusión que nos ha reunido esta noche! -me dijo el moderador, y sus palabras me sonaron a ultimátum.
-N-no he escuchado mu-música, no, no he... tenido... tiemp-po.
-¡Ohhh! -murmuró la muchedumbre.
Percibí un tenebroso manto que se me abalanzaba por detrás. Eran los dos hombrecitos, que corrían con una camisa de fuerza abierta. Con la rapidez y agilidad que sólo brindan la desesperación y la cobardía salté a una viga y me deslicé por el entretecho, para caer sobre un montón de heno.
Corrí durante horas por el polvo y la hierba humedecida, hasta que dejé de sentir el resoplido de las luces de linternas y el aullido de los perros".
Hasta aquí el relato. ¿Es digno de crédito? No sé, está correctamente escrito, hay una descripción racional y organizada de los hechos, pero de locos disfrazados está sobrepoblado el mundo. Hay utopistas también, reconozcámoslo. Pudiera ser entonces la aspiración de una forma de sociedad al estilo de la que algún día imaginó Akutagawa en su extraña obra Kappa. Tampoco me extrañaría que se tratase de la exasperación materializada de un aficionado al fútbol aburrido de tanto pase lateral.
Esto fue lo que encontré:
"¿Es mejor la obertura de La urraca ladrona que el aria de la Suite para trompeta y orquesta? Hoy, gran foro gran en el gimnasio del Cuerpo de Bomberos.
El aviso, visto a la rápida, me hizo devolver los pasos hasta la esquina y leer de nuevo el cartel adherido al poste de alumbrado. Estaba, indudablemente, en un pueblo extraño, hacia el que horas antes me había desviado para capturar nuevas víctimas de la sociedad contemporánea o, en otras palabras, nuevos clientes para la compañía de seguros a la que represento.
La escondida localidad de F... está ubicada al norponiente de San Francisco de Mostazal. Ocho kilómetros antes de llegar -sólo ahora lo sé- el camino de tierra se estrecha hasta convertirse en un sendero, el cual termina, para los vehículos a motor, con un tronco de sauce atravesado. Allí se han instalado los aprovechadores de siempre, que arriendan caballos a precios exorbitantes.
Así pues, cuando digo que devolví los pasos para ver el letrero, me refiero a los pasos del equino. Y cuando aludo al Cuerpo de Bomberos, hablo de esos viejos románticos que apagaban el fuego en carretas. Así de raro era el pueblo.
El aviso no mentía. Bach versus Rossini, y el foro estaba a punto de empezar.
Un grupo de locos encabritó al caballo y me lanzó al suelo. Eran unos 150 sujetos, casi todos barbudos y de mameluco (me refiero a los hombres), que coparon la calle con antorchas en sus manos. Pasaron sobre mí gritando ¡Se siente, se siente, Bach es Presidente! y entraron al gimnasio.
Del otro lado de la vía surgió la contraparte. Eran casi los mismos en cantidad y pegaban a su paso carteles de Rossini sobre las murallas de adobe. Entraron murmurando en coro el nombre del músico con un ritmo que me sobrecogió. Susurraban: Rooooo-¡ssi-ni!... Rooooo-¡ssi-ni!
De más está decir que al momento me colé al salón para tratar de entender lo que estaba pasando.
Adentro se respiraba un oxígeno turbio. Las discusiones hacían vibrar el aire y las venas se hinchaban en los rostros enrojecidos. Parecía que de un momento a otro ambos bandos se iban a enfrentar a garrotazos. El anciano sentado en la testera hizo sonar un martillo tan bruscamente que por efecto mágico el salón quedó vacío.
-¡Silencio, que se presenten los temas! -exclamó.
Un individuo flaco y pálido, con sombrerito negro y camiseta de manga larga apareció por detrás del escenario con dos discos bajo el brazo. Colocó uno e hizo escuchar a la audiencia el aria de la Suite para trompeta y orquesta, de Bach. El chicharreo del disco y la excesiva lentitud de la versión fueron aprovechados por los rivales para pifiar al viejo maestro de Eisenach y entonar algunas consignas proclives al italiano. El anciano martilló la mesa y ordenó repetir el proceso.
El segundo disco, que contenía la obertura de Rossini, fue seguido -más que con veneración- con entusiasmo. El redoble inicial (¡para qué negarlo!) había impresionado hasta a los detractores. Yo pensaba en la locura colectiva de un pueblo que se reunía a escuchar música en una sala.
Un borracho interrumpió al moderador del martillo al lanzar tres hurras por Bruegel el Viejo.
-¡Cállate imbécil! -le respondió el martillero- Eso fue la semana pasada.
Otros que le acompañaban en su farra gritaron por Calder, Rauschenberg y Warhol, lo que obligó a un nuevo martillazo.
El foro fue lo más extraño que haya visto jamás. Uno a uno se sucedieron en la mesa los defensores de los músicos. Subieron maestras, campesinos, plomeros, dueñas de casa, más de un niño y varios jóvenes, un ingeniero, una monja, el presidente de la asociación de comercio y por supuesto el jefe del cuartel de Bomberos, quien defendió a Bach, lo que provocó un indignado reclamo por faltas a la ética y a la imparcialidad.
-Aquí está lo más representativo del pueblo -le acoté a mi vecino de ubicación, un campesino de ojotas.
-¡Aquí está todo el pueblo! -me replicó, extrañado.
Cometí el error de seguir la conversación y le dije: Qué aleccionador es el ejemplo que dan ustedes, discutiendo sobre música y arte en un mundo entregado a la política. Al momento el campesino escondió la cabeza entre los hombros y me miró hacia arriba con una expresión, sino de pánico, por lo menos de visible alteración. De inmediato subió al escenario y le habló al oído al moderador. Éste a su vez llamó con el dedo a dos hombrecitos que estaban tras los lienzos de Rossini y Bach y éstos vinieron hacia mí y me llevaron al entarimado, mirándome como el pueblo miró a Rip Van Winkle a su regreso de las montañas.
-¿Se puede saber quién es usted, jovencito? -me preguntó el hombre del martillo-. Hable pronto o lo llevaremos al manicomio.
-Soy vendedor de seguros -dije, asustado.
-¡Ah, seguros!, seguros... ¿y qué es eso?
Le expliqué.
-¡Más fuerte, jovencito, no se oye!
Le volví a explicar para que todos escucharan y la carcajada fue general. Herido en mi amor propio le hice ver al pueblo la conveniencia de esta acción y le di ejemplos, decenas de ejemplos. Un carpintero levantó la voz y me pidió asegurar una vieja carta de su amada. Una mujer quiso asegurar los primeros pasos de su bebé y un labrador me exigió salvar el rocío primaveral en las flores del damasco.
-L-lo siento... no puedo -intenté responder.
-¡Pronúnciese entonces sobre la discusión que nos ha reunido esta noche! -me dijo el moderador, y sus palabras me sonaron a ultimátum.
-N-no he escuchado mu-música, no, no he... tenido... tiemp-po.
-¡Ohhh! -murmuró la muchedumbre.
Percibí un tenebroso manto que se me abalanzaba por detrás. Eran los dos hombrecitos, que corrían con una camisa de fuerza abierta. Con la rapidez y agilidad que sólo brindan la desesperación y la cobardía salté a una viga y me deslicé por el entretecho, para caer sobre un montón de heno.
Corrí durante horas por el polvo y la hierba humedecida, hasta que dejé de sentir el resoplido de las luces de linternas y el aullido de los perros".
Hasta aquí el relato. ¿Es digno de crédito? No sé, está correctamente escrito, hay una descripción racional y organizada de los hechos, pero de locos disfrazados está sobrepoblado el mundo. Hay utopistas también, reconozcámoslo. Pudiera ser entonces la aspiración de una forma de sociedad al estilo de la que algún día imaginó Akutagawa en su extraña obra Kappa. Tampoco me extrañaría que se tratase de la exasperación materializada de un aficionado al fútbol aburrido de tanto pase lateral.
martes, abril 10, 2007
¡Malditas palabras!
Ya sé que estoy en el manicomio; no necesitan recordármelo. Tampoco es preciso que me miren a cada minuto por el ojo de buey de la puerta blanca, como si yo fuera uno de esos locos que andan por la calle dando de martillazos a todo el mundo o como si fuera de esos otros que en cualquier objeto ven un motivo para quitarse la vida. No, no soy de ésos. Yo diría que pertenezco a esa raza de locos lúcidos que suelen darse de tarde en tarde, a ese grupúsculo de genios que, de no mortificarse por un detalle insignificante, irían por la vida creando magníficas obras; contribuyendo al patrimonio artístico de la humanidad.
¿Quieren saber cuál es mi detalle perverso? ¿De verdad les interesa? ¿O es un juego? ¿Qué es un juego? ¿Qué es la verdad? ¿Qué son las palabras?
Está bien, accedo, pero, ¡jamás por escrito! ¡Las odio, me horrorizan las palabras! Verlas impresas, desfilando ante mis ojos, escabulléndose por los pliegues de mis sesos, riéndose de mí. ¡Un martirio! ¡Una pasión angustiante! ¡Una semana de insomnio, de alcohol y pasillos oscuros con baldosas mojadas! ¡Nunca más las quiero a mi lado! ¡Fuera, fuera!
Los especialistas me han permitido convivir con una grabadora roma de casete pequeña, la que se ha transformado en mi confidente, en la única compañera de mi vida. Somos yo, ella y mi pieza blanca. Todos los días le hablo; le cuento la historia que la gente me pide. Como dispongo de una única casete, cada noche, al igual que Penélope, borro lo grabado para rehacer la historia. No es que lo haga porque esté loco. Se trata de una tarea mental y física: la soledad es dañina y no es bueno el silencio absoluto; hay que ejercitar los maxilares y el movimiento de los labios y de la lengua. He leído por ahí sobre la existencia de casos de atrofia causada por el silencio que pueden generar daños irreparables al sistema respiratorio. Además, descubro que cada vez que grabo se van agregando detalles no percibidos la noche anterior.
Escuchen pues, la historia de mi ‘‘detalle’’.
Han de saber que yo fui un gran reportero. Si no me creen, busquen en las colecciones de los diarios y encontrarán crónicas escritas por mí. Bellas notas, repletas de metáforas y circunloquios (¿circunloquios he dicho? ¿no será retórica?). Me gustaba jugar con las palabras, porque rozaban mis sentidos misteriosamente mientras las escribía, provocándome cosquillas: eran como esas mujeres que enamoran por lo que sugieren, por lo que no muestran. Hablo, ya lo han descubierto, de la fascinación de lo desconocido, de lo que no se puede aprehender completamente.
¡Ya descubriría más tarde cuánta razón había en ello! ¡Cómo las palabras me abrirían el camino a esto que yo no llamo locura, sino lucidez patológica! ¡Cómo las palabras se transformarían en arpías comesesos, brujas de uñas rojas, putas miserables!
