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lunes, septiembre 21, 2026

Pereptil se zafa de sus problemas en la mesa del café

Mirándolo desde fuera, o mirando su cuerpo reflejado en el vidrio, y sumado eso al conocimiento relativo que se tiene de él, Pereptil Pérez no acusaba graves padecimientos, ni siquiera graves problemas. Su vida transcurría normalmente, no digamos naturalmente, porque eso sería faltar a la verdad. Para su caso, la normalidad era el parámetro aceptable: un estado de salud nada de comprometedor para su edad; una situación económica bastante mejor que la de la gran mayoría de los pensionados del país, una situación sentimental "consolidada". Una esposa de toda una vida; hijos grandes, mayores; nietos adorables.
Pero, ¿de qué sirven estos calmantes si al meterse en su cabeza cualquier, no digamos especialista, cualquier vecino de a pie -esto es, si el vecino de a pie quisiera hacerlo, si le diera la gana de hacerlo, de cambiar sus propias vicisitudes por la contemplación de un entramado exógeno, de un alma diferente a la suya; en el fondo, de un asunto que no le concierne ni le interesa- digamos que cualquier hijo de vecino metido dentro de su cabeza, si hubiese querido hacerlo, vería remolinos que se van abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, como vórtices eternos de problemas; sí, problemas simples o complejos problemas, problemas solucionables, problemas sin solución, problemas que abren un futuro de esfuerzos, sacrificios, visitas a oficinas, intrincados procedimientos ante el notebook, interminables llamadas telefónicas, presupuestos domésticos que exceden sus ingresos; en fin, todo aquello que empuja a la vida para que se torne desagradable?
Insistimos: ¿quién no tiene problemas del calibre de los de Pereptil, y aun muy superiores? La cuestión no es esa; la cuestión es qué espacio les damos en la caja donde se reparten nuestras conductas diarias.
Pereptil Pérez tenía 71 años y esos problemas representados por decenas de puntitos brillantes daban vueltas en torno a su mente como ciclistas atrapados en un velódromo infinito, ciclistas pugnando por salir disparados hacia la libertad.
Si este fuese un pequeño cuento dividido en presentación y trama, la anterior sería la presentación y lo que sigue, la trama. Como no lo es, la incertidumbre nos obliga a improvisar. 
Sentado en la mesa del café, a Pereptil le costaba concentrarse en su libro de turno; a cada párrafo le salía al paso un problema pendiente; si releía el párrafo venía otro. Con la paciencia de su mirada bondadosa que sugería un sadismo disfrazado de inteligencia, Saul Bellow lo iba metiendo en el cuerpo del exitoso doctor Adler y su fracasado hijo Tommy; desde la primera página ya le adelantaba el drama terrible para que el que lo estaba preparando. Como si vestido de rabino lo increpara al grito de ¡Pereptil, despierta, que este sí es un problemón! 
La literatura tenía el poder de alejarlo de sus problemas; el ingreso a otros mundos, a otros problemas, le solucionaba parte de la vida. Era como si sus contratiempos desaparecieran de su vista y perdieran la importancia que les asignaba. De allí que en el fondo le agradeciera a Bellow su sádica propuesta. 
¿Era todo el mundo así? Desde luego que no; solo un porcentaje muy menor de la gente tiende a caer dentro de estos rompecabezas, la mayoría los evita o los rodea, sanamente.
El café estaba tibio. Su juicio tacaño lo distraía del libro y lo azuzaba. Estoy pagando una enormidad por este café, y regularmente me lo sirven tibio. ¿Por qué no hago como Larry David y reclamo a viva voz? No lo hago para evitarme un nuevo problema. Lo que consigo es sumar un nuevo ciclista a mi velódromo. 
-Yo manejo un depósito al 0,5... del 1,5 bajó al 0,5... por eso prefiero mantener la plata en la cuenta corriente... ahí tengo mi plata... 
-Claro.
-Los dos autos se los entregué a mi sobrino.
-¿Tienes dos autos? 