Cierto día -creo que fue un 23 de septiembre, al despuntar la primavera- me encontraba afanado ante el terminal de computación cuando una estúpida palabra me detuvo. Había escrito ‘‘discreción’’ y de repente me quedé pensando, como un colegial. ¿Era ese-ce-ce o ese-ce-ese?
¿Discreción? ¿Discresión?
¡Qué importa ya!
Fui al diccionario y salí de dudas. La duda había surgido, creí en ese momento, porque se me habían metido entre medio a la cabeza los vocablos ‘‘digresión’’ y ‘‘discusión’’. La cosa fue que escribí mi crónica, tomé mi café de las siete y salí luego a la calle, pleno de energías. El bar me esperaba, los cerezos reventaban de flores, las tardes se hacían frescas, agradables. ¡Qué bella era la vida!
Llegó la noche y con ella, la llamada del lecho. Me acosté, leí un rato y apagué la luz: ya vendría un nuevo día, mejor aun que el anterior.
Fue en ese lapso en que se topan los mundos real y onírico, ese momento mágico en que a uno le parece escuchar voces que vienen de adentro, en que el cuerpo suele dar un salto, cuando retornó la palabra, sin previo aviso, brillante, ambigua, sarcástica, maldita: ‘‘Discreción’’. Sí, ahora estoy seguro. Primero fue ‘‘discreción’’. Sobresalía del fondo ocre de la mente; estaba colocada delante de algo así como un telón de felpa de un teatro de provincias y poseía el volumen de una sustancia cárnea y semiviscosa. Luego apareció la otra: ‘‘discresión’’ y juro haber escuchado aplausos. Ambas se turnaron en el escenario, creciendo y achicándose, subiendo y bajando, brillando y apagándose.
Discreción. Discresión.
Desperté abruptamente y ya no pude dormir. La palabra bifurcada seguía retumbando, pero ahora se hacía acompañar de una inexplicable sensación de angustia, una especie de pánico ante algo nunca conocido, un terror imposible de combatir, porque, ¿no es de locos luchar contra una palabra que se divide en nuestra mente? ¿No me encuentran la razón?
Me agitaba en la cama y miraba las paredes. ‘‘Es una simple obsesión -me decía-. Ya pasará’’. Pero mi cuerpo sudaba, el estómago se retorcía en nudos ciegos, el pulso se disparaba y en cada latido se me representaba una de las dos imágenes, con la violencia de la locomotora que se marcha de la estación.
¡Ah, el temor a la muerte! ¡Ah, el terror a la locura! ¡Nada los supera!
Desde esa noche nunca volví a ser el mismo y mis compañeros no tardaron en advertirlo. El reporteo se tornó débil y las crónicas fueron plagándose de errores. Bajaba de peso. Sentado ante el terminal, el pánico se apoderaba de mí, sin remedio. La ‘‘discreción’’ original se fue multiplicando por seis, ocho, por ochenta. Palabras tan simples como ‘‘luz’’ o ‘‘escuálido’’ me provocaban mareos y me obligaban a acudir al diccionario de bolsillo que secretamente guardaba en la chaqueta. Uno de tantos imbéciles me consultó una tarde cómo se escribía ‘‘anverso’’ y tuve que pretextar una repentina afonía y contener mis ganas de aniquilarlo. Caminaba por las calles mirando letreros, pero ante las palabras visibles surgían de inmediato sus contrincantes, las invisibles y levemente desiguales, en mi mente. Leía más que nunca, sólo para concluir que no era capaz de retener las figuras de las palabras, sino únicamente sus sonidos.
Vino entonces el segundo golpe, ya bien entrado el verano.
Escribía nerviosamente una tarde cuando sucedió lo inesperado. Creo que el párrafo decía más o menos así: ‘‘El Presidente Eduardo Frei llamó al país a actuar con responsabilidad y madurez cívicas frente al fallo del tribunal que determinó que la Laguna del Desierto es argentina’’.
Me quedé pensando, horrorizado, en lo que había escrito. No entendía nada. ‘‘Llamó al país, llamó al país’’ -me decía-. ¿Qué quise decir con eso? ¿Cómo se puede llamar al país? ¿Se trata de una orden? Pero ¿a quién? ¿al país? ¿cómo al país? ¿cómo una persona puede hablar con un país? ¿es una metáfora o una falta gravísima de redacción? ¿No habré querido decir que llamó a cada uno de los ciudadanos del país?, aunque es de sobra conocido que los ciudadanos no son todo el país, lo que convertiría su llamado en un llamado parcial, discriminatorio. El encabezado correcto debía ser entonces: ‘‘El Presidente Eduardo Frei pidió a cada uno de los habitantes del país, incluidos los menores de edad y los extranjeros avecindados más de cinco años en Chile pero excluidos aquéllos que están de paso o aquéllos con más de cinco años de residencia pero que provengan de la Argentina, por razones obvias...’’. Había escrito lo anterior pero lo tuve que borrar al revisar la grabación, ya que ésta me seguía dictando la frase original. Frei decía textualmente: ‘‘Hoy llamo al país...’’.
Tiritaba de espanto. Noté que algunas miradas se volvían hacia mí. En tanto, mi cerebro seguía cavilando:
‘‘A actuar... a actuar. El país actúa. ¿Habla de entrar en acción o de interpretar un papel en una obra de teatro? De seguro es una actuación; se trata de una obra de teatro, ya que un país completo no podría entrar en acción simultáneamente sin un objetivo concreto. ¿Cómo podría entrar en acción un paralítico o un enfermo de hospital? En cambio ambos sí podrían actuar, bastaría que el paralítico esbozara un movimiento de ojos emulando a Marceau y que el enfermo hiciera de Estragón o más fácil aún, bastaría que Don Francisco hiciera un llamado televisivo y todo el país estaría moviendo la colita en pocos segundos. ¡Ah!, todo es una gran mentira, porque el teatro es en el fondo una mentira, una ficción. Se trata de hacer teatro. O sea, se pide al país que actúe... que mienta, que finja, que tome una posición diferente por fuera que por dentro. Por eso el Presidente llama al país a actuar... ¡ahí está! Pero, ¿por qué entonces se pide actuar con responsabilidad y madurez cívicas? ¿Y madurez no es un estado superior de desarrollo? Las frutas están maduras porque se ponen blandas, pero ¿cómo saber cuándo se actúa con madurez? ¡Actúa! ¡Ajá! ¡Ficción pura! ¿Madurez?’’
Entonces no me di cuenta y empecé a gritar: ‘‘¡Cómo mierda se actúa con madurez! ¿Hay que ser blandos acaso? ¡Y cómo cresta hay una laguna en el desierto! ¡Agua en el desierto! ¡Milagros! ¡Milagros!’’
Mis colegas me tomaron y me llevaron a mi casa. Yo traté de resistirme, pero fue en vano. Vino un doctor y me administró un calmante. Me dormí; no sé cuánto. Si fueron uno, dos o tres días no lo sé. Creo que fueron tres, por la crecida barba con que me enfrenté al espejo.
Recordaba vagamente el episodio, pero descubrí con alegría que no me provocaba angustia. Salí de la ducha y tomé el estuche de la loción. La palabra surgió clara, fresca como el agua cristalina: ‘‘Williams’’. No había réplicas ni ambigüedades. Era única, indivisible.
¡Estaba sano!
Qué iluso, pienso ahora, creer que estaba sano por un estuche de colonia. Pero así es el cerebro; se deja engañar por lo primero que pilla. Se hace el tonto, cree lo que le conviene. Se da ínfulas. Se fabrica un universo y nadie lo saca de allí. Hasta que de repente recibe una embestida y sálvese quien pueda.
Pasaron los días y volví a mi trabajo. Los jefes, comprensivos, me asignaron responsabilidades menores. De reportero estrella me transformé en revisor de crónicas en el taller. Había que ir al taller y cortar las notas que estuvieran largas. A veces tenía que suprimir una bajada. Cuando más, cambiar un título. Eso era todo. Yo lo aceptaba porque en el fondo aún me sentía inseguro. Me había dado un plazo secreto de dos meses para volver a reconquistar los laureles perdidos. Era un desafío, sabía, porque otros dos colegas jóvenes habían conseguido escalar y quitarme el principal sector noticioso, que por muchos años había sido de mi total propiedad. A veces acudían al taller y me daban una palmadita en la espalda. Y yo, que nunca he tenido delirio de persecución, les creía, porque veía en ellos una buena intención, de apoyo al compañero en desgracia.
He reservado para el final lo peor. Lo advierto de antemano, por si alguien desea concluir la historia en esta parte. A los que prefieran continuar les ofrezco ‘‘mi’’ descubrimiento, ‘‘mi’’ aporte a la humanidad, ‘‘mi’’ esperanza de haber servido de algo en esta vida. ‘‘Mi’’ detalle.
Tuve una amante. No lo había mencionado hasta ahora, porque créanme que no era importante hacerlo. Era una mujer famosa, cuyo nombre me voy a reservar. Aunque no era agraciada en lo físico, su inteligencia la hacía brillar por sobre los demás, con chispas de genialidad que sobrepasaban con creces mi intelecto. Nuestra comunicación era riquísima; nos pasábamos tardes completas conversando sobre historia, música, literatura. Tenía la sensación de aprender siempre algo con ella, pero a la vez me dolía olvidar tan luego las ideas que escuchaba de sus labios. Mantuvimos durante unos meses una relación discreta, que concluimos cordialmente, nunca entendí muy bien por qué. El fuego que alguna vez ardió entre nosotros debió apagarse para siempre, ya que un día cualquiera nos dejamos de ver, simplemente.
Aquella mañana nos volvimos a topar. Noté que al descubrirme entre el gentío quiso atravesar la calle, de lo que se arrepintió tras darse cuenta de que yo también la había divisado. Entonces caminó insegura a mi encuentro. Yo lo hice con aplomo. Su mirada seria me rehuía, levemente turbada; yo le sonreía y la miraba a los ojos. Al cruzarnos, la saludé:
-Buenos días.
Ella me contestó:
-Buenos días.
Seguimos nuestros caminos; todo no había quedado más que en un mero saludo. Al llegar a la esquina, sin embargo, adquirí conciencia del horror. No se trataba, como las veces anteriores, de que las palabras tuvieran distinta grafía o distinto significado, de que las personas hablaran con metáforas o lugares comunes que se prestan para malos entendidos. ‘‘Buenos’’ viene de bien, de bondad, y ‘‘día’’ es el tiempo que la Tierra emplea en dar una vuelta alrededor de su eje. Por lo tanto no cabe duda de que ‘‘buenos días’’ es un deseo positivo a nuestro interlocutor y nada más. El problema era más profundo, tenía que ver con el significado vivencial que les damos a las palabras. ¿Qué quise decirle con eso? ¿Y qué me quiso decir ella? Yo le dije ‘‘Buenos días’’, está bien, pero ¿en qué sentido? Quizás le transmití mi creencia de que era un buen día porque había sol, pero lo que nadie sabe es por qué el sol visible debe ser sinónimo de buen día; tal vez le expresé mi ingenuo convencimiento de que ya estábamos ante un buen día, únicamente porque yo me sentía bien. Ella quizás me deseó vanamente que tuviera un buen día. Era posible también que yo le hubiese transmitido la orden de que tuviera un buen día y que ella la hubiese puesto en duda con una ironía tan sutil como la de responderme de la misma forma. Incluso cabía la posibilidad de que ella pensase que mis buenos días, dichos con una dosis de cinismo, reconozco, quisieran darle a entender que estaba mucho mejor sin ella y que en ese sentido los interpretara como una manifestación de despecho. Recordé que al momento de hablar me había mirado con una vaga sonrisa, entre burlesca y compasiva.
Separé los dos vocablos de la frase e intenté descomponer sus letras, una a una, para dar con el significado único, preciso, de su sentido. Pero las letras se me enredaron en el cerebro; fue como si quisiera entender en una hormiga la vida de la especie. Escarbé las raíces de ambas palabras y no surgió nada, sólo hilachas de incertidumbre. De pronto me golpeó un rayo de pánico y el corazón se me quiso escapar del cuerpo, al vislumbrar un túnel oscuro que me colocaba al borde de la locura. Con un poco de suerte ‘‘mis’’ buenos días los conocía; pero me di cuenta de que ‘‘sus’’ buenos días eran un puerto al que mi imaginación jamás sería capaz de arribar. Me había saludado y yo creí entender sus palabras, pero ahora comprendía cuán traicionera es la mente humana, que se autoengaña segundo a segundo para sentirse tranquila creyendo que ha logrado comprender el mundo... Ahora se me hacía claro que ‘‘sus’’ buenos días eran el fantasma visible que no se puede descubrir, el horror de lo ignorado, lo impensable, lo inasible.
Mientras viajaba, atontado, hacia el paradero del microbús, me puse a pensar en algo que, de tan obvio, nunca se me había cruzado por la cabeza: ¿quién me garantiza que las palabras, las ideas que yo expreso, sean entendidas de la misma manera por la persona que me escucha? ¿Y qué garantías reales hay de que entendí cabalmante lo que mi interlocutor ha querido decirme?
Las palabras van adquiriendo consistencia en la cabeza de acuerdo con las experiencias que vamos recogiendo de la vida y de nuestras aptitudes intelectuales para aprehenderlas. Lo lógico es concluir que ninguna significará lo mismo para dos personas, porque bastará que una persona tome el té con dos cucharadas de azúcar y otra con una sola, para que esas dos personas alteren sus esquemas de pensamiento y se bifurquen para siempre a partir del sabor del té. Ambos toman el té, pero querida ¿tu té es mi té?, qué digo, por Dios. Si eso opera con las palabras, qué decir entonces de las ideas, que son sumas de palabras. Por lo tanto, ¿qué le puedo entender a una persona que me habla? ¿Y qué me puede entender ella? ¡Aproximaciones! ¡Minúsculas aproximaciones!
Hasta ese momento habría jurado que los seres humanos se entendían como si nada. Que si uno decía ‘‘buenos días’’ el otro contestaba ‘‘buenos días’’ y ambos quedaban felices. Pero he aquí que llega una mujer y me saluda con un ‘‘buenos días’’ a todas luces superior al mío, un buenos días que abarca los tres buenos días míos y quizás otros catorce o quince más, los buenos días de ella, que no conozco. ¿Qué puedo hacer ante eso?
Intenté regresar y exigirle una explicación por su saludo. Corrí, en efecto, por la avenida, pero ella no me vio y tomó el microbús que la trasladó a su oficina. Yo quedé exhausto, en medio de la calle, flanqueado por dos corridas de árboles que batían sus hojas con los primeros vientos del otoño.
‘‘Por fin entiendo lo que quiso decir Borges al escribir Pierre Menard’’ -me resigné, resoplando de furia. Pero no era verdad. No estaba satisfecho, sino aterrorizado. Había mundos diferentes, había formas diferentes de coger una misma flor, de entender la misma flor. Recién me daba cuenta de que mi amante me había menospreciado y de que por más que me esforzaba en crear ideas, éstas eran eternamente inferiores a las suyas.
¡Nunca pudimos entendernos! ¡Nunca pudimos amarnos!
Somos gusanos de distintas especies, babosas desiguales que nos arrastramos por el mismo charco, buscando el excremento que nos nutra de vida. A cada momento nos rozamos con las antenas y unimos nuestros cuerpos desiguales en forma desesperada hasta que el calor nos sofoca y nos lanza al costado y nos lleva por la alcantarilla. Cerramos los ojos sin haber sabido nada de nada, sólo intuyendo algo único de ese barro en que nos acostumbramos a vivir. Nunca tuvimos ni una opción, ¡ni una sola! de meternos en las otras cabezas, de vivir las otras vidas, siquiera de intuirlas. ¡Nunca jamás!
Corrí hasta uno de los puentes del Mapocho y miré el río hacia abajo. Ahí estuve, a punto de arrojarme, durante unos veinte minutos, revolviendo frases y palabras sueltas en las aguas pestilentes del caudal, hasta que alguien me trajo al manicomio.
Ahora que han pasado algunos años me siento bastante bien y creo que pronto deberían darme el alta. Desde ya, todo andaría mejor si no fuera por esas malditas palabras que rondan por mi mente... esas malditas... ¿‘‘todo andaría mejor’’, he dicho? Pero, ¿cómo puede andar todo mejor? ¿Quiere decir que las cosas malas también pueden andar mejor? Y si fuera así, ¿significa que las cosas malas que andan mejor andan más mal o andan más bien? Y al decir todo, ¿hablo del aire, de las mesas, de los paraguas italianos? ¿O sólo quiero decir ‘‘todo para mí’’? Aun así, ¿cómo puede andar mejor todo para mí si en el cuerpo existen órganos que no dependen de la voluntad y marchan igual que siempre a pesar de todo... ¡de todo!, de nuevo esta palabra. Y dije marchar, aunque bien pude haber repetido andar, porque ¿no es ridículo que todo pueda ‘‘andar’’ mejor?... ¡Andar! ¡Como si el ánimo pudiese caminar, como si la alegría y la esperanza tuviesen patas con uñas!... ¡Patas!... ¡Patas!... ¡Las patitas!... Mejor no sigo grabando, je, je, je. Les había prometido un final de pánico, pero temo que los que esperaban algo así no hayan quedado satisfechos. O tal vez se estén riendo de mí. La risa abunda en la boca de los tontos. La risa es el remedio infalible, dice el Reader’s Digest.
¿Encuentran que no fue tanto?
¿No entendieron lo mismo que yo?
¿Les faltó desarrollo a las ideas? ¿O no había nada de horrible en los hechos? ¿Le dieron otro significado a este relato?
¡Malditaaaaaaas palabraaaaaaas!
Je, je, je.
¿Quieren saber cuál es mi detalle perverso? ¿De verdad les interesa? ¿O es un juego? ¿Qué es un juego? ¿Qué es la verdad? ¿Qué son las palabras?
Está bien, accedo, pero, ¡jamás por escrito! ¡Las odio, me horrorizan las palabras! Verlas impresas, desfilando ante mis ojos, escabulléndose por los pliegues de mis sesos, riéndose de mí. ¡Un martirio! ¡Una pasión angustiante! ¡Una semana de insomnio, de alcohol y pasillos oscuros con baldosas mojadas! ¡Nunca más las quiero a mi lado! ¡Fuera, fuera!
Los especialistas me han permitido convivir con una grabadora roma de casete pequeña, la que se ha transformado en mi confidente, en la única compañera de mi vida. Somos yo, ella y mi pieza blanca. Todos los días le hablo; le cuento la historia que la gente me pide. Como dispongo de una única casete, cada noche, al igual que Penélope, borro lo grabado para rehacer la historia. No es que lo haga porque esté loco. Se trata de una tarea mental y física: la soledad es dañina y no es bueno el silencio absoluto; hay que ejercitar los maxilares y el movimiento de los labios y de la lengua. He leído por ahí sobre la existencia de casos de atrofia causada por el silencio que pueden generar daños irreparables al sistema respiratorio. Además, descubro que cada vez que grabo se van agregando detalles no percibidos la noche anterior.
Escuchen pues, la historia de mi ‘‘detalle’’.
Han de saber que yo fui un gran reportero. Si no me creen, busquen en las colecciones de los diarios y encontrarán crónicas escritas por mí. Bellas notas, repletas de metáforas y circunloquios (¿circunloquios he dicho? ¿no será retórica?). Me gustaba jugar con las palabras, porque rozaban mis sentidos misteriosamente mientras las escribía, provocándome cosquillas: eran como esas mujeres que enamoran por lo que sugieren, por lo que no muestran. Hablo, ya lo han descubierto, de la fascinación de lo desconocido, de lo que no se puede aprehender completamente.
¡Ya descubriría más tarde cuánta razón había en ello! ¡Cómo las palabras me abrirían el camino a esto que yo no llamo locura, sino lucidez patológica! ¡Cómo las palabras se transformarían en arpías comesesos, brujas de uñas rojas, putas miserables!
Cierto día -creo que fue un 23 de septiembre, al despuntar la primavera- me encontraba afanado ante el terminal de computación cuando una estúpida palabra me detuvo. Había escrito ‘‘discreción’’ y de repente me quedé pensando, como un colegial. ¿Era ese-ce-ce o ese-ce-ese?
¿Discreción? ¿Discresión?
¡Qué importa ya!
Fui al diccionario y salí de dudas. La duda había surgido, creí en ese momento, porque se me habían metido entre medio a la cabeza los vocablos ‘‘digresión’’ y ‘‘discusión’’. La cosa fue que escribí mi crónica, tomé mi café de las siete y salí luego a la calle, pleno de energías. El bar me esperaba, los cerezos reventaban de flores, las tardes se hacían frescas, agradables. ¡Qué bella era la vida!
Llegó la noche y con ella, la llamada del lecho. Me acosté, leí un rato y apagué la luz: ya vendría un nuevo día, mejor aun que el anterior.
Fue en ese lapso en que se topan los mundos real y onírico, ese momento mágico en que a uno le parece escuchar voces que vienen de adentro, en que el cuerpo suele dar un salto, cuando retornó la palabra, sin previo aviso, brillante, ambigua, sarcástica, maldita: ‘‘Discreción’’. Sí, ahora estoy seguro. Primero fue ‘‘discreción’’. Sobresalía del fondo ocre de la mente; estaba colocada delante de algo así como un telón de felpa de un teatro de provincias y poseía el volumen de una sustancia cárnea y semiviscosa. Luego apareció la otra: ‘‘discresión’’ y juro haber escuchado aplausos. Ambas se turnaron en el escenario, creciendo y achicándose, subiendo y bajando, brillando y apagándose.
Discreción. Discresión.
Desperté abruptamente y ya no pude dormir. La palabra bifurcada seguía retumbando, pero ahora se hacía acompañar de una inexplicable sensación de angustia, una especie de pánico ante algo nunca conocido, un terror imposible de combatir, porque, ¿no es de locos luchar contra una palabra que se divide en nuestra mente? ¿No me encuentran la razón?
Me agitaba en la cama y miraba las paredes. ‘‘Es una simple obsesión -me decía-. Ya pasará’’. Pero mi cuerpo sudaba, el estómago se retorcía en nudos ciegos, el pulso se disparaba y en cada latido se me representaba una de las dos imágenes, con la violencia de la locomotora que se marcha de la estación.
¡Ah, el temor a la muerte! ¡Ah, el terror a la locura! ¡Nada los supera!
Desde esa noche nunca volví a ser el mismo y mis compañeros no tardaron en advertirlo. El reporteo se tornó débil y las crónicas fueron plagándose de errores. Bajaba de peso. Sentado ante el terminal, el pánico se apoderaba de mí, sin remedio. La ‘‘discreción’’ original se fue multiplicando por seis, ocho, por ochenta. Palabras tan simples como ‘‘luz’’ o ‘‘escuálido’’ me provocaban mareos y me obligaban a acudir al diccionario de bolsillo que secretamente guardaba en la chaqueta. Uno de tantos imbéciles me consultó una tarde cómo se escribía ‘‘anverso’’ y tuve que pretextar una repentina afonía y contener mis ganas de aniquilarlo. Caminaba por las calles mirando letreros, pero ante las palabras visibles surgían de inmediato sus contrincantes, las invisibles y levemente desiguales, en mi mente. Leía más que nunca, sólo para concluir que no era capaz de retener las figuras de las palabras, sino únicamente sus sonidos.
Vino entonces el segundo golpe, ya bien entrado el verano.
Escribía nerviosamente una tarde cuando sucedió lo inesperado. Creo que el párrafo decía más o menos así: ‘‘El Presidente Eduardo Frei llamó al país a actuar con responsabilidad y madurez cívicas frente al fallo del tribunal que determinó que la Laguna del Desierto es argentina’’.
Me quedé pensando, horrorizado, en lo que había escrito. No entendía nada. ‘‘Llamó al país, llamó al país’’ -me decía-. ¿Qué quise decir con eso? ¿Cómo se puede llamar al país? ¿Se trata de una orden? Pero ¿a quién? ¿al país? ¿cómo al país? ¿cómo una persona puede hablar con un país? ¿es una metáfora o una falta gravísima de redacción? ¿No habré querido decir que llamó a cada uno de los ciudadanos del país?, aunque es de sobra conocido que los ciudadanos no son todo el país, lo que convertiría su llamado en un llamado parcial, discriminatorio. El encabezado correcto debía ser entonces: ‘‘El Presidente Eduardo Frei pidió a cada uno de los habitantes del país, incluidos los menores de edad y los extranjeros avecindados más de cinco años en Chile pero excluidos aquéllos que están de paso o aquéllos con más de cinco años de residencia pero que provengan de la Argentina, por razones obvias...’’. Había escrito lo anterior pero lo tuve que borrar al revisar la grabación, ya que ésta me seguía dictando la frase original. Frei decía textualmente: ‘‘Hoy llamo al país...’’.
Tiritaba de espanto. Noté que algunas miradas se volvían hacia mí. En tanto, mi cerebro seguía cavilando:
‘‘A actuar... a actuar. El país actúa. ¿Habla de entrar en acción o de interpretar un papel en una obra de teatro? De seguro es una actuación; se trata de una obra de teatro, ya que un país completo no podría entrar en acción simultáneamente sin un objetivo concreto. ¿Cómo podría entrar en acción un paralítico o un enfermo de hospital? En cambio ambos sí podrían actuar, bastaría que el paralítico esbozara un movimiento de ojos emulando a Marceau y que el enfermo hiciera de Estragón o más fácil aún, bastaría que Don Francisco hiciera un llamado televisivo y todo el país estaría moviendo la colita en pocos segundos. ¡Ah!, todo es una gran mentira, porque el teatro es en el fondo una mentira, una ficción. Se trata de hacer teatro. O sea, se pide al país que actúe... que mienta, que finja, que tome una posición diferente por fuera que por dentro. Por eso el Presidente llama al país a actuar... ¡ahí está! Pero, ¿por qué entonces se pide actuar con responsabilidad y madurez cívicas? ¿Y madurez no es un estado superior de desarrollo? Las frutas están maduras porque se ponen blandas, pero ¿cómo saber cuándo se actúa con madurez? ¡Actúa! ¡Ajá! ¡Ficción pura! ¿Madurez?’’
Entonces no me di cuenta y empecé a gritar: ‘‘¡Cómo mierda se actúa con madurez! ¿Hay que ser blandos acaso? ¡Y cómo cresta hay una laguna en el desierto! ¡Agua en el desierto! ¡Milagros! ¡Milagros!’’
Mis colegas me tomaron y me llevaron a mi casa. Yo traté de resistirme, pero fue en vano. Vino un doctor y me administró un calmante. Me dormí; no sé cuánto. Si fueron uno, dos o tres días no lo sé. Creo que fueron tres, por la crecida barba con que me enfrenté al espejo.
Recordaba vagamente el episodio, pero descubrí con alegría que no me provocaba angustia. Salí de la ducha y tomé el estuche de la loción. La palabra surgió clara, fresca como el agua cristalina: ‘‘Williams’’. No había réplicas ni ambigüedades. Era única, indivisible.
¡Estaba sano!
Qué iluso, pienso ahora, creer que estaba sano por un estuche de colonia. Pero así es el cerebro; se deja engañar por lo primero que pilla. Se hace el tonto, cree lo que le conviene. Se da ínfulas. Se fabrica un universo y nadie lo saca de allí. Hasta que de repente recibe una embestida y sálvese quien pueda.
Pasaron los días y volví a mi trabajo. Los jefes, comprensivos, me asignaron responsabilidades menores. De reportero estrella me transformé en revisor de crónicas en el taller. Había que ir al taller y cortar las notas que estuvieran largas. A veces tenía que suprimir una bajada. Cuando más, cambiar un título. Eso era todo. Yo lo aceptaba porque en el fondo aún me sentía inseguro. Me había dado un plazo secreto de dos meses para volver a reconquistar los laureles perdidos. Era un desafío, sabía, porque otros dos colegas jóvenes habían conseguido escalar y quitarme el principal sector noticioso, que por muchos años había sido de mi total propiedad. A veces acudían al taller y me daban una palmadita en la espalda. Y yo, que nunca he tenido delirio de persecución, les creía, porque veía en ellos una buena intención, de apoyo al compañero en desgracia.
He reservado para el final lo peor. Lo advierto de antemano, por si alguien desea concluir la historia en esta parte. A los que prefieran continuar les ofrezco ‘‘mi’’ descubrimiento, ‘‘mi’’ aporte a la humanidad, ‘‘mi’’ esperanza de haber servido de algo en esta vida. ‘‘Mi’’ detalle.
Tuve una amante. No lo había mencionado hasta ahora, porque créanme que no era importante hacerlo. Era una mujer famosa, cuyo nombre me voy a reservar. Aunque no era agraciada en lo físico, su inteligencia la hacía brillar por sobre los demás, con chispas de genialidad que sobrepasaban con creces mi intelecto. Nuestra comunicación era riquísima; nos pasábamos tardes completas conversando sobre historia, música, literatura. Tenía la sensación de aprender siempre algo con ella, pero a la vez me dolía olvidar tan luego las ideas que escuchaba de sus labios. Mantuvimos durante unos meses una relación discreta, que concluimos cordialmente, nunca entendí muy bien por qué. El fuego que alguna vez ardió entre nosotros debió apagarse para siempre, ya que un día cualquiera nos dejamos de ver, simplemente.
Aquella mañana nos volvimos a topar. Noté que al descubrirme entre el gentío quiso atravesar la calle, de lo que se arrepintió tras darse cuenta de que yo también la había divisado. Entonces caminó insegura a mi encuentro. Yo lo hice con aplomo. Su mirada seria me rehuía, levemente turbada; yo le sonreía y la miraba a los ojos. Al cruzarnos, la saludé:
-Buenos días.
Ella me contestó:
-Buenos días.
Seguimos nuestros caminos; todo no había quedado más que en un mero saludo. Al llegar a la esquina, sin embargo, adquirí conciencia del horror. No se trataba, como las veces anteriores, de que las palabras tuvieran distinta grafía o distinto significado, de que las personas hablaran con metáforas o lugares comunes que se prestan para malos entendidos. ‘‘Buenos’’ viene de bien, de bondad, y ‘‘día’’ es el tiempo que la Tierra emplea en dar una vuelta alrededor de su eje. Por lo tanto no cabe duda de que ‘‘buenos días’’ es un deseo positivo a nuestro interlocutor y nada más. El problema era más profundo, tenía que ver con el significado vivencial que les damos a las palabras. ¿Qué quise decirle con eso? ¿Y qué me quiso decir ella? Yo le dije ‘‘Buenos días’’, está bien, pero ¿en qué sentido? Quizás le transmití mi creencia de que era un buen día porque había sol, pero lo que nadie sabe es por qué el sol visible debe ser sinónimo de buen día; tal vez le expresé mi ingenuo convencimiento de que ya estábamos ante un buen día, únicamente porque yo me sentía bien. Ella quizás me deseó vanamente que tuviera un buen día. Era posible también que yo le hubiese transmitido la orden de que tuviera un buen día y que ella la hubiese puesto en duda con una ironía tan sutil como la de responderme de la misma forma. Incluso cabía la posibilidad de que ella pensase que mis buenos días, dichos con una dosis de cinismo, reconozco, quisieran darle a entender que estaba mucho mejor sin ella y que en ese sentido los interpretara como una manifestación de despecho. Recordé que al momento de hablar me había mirado con una vaga sonrisa, entre burlesca y compasiva.
Separé los dos vocablos de la frase e intenté descomponer sus letras, una a una, para dar con el significado único, preciso, de su sentido. Pero las letras se me enredaron en el cerebro; fue como si quisiera entender en una hormiga la vida de la especie. Escarbé las raíces de ambas palabras y no surgió nada, sólo hilachas de incertidumbre. De pronto me golpeó un rayo de pánico y el corazón se me quiso escapar del cuerpo, al vislumbrar un túnel oscuro que me colocaba al borde de la locura. Con un poco de suerte ‘‘mis’’ buenos días los conocía; pero me di cuenta de que ‘‘sus’’ buenos días eran un puerto al que mi imaginación jamás sería capaz de arribar. Me había saludado y yo creí entender sus palabras, pero ahora comprendía cuán traicionera es la mente humana, que se autoengaña segundo a segundo para sentirse tranquila creyendo que ha logrado comprender el mundo... Ahora se me hacía claro que ‘‘sus’’ buenos días eran el fantasma visible que no se puede descubrir, el horror de lo ignorado, lo impensable, lo inasible.
Mientras viajaba, atontado, hacia el paradero del microbús, me puse a pensar en algo que, de tan obvio, nunca se me había cruzado por la cabeza: ¿quién me garantiza que las palabras, las ideas que yo expreso, sean entendidas de la misma manera por la persona que me escucha? ¿Y qué garantías reales hay de que entendí cabalmante lo que mi interlocutor ha querido decirme?
Las palabras van adquiriendo consistencia en la cabeza de acuerdo con las experiencias que vamos recogiendo de la vida y de nuestras aptitudes intelectuales para aprehenderlas. Lo lógico es concluir que ninguna significará lo mismo para dos personas, porque bastará que una persona tome el té con dos cucharadas de azúcar y otra con una sola, para que esas dos personas alteren sus esquemas de pensamiento y se bifurquen para siempre a partir del sabor del té. Ambos toman el té, pero querida ¿tu té es mi té?, qué digo, por Dios. Si eso opera con las palabras, qué decir entonces de las ideas, que son sumas de palabras. Por lo tanto, ¿qué le puedo entender a una persona que me habla? ¿Y qué me puede entender ella? ¡Aproximaciones! ¡Minúsculas aproximaciones!
Hasta ese momento habría jurado que los seres humanos se entendían como si nada. Que si uno decía ‘‘buenos días’’ el otro contestaba ‘‘buenos días’’ y ambos quedaban felices. Pero he aquí que llega una mujer y me saluda con un ‘‘buenos días’’ a todas luces superior al mío, un buenos días que abarca los tres buenos días míos y quizás otros catorce o quince más, los buenos días de ella, que no conozco. ¿Qué puedo hacer ante eso?
Intenté regresar y exigirle una explicación por su saludo. Corrí, en efecto, por la avenida, pero ella no me vio y tomó el microbús que la trasladó a su oficina. Yo quedé exhausto, en medio de la calle, flanqueado por dos corridas de árboles que batían sus hojas con los primeros vientos del otoño.
‘‘Por fin entiendo lo que quiso decir Borges al escribir Pierre Menard’’ -me resigné, resoplando de furia. Pero no era verdad. No estaba satisfecho, sino aterrorizado. Había mundos diferentes, había formas diferentes de coger una misma flor, de entender la misma flor. Recién me daba cuenta de que mi amante me había menospreciado y de que por más que me esforzaba en crear ideas, éstas eran eternamente inferiores a las suyas.
¡Nunca pudimos entendernos! ¡Nunca pudimos amarnos!
Somos gusanos de distintas especies, babosas desiguales que nos arrastramos por el mismo charco, buscando el excremento que nos nutra de vida. A cada momento nos rozamos con las antenas y unimos nuestros cuerpos desiguales en forma desesperada hasta que el calor nos sofoca y nos lanza al costado y nos lleva por la alcantarilla. Cerramos los ojos sin haber sabido nada de nada, sólo intuyendo algo único de ese barro en que nos acostumbramos a vivir. Nunca tuvimos ni una opción, ¡ni una sola! de meternos en las otras cabezas, de vivir las otras vidas, siquiera de intuirlas. ¡Nunca jamás!
Corrí hasta uno de los puentes del Mapocho y miré el río hacia abajo. Ahí estuve, a punto de arrojarme, durante unos veinte minutos, revolviendo frases y palabras sueltas en las aguas pestilentes del caudal, hasta que alguien me trajo al manicomio.
Ahora que han pasado algunos años me siento bastante bien y creo que pronto deberían darme el alta. Desde ya, todo andaría mejor si no fuera por esas malditas palabras que rondan por mi mente... esas malditas... ¿‘‘todo andaría mejor’’, he dicho? Pero, ¿cómo puede andar todo mejor? ¿Quiere decir que las cosas malas también pueden andar mejor? Y si fuera así, ¿significa que las cosas malas que andan mejor andan más mal o andan más bien? Y al decir todo, ¿hablo del aire, de las mesas, de los paraguas italianos? ¿O sólo quiero decir ‘‘todo para mí’’? Aun así, ¿cómo puede andar mejor todo para mí si en el cuerpo existen órganos que no dependen de la voluntad y marchan igual que siempre a pesar de todo... ¡de todo!, de nuevo esta palabra. Y dije marchar, aunque bien pude haber repetido andar, porque ¿no es ridículo que todo pueda ‘‘andar’’ mejor?... ¡Andar! ¡Como si el ánimo pudiese caminar, como si la alegría y la esperanza tuviesen patas con uñas!... ¡Patas!... ¡Patas!... ¡Las patitas!... Mejor no sigo grabando, je, je, je. Les había prometido un final de pánico, pero temo que los que esperaban algo así no hayan quedado satisfechos. O tal vez se estén riendo de mí. La risa abunda en la boca de los tontos. La risa es el remedio infalible, dice el Reader’s Digest.
¿Encuentran que no fue tanto?
¿No entendieron lo mismo que yo?
¿Les faltó desarrollo a las ideas? ¿O no había nada de horrible en los hechos? ¿Le dieron otro significado a este relato?
¡Malditaaaaaaas palabraaaaaaas!
Je, je, je.
viernes, abril 06, 2007
El extraño caso del hombre bisagra
Al hombre bisagra se le ha visto en un sinnúmero de ocasiones, mas no hay registro fotográfico de su persona. Sin embargo, quienes lo han divisado aseguran que es gordo como sapo y luce bigote negro, teñido. Su nombre es Carlos Espinosa con ese y jamás permitió que lo llamaran Espinosita, de modo que le dicen Carlos. Tiene aproximadamente 6341 años de edad -que cumplió hace unas semanas- y cultiva un bajísimo perfil. Si no se tiñera el bigote representaría 6828 años, de manera que estamos en condiciones de sospechar con fundamentos que se tiñe el bigote para quitarse la edad pero que no lo consigue del todo. Viste siempre combinando la tela con la mirada y la sonrisa. Cuando anda de frac su modo de mirar el mundo es majestuoso y no sonríe; se comporta de manera grave, adecuada a la circunstancia que le hizo arrendar el traje. Si viste pantalones de cotelé sus ojos lagrimean y se le vuelven dulces, suplicantes y la sonrisa le aflora por nada, pero no nos debemos descuidar porque un ligero descuido nuestro hará que se coloque el frac y nos pisotee como el padre de Kafka hacía con su hijo, a juzgar por lo que imaginaba su hijo.
Todo aquello que al hombre bisagra le proporcione seguridad le es familiar y a eso se pega como la abeja al néctar de las flores o la lapa a la roca, si se quiere. El motor de la vida del hombre bisagra es la seguridad, no el dinero ni la fama. Busca la seguridad porque no se quiere morir y porque no quiere quedar de brazos cruzados. Así ha logrado llegar a los 6341 años, muy bien conservados, pero el tiempo ya le está pasando la cuenta: hace unos días le aparecieron unos hongos que le tienen un pie a maltraer.
No existe materia o ser vivo que de más seguridad que el homo sapiens, siendo también el homo sapiens el ser vivo más veleidoso del espectro animal, vegetal y mineral, nótese que incluimos el reino vegetal. De allí la especialidad del hombre bisagra: genuflectarse ante quienes le dan seguridad y mirar en menos a los demás.
Las personas que dan más seguridad generalmente son los poderosos. Los padres no sirven cuando somos adultos, ya han muerto. El hombre bisagra es adulto, lo prueba el número de años que ha vivido. Estamos seguros de que en el fondo el hombre bisagra hubiese preferido no haber salido nunca del útero materno, pero entonces nunca habría sido Carlos Espinosa con ese, sino nada. Cuando le nacen las dudas, en ciertos atardeceres, contemplando el mar, se dice a sí mismo que es mejor la ese que nada.
No todos los poderosos dan seguridad; sólo aquéllos más cercanos a nosotros. El hombre bisagra, a punta de un largo ejercicio de vida, ha sabido captar el interés de los poderosos. Utiliza desde hace muchos años la misma fórmula: no herirlo, no decirle nunca la verdad, no decirle lo que piensa realmente de él, acompañarlo en todo momento en que se requiera su presencia y si se torna ultra necesario, chuparle el pico. Pero nunca, a Dios gracias, ha debido llegar a esto último pues si así hubiese acontecido el hombre bisagra habría quedado malherido en su fuero interno, habría pensado por una vez que el precio que estaba pagando era demasiado alto.
El hombre bisagra ignora las afrentas diarias que emite pero no olvida jamás las recibidas. Aun así nos inspira una especie de cariño asociado a la lástima, porque le sabemos persona tremendamente débil detrás de su traje de señor feudal, así como atado a un vicio del que jamás se podrá desprender. Conmueve a la vez su forma de entregar cariño durante ciertos actos a los que asiste.
El hombre bisagra posee dos pasaportes, el segundo de los cuales lo hace soñar con mundos y razas a las que no pertenece.
El hombre bisagra necesita aceitar su columna continuamente. Pero es tan avaro que compra aceite de esos reciclados que se venden a dos chauchas. Nosotros nos hemos cansado de repetirle que a la larga eso le hará mal, pero las costumbres se le han metido de tal forma en la cabeza que sería mejor ir pensando en la posibilidad de no insistir.
Todo aquello que al hombre bisagra le proporcione seguridad le es familiar y a eso se pega como la abeja al néctar de las flores o la lapa a la roca, si se quiere. El motor de la vida del hombre bisagra es la seguridad, no el dinero ni la fama. Busca la seguridad porque no se quiere morir y porque no quiere quedar de brazos cruzados. Así ha logrado llegar a los 6341 años, muy bien conservados, pero el tiempo ya le está pasando la cuenta: hace unos días le aparecieron unos hongos que le tienen un pie a maltraer.
No existe materia o ser vivo que de más seguridad que el homo sapiens, siendo también el homo sapiens el ser vivo más veleidoso del espectro animal, vegetal y mineral, nótese que incluimos el reino vegetal. De allí la especialidad del hombre bisagra: genuflectarse ante quienes le dan seguridad y mirar en menos a los demás.
Las personas que dan más seguridad generalmente son los poderosos. Los padres no sirven cuando somos adultos, ya han muerto. El hombre bisagra es adulto, lo prueba el número de años que ha vivido. Estamos seguros de que en el fondo el hombre bisagra hubiese preferido no haber salido nunca del útero materno, pero entonces nunca habría sido Carlos Espinosa con ese, sino nada. Cuando le nacen las dudas, en ciertos atardeceres, contemplando el mar, se dice a sí mismo que es mejor la ese que nada.
No todos los poderosos dan seguridad; sólo aquéllos más cercanos a nosotros. El hombre bisagra, a punta de un largo ejercicio de vida, ha sabido captar el interés de los poderosos. Utiliza desde hace muchos años la misma fórmula: no herirlo, no decirle nunca la verdad, no decirle lo que piensa realmente de él, acompañarlo en todo momento en que se requiera su presencia y si se torna ultra necesario, chuparle el pico. Pero nunca, a Dios gracias, ha debido llegar a esto último pues si así hubiese acontecido el hombre bisagra habría quedado malherido en su fuero interno, habría pensado por una vez que el precio que estaba pagando era demasiado alto.
El hombre bisagra ignora las afrentas diarias que emite pero no olvida jamás las recibidas. Aun así nos inspira una especie de cariño asociado a la lástima, porque le sabemos persona tremendamente débil detrás de su traje de señor feudal, así como atado a un vicio del que jamás se podrá desprender. Conmueve a la vez su forma de entregar cariño durante ciertos actos a los que asiste.
El hombre bisagra posee dos pasaportes, el segundo de los cuales lo hace soñar con mundos y razas a las que no pertenece.
El hombre bisagra necesita aceitar su columna continuamente. Pero es tan avaro que compra aceite de esos reciclados que se venden a dos chauchas. Nosotros nos hemos cansado de repetirle que a la larga eso le hará mal, pero las costumbres se le han metido de tal forma en la cabeza que sería mejor ir pensando en la posibilidad de no insistir.
jueves, abril 05, 2007
Fiebre
Era una cabaña básica en la precordillera. Allí pasábamos las vacaciones, pero de preferencia la usaba sólo yo. Me iba un fin de semana de invierno, cuando a nadie le apetecía la naturaleza, y me encerraba entre sus paredes a leer lo que fuera, en especial revistas.
En la última de esas ocasiones -hablo de la época de los cataclismos- fui demasiado lejos. Recuerdo que había un puente de piedra, no hecho por la mano del hombre. Atravesarlo era cosa fácil, pero en circunstancias normales, no las que se vivían entonces. Medía unos 45 metros de largo y el abismo que se abría a sus costados era imponente. No debí hacerlo, los temblores eran demasiado intensos, pero lo hice. Alcancé el extremo superior y volví la vista: el borde en el que me encontraba se había elevado con desmesura a raíz de la acción enfurecida de los elementos. Desde las profundidades el vómito de una lava roja y espesa voló el puente en pedazos y separó la tierra en dos. Mi parte de montaña continuaba ascendiendo. Veía volar cóndores a mi misma altura y luego los vi más abajo. El ascenso parecía ser eterno, pero al cabo de unas horas se detuvo.
Viví años en ese lugar, separado del mundo. Las cosas eran bien parecidas a las que había conocido, mas las sutilezas hacían la diferencia. La princesa me quería, pero me alentaba a saltar al vacío y me daba la sensación de ser inaccesible. Vestía con tules transparentes de color marrón y normalmente hablaba desde un canapé. El sultán o el rey, nunca me quedó clara su majestad, no se apareció nunca por el valle, pero aún así la princesa se me pasaba escabullendo. Era una princesa esquiva, distante y diríase que en el fondo malvada, pues día a día me impulsaba a saltar al vacío.
Un aciago atardecer las insinuaciones se convirtieron en orden. Ella reía desde el canapé, se encogía de hombros y me indicaba el risco. Me asomé: era espantoso. Los blancos arabescos del balcón que servía de defensa se doblaban con la fuerza del viento. Bajo el precipicio cortado a pique, a unos diez mil metros de distancia, estaba mi ciudad. Los automóviles circulaban por las autopistas; se había hecho de noche. Uno de los guardias me señaló un pequeñísimo punto, al fondo del abismo. Correspondía a una poza de agua de gran profundidad y equivalía a la salvación. Salté, no de frente sino de espaldas, como lo hacen los buzos, y cerré los ojos. Durante largos minutos me dejé tentar por la suave brisa de los cielos; la caída se hizo llevadera.
En mi casa las cosas estaban harto diferentes. El piso resplandecía y había muebles nuevos. Un hombre calvo ocupaba mi lugar y me hacía ver el enredo que estaba causando con mi aparición. Mi malhumor era visible hasta para mí mismo. Los niños se me echaron a los brazos, aunque no tan efusivamente como hubiese esperado. Faltaba el encuentro con mi mujer y todos estaban pendientes de aquello. Si tuviera que definir el tema central de esta historia, éste sería el del reencuentro con mi mujer. Ella llegó del trabajo, alta, bien vestida, e hizo como que no me veía, aunque me había reconocido perfectamente. No hubo drama, pero horas después me fueron tomando en serio cuando las plantas que traje de la comarca crecieron a la velocidad del rayo.
-La casa está siendo vigilada desde arriba, les dije.
En la última de esas ocasiones -hablo de la época de los cataclismos- fui demasiado lejos. Recuerdo que había un puente de piedra, no hecho por la mano del hombre. Atravesarlo era cosa fácil, pero en circunstancias normales, no las que se vivían entonces. Medía unos 45 metros de largo y el abismo que se abría a sus costados era imponente. No debí hacerlo, los temblores eran demasiado intensos, pero lo hice. Alcancé el extremo superior y volví la vista: el borde en el que me encontraba se había elevado con desmesura a raíz de la acción enfurecida de los elementos. Desde las profundidades el vómito de una lava roja y espesa voló el puente en pedazos y separó la tierra en dos. Mi parte de montaña continuaba ascendiendo. Veía volar cóndores a mi misma altura y luego los vi más abajo. El ascenso parecía ser eterno, pero al cabo de unas horas se detuvo.
Viví años en ese lugar, separado del mundo. Las cosas eran bien parecidas a las que había conocido, mas las sutilezas hacían la diferencia. La princesa me quería, pero me alentaba a saltar al vacío y me daba la sensación de ser inaccesible. Vestía con tules transparentes de color marrón y normalmente hablaba desde un canapé. El sultán o el rey, nunca me quedó clara su majestad, no se apareció nunca por el valle, pero aún así la princesa se me pasaba escabullendo. Era una princesa esquiva, distante y diríase que en el fondo malvada, pues día a día me impulsaba a saltar al vacío.
Un aciago atardecer las insinuaciones se convirtieron en orden. Ella reía desde el canapé, se encogía de hombros y me indicaba el risco. Me asomé: era espantoso. Los blancos arabescos del balcón que servía de defensa se doblaban con la fuerza del viento. Bajo el precipicio cortado a pique, a unos diez mil metros de distancia, estaba mi ciudad. Los automóviles circulaban por las autopistas; se había hecho de noche. Uno de los guardias me señaló un pequeñísimo punto, al fondo del abismo. Correspondía a una poza de agua de gran profundidad y equivalía a la salvación. Salté, no de frente sino de espaldas, como lo hacen los buzos, y cerré los ojos. Durante largos minutos me dejé tentar por la suave brisa de los cielos; la caída se hizo llevadera.
En mi casa las cosas estaban harto diferentes. El piso resplandecía y había muebles nuevos. Un hombre calvo ocupaba mi lugar y me hacía ver el enredo que estaba causando con mi aparición. Mi malhumor era visible hasta para mí mismo. Los niños se me echaron a los brazos, aunque no tan efusivamente como hubiese esperado. Faltaba el encuentro con mi mujer y todos estaban pendientes de aquello. Si tuviera que definir el tema central de esta historia, éste sería el del reencuentro con mi mujer. Ella llegó del trabajo, alta, bien vestida, e hizo como que no me veía, aunque me había reconocido perfectamente. No hubo drama, pero horas después me fueron tomando en serio cuando las plantas que traje de la comarca crecieron a la velocidad del rayo.
-La casa está siendo vigilada desde arriba, les dije.
martes, abril 03, 2007
Bocetos de vida
(I)
Siempre pasaba de largo, como un bisonte enceguecido por el miedo, pero esta vez, contra toda predicción, el tren se acercó renqueando a la estación. Al llegar, su sacudida previa al frenazo dejó tiritando techos, maderas y ventanas. De un vagón bajaron dos mujeres. El idiota, que dormitaba en el andén, abrió los ojos y corrió a la casa para alertar a su padre. Cruzó la calle barrosa con esa mala suerte propia de los idiotas, hundiendo sus botas nuevas en un charco, hasta más arriba de los tobillos. Quiso limpiarlas, pero sólo consiguió ensuciar también sus manos.
La locomotora comenzó a despedir humo negro de la chimenea y humo blanco de las ruedas mientras la campana ubicada en el lomo anunciaba su partida. El idiota se dejó seducir por la escena y se quedó inmóvil en el charco, sonriendo. No alcanzó a pasar un minuto cuando el tren desapareció en la curva. De su paso, de su extraña detención, no quedó más que una nube en el horizonte.
Cuando las mujeres tocaron a la puerta nadie les abrió. Las mujeres insistieron. Desde el tercer piso, el idiota miraba por detrás de los visillos, conteniendo la respiración. Las mujeres tocaron por tercera vez. Mientras una de ellas daba una vuelta alrededor de la propiedad, la otra tocó de nuevo, ahora en forma brusca, persistente.
El sol había llegado a su cénit, pero no calentaba la tierra. Después comenzó a esconderse detrás de la montaña y cuando la calle quedó en sombras el frío se hizo insoportable.
El idiota salió a cortar leña. Le llamaron la atención por un momento dos protuberancias bajo el lodazal frente a la puerta, especie de bolas de chocolate, pero enseguida lo olvidó.
El viento había vuelto. De un solo hachazo partió en dos un tronco y volvió a la casa. Al depositar la leña en un canasto junto a la chimenea, dos arañas salieron del letargo y se asomaron al resplandor.
(II)
El idiota daba vueltas, con los ojos cerrados y las manos tapándose los oídos. Chillaba al imaginar que un tren dejaba una estación de provincia. Lo hacía para no escuchar el tañido de la campana.
Dos mujeres bajaban del tren y se dirigían a su casa. Al pisar el andén lo veían sentado y le preguntaban por su padre. El idiota les decía que estaba muerto. Ellas apresuraban el paso.
Abrió los ojos y se asustó de verse tan solo en medio del patio del colegio. Sus demás compañeros ya estaban en la sala.
(III)
El tren se detuvo en la estación. De uno de los carros bajó una mujer. Luego bajó otra, con dos maletas. Viajaban juntas. La primera parecía ser mayor y tener cierta ascendencia sobre la segunda. Un idiota contemplaba la escena, sentado en el andén.
El idiota corrió a su casa. Tocó la campana y entró. Subió los escalones, hasta el tercer piso, y le comunicó la noticia a su padre, que dormía en su cama.
Las dos mujeres avanzaron resueltamente en dirección a la casa, ubicada a dos cuadras de la estación, una casa antigua con un balcón en el segundo piso y una buhardilla en el tercero. El idiota pensaba que lo venían a buscar.
Las mujeres tocaron a la puerta varias veces. El idiota no les hizo caso. Finalmente una de ellas giró la manilla y la puerta se abrió. Entraron sin tañer la campana, pero no tuvieron tiempo de disfrutar de la lúgubre belleza de la casona: el idiota las liquidó de dos hachazos, sin decir una palabra. Luego se fue corriendo a la escuela.
Días después la policía ingresó a la casona. El cadáver del dueño yacía en la cama en estado de descomposición. Los agentes siguieron un hilo de sangre coagulada que conducía al frontis del edificio.
En la estación no había nadie.
(IV)
Todo lo que rodeaba al idiota le transmitía la idea de la muerte. Su orina era un líquido muerto y sus excrementos, desechos inservibles de su cuerpo. El pelo que se le caía sin motivo de la cabeza era pelo muerto. Y las uñas que le cortaba su padre, uñas muertas. Las viviendas que lo rodeaban estaban hechas de materia muerta y los desperdicios que veía en los rincones eran restos de algo que alguna vez tuvo vida, pero que ahora estaba muerto. Los gargajos evaporándose al sol simbolizaban la descomposición del ser humano. Los alimentos que consumía estaban todos muertos: la carne pertenecía a un animal sacrificado, las verduras habían sido arrancadas de la tierra y las frutas, cortadas de los árboles. Esos alimentos, que alguna vez rebosaron de frescor, con los días se pudrían, tomaban mal olor.
Por alguna razón, tal vez por haber vivido apartado de los demás desde niño, el idiota aborrecía el movimiento, abjuraba de la vida.
Temprano en la mañana salió de la casa y caminó por las calles vacías, buscando algo que matar; un perro, un gato, un roedor. En el pueblo ya no quedaba casi nada que se moviera. Los ambiciosos que lo habitaban se habían marchado hacía tiempo; sobrevivían los resignados. Las cosechas fenecían, abandonadas. Flores marchitas alfombraban la hierba seca.
El idiota se dirigió a la estación. Miró hacia ambos lados de la vía férrea y luego se sentó en el andén. El tren se dejó ver a la distancia. El idiota no se levantó; apenas giró su cabeza hacia el movimiento. Una vez más pasaría de largo.
Pero el tren se detuvo.
(V)
Días antes de morir los dolores se le hicieron insoportables. Previo a eso las dos preocupaciones principales de Simón Ravanales, en el mismo orden, eran la suerte que correría su hijo, el destino de sus cuentos y un relato a medio escribir que parecía no dirigirse a ninguna parte. Solucionó lo primero escribiéndole a sus hermanas. Ellas le respondieron que vendrían a buscarlo en dos semanas. Ravanales no les quiso informar que estaba desahuciado. Cuando llegaran simplemente les entregaría al muchacho junto con la escritura de la casa.
El segundo problema era angustiante. Siempre había escrito, pero ahora que su carpeta estaba llena de papeles, se preguntaba dónde irían a parar. Recordaba con dolor al hijo bueno y al hijo malo de Bach. El hijo bueno recibió la mitad de los manuscritos del compositor y los conservó: hoy forman parte del tesoro de la humanidad. El hijo malo los vendió por dos chauchas y los manuscritos se perdieron. La angustia de Ravanales, no obstante, no residía allí. Después de todo él nunca sería Bach, ni Van Gogh, ni Kafka. La angustia residía en una pregunta surgida de ese problema. Ravanales se preguntó por qué escribía, qué sacaba con escribir cuentos. Aunque cada tema podía tener mil ramificaciones, mil posibilidades, acababa comprobando que todas lo llevaban al mismo final. Por más que deseara hacer algo nuevo le salía siempre algo diferente, pero igual. Quería escribir con el genio de Rulfo y de Chejov y de Maupassant, pero terminaba escribiendo como Ravanales. Quería sugerir y racionalizaba. Quería que un párrafo fuese tan denso que en él cupiera una enciclopedia y no podía, no podía. Estaba atado a su estilo. Con ningún otro se sentía bien, pero el suyo le causaba dolor.
¿Por qué escribía? Porque le gustaba crear situaciones, porque gozaba inventando en soledad, se decía. Pero entonces lo mortificaba otra obsesión, que punzaba su mente: ¿tenía aquello algún valor? Razonaba además en que por más vueltas que le diera a sus argumentos no hacía otra cosa que contar su vida.
¿Tenía eso algún valor?
Toda su existencia se había limitado a recordar su existencia. Vivía para recordar y luego recrear. No podía solamente vivir, no le bastaba; se sentía vacío. Necesitaba recordar lo vivido para que adquiriera un sentido. Pero, ¿tenía aquello algún valor?
No, concluyó amargamente. No valía la pena escribir para sentirse vivo. Era mil veces mejor vivir a secas. Un millón de veces preferible atender a su hijo enfermo, caminar por las calles de su pueblo de provincia, ir de vez en cuando a cenar a la posada, dejar pasar la tarde en el andén con un periódico en la mano, escuchar la campana del colegio; era diez millones de veces preferible vivir, llenarse de rocío, olores, tempestades, ruidos, emociones o sabores, que pasarlos de largo para después, sentado ante la máquina, hacer como que los vivía en un pedazo de papel impreso.
Era diez veces diez millones preferible. Pero ése no era el estilo de Ravanales. No le acomodaba. Días antes de expirar retomó el último cuento, inspirado en su hijo, y le dio mil vueltas hasta que los dolores se le hicieron insoportables. El cuento quedó sin final y la vida siguió su curso.
Siempre pasaba de largo, como un bisonte enceguecido por el miedo, pero esta vez, contra toda predicción, el tren se acercó renqueando a la estación. Al llegar, su sacudida previa al frenazo dejó tiritando techos, maderas y ventanas. De un vagón bajaron dos mujeres. El idiota, que dormitaba en el andén, abrió los ojos y corrió a la casa para alertar a su padre. Cruzó la calle barrosa con esa mala suerte propia de los idiotas, hundiendo sus botas nuevas en un charco, hasta más arriba de los tobillos. Quiso limpiarlas, pero sólo consiguió ensuciar también sus manos.
La locomotora comenzó a despedir humo negro de la chimenea y humo blanco de las ruedas mientras la campana ubicada en el lomo anunciaba su partida. El idiota se dejó seducir por la escena y se quedó inmóvil en el charco, sonriendo. No alcanzó a pasar un minuto cuando el tren desapareció en la curva. De su paso, de su extraña detención, no quedó más que una nube en el horizonte.
Cuando las mujeres tocaron a la puerta nadie les abrió. Las mujeres insistieron. Desde el tercer piso, el idiota miraba por detrás de los visillos, conteniendo la respiración. Las mujeres tocaron por tercera vez. Mientras una de ellas daba una vuelta alrededor de la propiedad, la otra tocó de nuevo, ahora en forma brusca, persistente.
El sol había llegado a su cénit, pero no calentaba la tierra. Después comenzó a esconderse detrás de la montaña y cuando la calle quedó en sombras el frío se hizo insoportable.
El idiota salió a cortar leña. Le llamaron la atención por un momento dos protuberancias bajo el lodazal frente a la puerta, especie de bolas de chocolate, pero enseguida lo olvidó.
El viento había vuelto. De un solo hachazo partió en dos un tronco y volvió a la casa. Al depositar la leña en un canasto junto a la chimenea, dos arañas salieron del letargo y se asomaron al resplandor.
(II)
El idiota daba vueltas, con los ojos cerrados y las manos tapándose los oídos. Chillaba al imaginar que un tren dejaba una estación de provincia. Lo hacía para no escuchar el tañido de la campana.
Dos mujeres bajaban del tren y se dirigían a su casa. Al pisar el andén lo veían sentado y le preguntaban por su padre. El idiota les decía que estaba muerto. Ellas apresuraban el paso.
Abrió los ojos y se asustó de verse tan solo en medio del patio del colegio. Sus demás compañeros ya estaban en la sala.
(III)
El tren se detuvo en la estación. De uno de los carros bajó una mujer. Luego bajó otra, con dos maletas. Viajaban juntas. La primera parecía ser mayor y tener cierta ascendencia sobre la segunda. Un idiota contemplaba la escena, sentado en el andén.
El idiota corrió a su casa. Tocó la campana y entró. Subió los escalones, hasta el tercer piso, y le comunicó la noticia a su padre, que dormía en su cama.
Las dos mujeres avanzaron resueltamente en dirección a la casa, ubicada a dos cuadras de la estación, una casa antigua con un balcón en el segundo piso y una buhardilla en el tercero. El idiota pensaba que lo venían a buscar.
Las mujeres tocaron a la puerta varias veces. El idiota no les hizo caso. Finalmente una de ellas giró la manilla y la puerta se abrió. Entraron sin tañer la campana, pero no tuvieron tiempo de disfrutar de la lúgubre belleza de la casona: el idiota las liquidó de dos hachazos, sin decir una palabra. Luego se fue corriendo a la escuela.
Días después la policía ingresó a la casona. El cadáver del dueño yacía en la cama en estado de descomposición. Los agentes siguieron un hilo de sangre coagulada que conducía al frontis del edificio.
En la estación no había nadie.
(IV)
Todo lo que rodeaba al idiota le transmitía la idea de la muerte. Su orina era un líquido muerto y sus excrementos, desechos inservibles de su cuerpo. El pelo que se le caía sin motivo de la cabeza era pelo muerto. Y las uñas que le cortaba su padre, uñas muertas. Las viviendas que lo rodeaban estaban hechas de materia muerta y los desperdicios que veía en los rincones eran restos de algo que alguna vez tuvo vida, pero que ahora estaba muerto. Los gargajos evaporándose al sol simbolizaban la descomposición del ser humano. Los alimentos que consumía estaban todos muertos: la carne pertenecía a un animal sacrificado, las verduras habían sido arrancadas de la tierra y las frutas, cortadas de los árboles. Esos alimentos, que alguna vez rebosaron de frescor, con los días se pudrían, tomaban mal olor.
Por alguna razón, tal vez por haber vivido apartado de los demás desde niño, el idiota aborrecía el movimiento, abjuraba de la vida.
Temprano en la mañana salió de la casa y caminó por las calles vacías, buscando algo que matar; un perro, un gato, un roedor. En el pueblo ya no quedaba casi nada que se moviera. Los ambiciosos que lo habitaban se habían marchado hacía tiempo; sobrevivían los resignados. Las cosechas fenecían, abandonadas. Flores marchitas alfombraban la hierba seca.
El idiota se dirigió a la estación. Miró hacia ambos lados de la vía férrea y luego se sentó en el andén. El tren se dejó ver a la distancia. El idiota no se levantó; apenas giró su cabeza hacia el movimiento. Una vez más pasaría de largo.
Pero el tren se detuvo.
(V)
Días antes de morir los dolores se le hicieron insoportables. Previo a eso las dos preocupaciones principales de Simón Ravanales, en el mismo orden, eran la suerte que correría su hijo, el destino de sus cuentos y un relato a medio escribir que parecía no dirigirse a ninguna parte. Solucionó lo primero escribiéndole a sus hermanas. Ellas le respondieron que vendrían a buscarlo en dos semanas. Ravanales no les quiso informar que estaba desahuciado. Cuando llegaran simplemente les entregaría al muchacho junto con la escritura de la casa.
El segundo problema era angustiante. Siempre había escrito, pero ahora que su carpeta estaba llena de papeles, se preguntaba dónde irían a parar. Recordaba con dolor al hijo bueno y al hijo malo de Bach. El hijo bueno recibió la mitad de los manuscritos del compositor y los conservó: hoy forman parte del tesoro de la humanidad. El hijo malo los vendió por dos chauchas y los manuscritos se perdieron. La angustia de Ravanales, no obstante, no residía allí. Después de todo él nunca sería Bach, ni Van Gogh, ni Kafka. La angustia residía en una pregunta surgida de ese problema. Ravanales se preguntó por qué escribía, qué sacaba con escribir cuentos. Aunque cada tema podía tener mil ramificaciones, mil posibilidades, acababa comprobando que todas lo llevaban al mismo final. Por más que deseara hacer algo nuevo le salía siempre algo diferente, pero igual. Quería escribir con el genio de Rulfo y de Chejov y de Maupassant, pero terminaba escribiendo como Ravanales. Quería sugerir y racionalizaba. Quería que un párrafo fuese tan denso que en él cupiera una enciclopedia y no podía, no podía. Estaba atado a su estilo. Con ningún otro se sentía bien, pero el suyo le causaba dolor.
¿Por qué escribía? Porque le gustaba crear situaciones, porque gozaba inventando en soledad, se decía. Pero entonces lo mortificaba otra obsesión, que punzaba su mente: ¿tenía aquello algún valor? Razonaba además en que por más vueltas que le diera a sus argumentos no hacía otra cosa que contar su vida.
¿Tenía eso algún valor?
Toda su existencia se había limitado a recordar su existencia. Vivía para recordar y luego recrear. No podía solamente vivir, no le bastaba; se sentía vacío. Necesitaba recordar lo vivido para que adquiriera un sentido. Pero, ¿tenía aquello algún valor?
No, concluyó amargamente. No valía la pena escribir para sentirse vivo. Era mil veces mejor vivir a secas. Un millón de veces preferible atender a su hijo enfermo, caminar por las calles de su pueblo de provincia, ir de vez en cuando a cenar a la posada, dejar pasar la tarde en el andén con un periódico en la mano, escuchar la campana del colegio; era diez millones de veces preferible vivir, llenarse de rocío, olores, tempestades, ruidos, emociones o sabores, que pasarlos de largo para después, sentado ante la máquina, hacer como que los vivía en un pedazo de papel impreso.
Era diez veces diez millones preferible. Pero ése no era el estilo de Ravanales. No le acomodaba. Días antes de expirar retomó el último cuento, inspirado en su hijo, y le dio mil vueltas hasta que los dolores se le hicieron insoportables. El cuento quedó sin final y la vida siguió su curso.
viernes, marzo 23, 2007
Tres variaciones sobre "El monje negro"
Variación III
El confuso sueño del curadito Villalobos
¡Eh, amigo, amigo!, despierta. Sí, tú; afírmate en mi brazo y levántate, que te llevo con tu padre. Voy altiro, señor, pero yo no tengo padre. ¿Por qué me mira con esos ojos tan dulces? ¿No quiere que siga durmiendo en el carretón? Tengo frío, señor. Déme algo, un poquito, usted sabe, tengo sed. Para una cañita, señor, que sea. Duermo mejor así, más calentito. ¡Vamos, hombre!, donde te llevo no necesitas vino, allí hay calor de sobra. ¿No necesito más vino, señor? ¡Cuánto me alivia escucharlo! Usted no sabe, no se imagina lo que es esto. Beber, esa necesidad de tomar, de estar al día, de mandarse una cañita. Es triste, señor, me desespera. Soy un esclavo. ¿Usted nunca se ha tomado un pencazo? Se ve que no, tiene cara de caballero, pero usted, ¿de qué época es?, ¿qué cara tiene? Me cuesta vérsela, es por la oscuridad de esta maldita calle, aquí los faroles están muy arriba, encima de los árboles; nosotros somos como las ratas, señor, dormimos en los rincones, adentro del carretón o echados en unas ramas. Estoy durmiendo, qué sueño más agradable, no siento la dureza de las tablas ni mi cuerpo recogido. Y Él me mira con esos ojos. Vamos, señor, donde usted diga, lléveme. ¡No, hombre, por Dios! Si no estás soñando. Esto es real. Mírame bien, tócame. Soy de carne y hueso. Vamos con tu padre. ¿A ver? ¡Así, eso!, ¡afírmate bien de mi brazo! ¡Ahora, arriba! ¡Eso es! Vamos despacio, lento, confía en mí. ¡Que cálido es su contacto, señor!, se parece usted a Nuestro Señor Jesucristo el de las fotos. ¡Las fotos de Cristo, ja, ja! Perdón, señor, me refería a la Iglesia, la cruz, esas cosas. ¿De dónde saqué eso de las fotos? Debe de ser porque vi una foto en el diario. Ahí salía usted arriba de un cemento, se parecía a una gruta que hay por Matucana. La gente siempre raya el cemento, señor, pero yo nunca lo hago. Yo obedezco a los patrones, hay que ser respetuoso de las autoridades. A mí me gusta tomarme unas copitas, usted sabe, pero yo no le hago mal a nadie. Todos los días le rezo a Dios y Dios se porta muy bien conmigo. Tengo de todo, nada más puedo pedir. Él me cuida y me da buena salud. Ahora usted me lleva, pero ¿dónde me lleva? No importa, vamos, yo lo sigo, altiro, altiro, altirante mi comandante, ya voy, espere un momento, déjeme levantarme. Me cuesta un poco, ¿no ve que estoy tratando de salir del carretón? Espéreme, no se vaya. Es muy chico, los hacen chicos ahora, cabe menos cartón que antes. Me acuerdo de que antes le echaba hasta cuarenta kilos. Ahora no me caben ni veinticinco. Vamos, amigo. Levántate rápido, que estás interfiriendo el tránsito, te quedaste dormido en la calle, estabas muy malito. Yo te ayudo, ven, afírmate de mi brazo, yo te llevo. Confía en mí, que hoy mismo estarás al lado de tu padre. ¡Qué alivio escucharlo, señor! No sabe usted cuánto bien me hacen sus palabras. Si pudiera... pero él no está, nunca estuvo, se fue temprano, me mandó a la calle. No era malo, me pegaba, sí, de vez en cuando. Casi todos los días, pero sería porque me portaba mal. Con el Gualo pasábamos llorando hasta que nos dieran pan. A veces pasaban tres días. Entonces él llegaba curadito y nos mandaba el combo. ¡Una vez trajo una colección de tapas de bebidas! Yo las guardé en un saquito de género. Mi mamita creyó que estaba robando porque tenía el saquito escondido. Pero yo nunca he robado, señor. Una vez me acusaron de ladrón y me llevaron preso, pero nunca robé, ¿usted me cree, señor, verdad? No me culpe, por favor, si yo no hago nada malo; no me lleve preso, si este carretoncito es mío, me lo regaló el señor Faúndez, el de la tintorería. No me deje sin el carretoncito, que después cuesta mucho empezar. ¿Me está sacando para llevarse el carretón? No me tire al suelo tan fuerte, señor, usted tiene cara de bueno. Yo no soy malo. Lléveme con usted donde dice que vamos, yo lo sigo. Voy altiro, espere, déjeme levantarme. Tiene sandalias en los pies, se parece al Cristo de las fotos. ¡Bah, volví a decirlo!, pero usted ya sabe lo que quiero decir con eso. Es lo del cemento, créame, lo dije sin mala intención. No me vaya a pegar, que me da miedo. No me pegue, por favor, lo que pasa es que tengo un poquito de hambre. Y la boca se me arruga, la lengua es una esponja seca, me da por tiritar. Me da miedo, señor, me da miedo, no me deje. Se lo suplico. Una cañita, por el amor de Dios. Ahí quedo bien. No me lleve, déjeme aquí, mire que tengo que ir a enterrar al Gualo. Voy a tener que dejar guardado el carretón para que no me lo roben. A veces he visto carretones en los cementerios, a lo mejor puedo llevarlo; ojalá que los vendedores de agua no me confundan. Me pueden dar una paliza, mejor lo escondo o se lo dejo encargado al señor Faúndez, pero está tan lejos. No te preocupes de eso, amigo, que donde vamos no necesitas carretón. Hoy estarás con tu padre y con tu hermano y serás feliz, verás que sí. ¡Podrás conocer la gran verdad! ¡Volverás al Verbo! Iremos juntos, yo te llevaré. Primero no verás nada porque todo estará oscuro, luego sentirás una voz agradable, luego verás la luz. Ya no importa que interrumpas el tránsito. Los vehículos ahora te respetan pero tú no los notas, recién no te respetaron y te pasaron a llevar pero ahora todos pasan lentamente a tu lado y te miran. Tú siempre has sido así, ya no tienes remedio, mejor sería que te hubiera reventado un camión, no eres hijo de nadie, eres mala yerba, estás condenado al infierno, necesitas un pencazo, tienes sed y deliras, crees que has visto a Cristo y soy yo. Cristo soy yo, mírame. Éste es Cristo. Soy tu padre. ¿Estás llorando? ¿Quieres pan? ¡Toma, come, come, come! ¡Come pan, ahí tienes pan! No te dejes engañar, amigo, no tengas miedo, estoy contigo. Ésta es la oscuridad de la que te hablé, pero ya viene la luz, no estás solo, estás conmigo. ¡Gracias, señor!, no se vaya, tengo miedo. No estás solo, estás conmigo. No puedo salir del carretón, perdóneme usted, estoy tan malito. Ven, yo te ayudo, afírmate de mi brazo. Tiene cara de árabe, pero no se la veo muy bien, es como la cara de las fotos, ¿conoce usted la gruta cerca de Matucana? Cuidado, que resbalas, las ruedas del carretón nos están jugando una mala pasada. Una cañita del litriado no más, señor patroncito, aunque sea ese que se junta de los restos. No, hombre, ya está bueno, ya terminaste, ya no tomas más. Me haría bien para el frío. No has podido con el vicio. Un sanguchito de mortadela. Elévate conmigo, vamos ascendiendo, ya no importa que te sueltes porque no puedes regresar. No quiero bajar, me siento bien. ¡Qué lindo es esto! Es un paraíso de la paz, qué bien se duerme aquí, en este colchoncito de hojas. Es mejor que el carretón que me robaron, más calentito. ¿Y qué voy a hacer ahora que no tengo carretón? ¿Y quién es este hombre que se empeña en despertarme? Tiene cara de santo. Me va a robar los zapatos, ji ji ji. Me los está robando, también los calcetines. ¿Y de qué le sirven, si están llenos de papas? Qué oscuridad más grande, Dios mío, tengo miedo, parece un viaje. Me sube a una camioneta. Ahora me saca los pantalones, las poleras, las camisas y las chombas. Las paredes son de gelatina, unas manos me quieren agarrar, me tiran a un pozo, hay alimañas. Caigo al fango, me hundo. ¡Ayúdame, señor, no me dejes! Aquí estás, qué bien. Estoy contigo, te lo dije, vendría esto. Estoy bien, lo miro desde arriba. Hay una mesa blanca. Hacen andar una sierra. ¿Qué le hacen a ese hombre? Le cortan la cabeza, lo abren de arriba abajo. ¿Qué ves ahora? Allá está el Gualo, está más joven pero está igualito, señor, allá está el papá. Gracias, señor, allá veo la luz. No se preocupe, me levanto altiro, voy donde me diga. Estoy medio enrollado, déme su brazo y salgo. Cuesta un poquito, tenga paciencia...
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