-Un Toyota Corolla automático. Nuevo. El otro es del 89, pero está bueno.
-¿Y dónde los dejas?
-Tengo dos estacionamientos. Pero ahora se los entregué a mi sobrino. Él ya le pasó uno a su hijo que entró a la universidad.
-Claro.
(La conversación en la mesa de al lado comenzaba a distraerlo. Pucha el tío pa bueno, pensó Pereptil, animado por el tono que adquiría el diálogo entre los dos ancianos, el que de paso lo alejaba de sus problemas).
-Es por esto de la sucesión. Mejor que los bienes los tenga uno solo. Por eso se los entregué a mi sobrino.
-Claro.
-Voy a comprar al Unimarc. Unos quesitos, un poco de jamón. Ya vuelvo.
-Claro.
Estamos ante una habitual escena de café. Dos hombres mayores conversan sobre asuntos triviales, más uno que otro, a juzgar por el diálogo que se acaba de reproducir. Un tercero, Pereptil, decide prestarle oídos a la conversación. Su mesa, a la sombra de unas enredaderas, le origina una rara sensación de bienestar, que en ese instante no logran aniquilar ni la invasión de Ucrania ni las últimas manifestaciones estudiantiles ni la caída de los fondos de pensiones ni las visitas a oficinas ni las interminables llamadas telefónicas ofreciéndole este mundo y el otro, ni los presupuestos domésticos que exceden sus ingresos. Una garza de yeso embellece el jardín.
El personaje vuelve, en efecto, a los pocos minutos, portando una bolsita con alimentos. Es un hombre bajo, calvo y encorvado, de complexión robusta y una edad más cercana a los ochenta que a los setenta; nariz gruesa y aguileña, leves ojeras y una mirada cándida. Una indiscutible cara de árabe. A pesar del calor reinante viste suéter. Se sienta nuevamente frente a su compañero de mesa, que lo recibe con aparente indiferencia. A primera vista, este último preferiría estar solo que acompañado. En otras ocasiones en que Pereptil ha ido a ese café lo ha visto siempre solitario, pensativo, echado hacia atrás, la taza vacía, cansado, con el bastón de madera apoyado en un brazo de la silla, ni contento ni triste, impertérrito ante las novedades que ofrece el acontecer. De elevada estatura y una edad parecida a la de su compañero circunstancial, su rostro germánico en el que destaca una melena blanca y una barba puntiaguda y sin bigotes lo acercan a la imagen que tenemos de los griegos antiguos, esas caras de reyes y filósofos que parece habernos impuesto el Hollywood de los años cincuenta.
-Ya volví. Más ratito tengo que ir a cuidar a mi hermano -dice el hombre bajo, en su tono siempre amistoso.
-Ah, sí... ¿está enfermo?
-Se podría decir que sí.
-¿Guarda cama? (el hombre del bastón conserva el acento y la firmeza en la pronunciación que caracterizan a los alemanes avecindados en Chile).
-No, se lo pasa caminando por el departamento.
-Claro.
-Nosotros éramos seis.
-¿Seis?
-Seis. Quedamos dos; mi hermano ya cumplió los noventa. Pero me tiene amarrado.
-Nosotros también éramos seis (el teutón se va entusiasmando). Cuatro varrones... quedamos... no, también tengo una media hermana.
-Mi papá llegó a Chile allá en los años veinte. Pasó por Nueva York y le ofrecieron quedarse, pero no quiso. Allá tenía de todo. Cuando se vinieron en el barco, mi mamá venía embarazada.
-Llegarrían primero a Buenos Aires.
-Cuando llegó partió de cero. Afuera la familia tenía sederías con nueve mil trabajadores contratados. También cafetales.
-¿Cómo?
-Cafetales... plantaciones de café.
-Claro.
-Mi prima todavía está viva. No la conozco en persona; siempre me invita a Brasil. Tiene cafetales. Ven a verme, Fernando. En su casa hay treinta personas para su servicio... a mi papá le ofrecieron una parte de la herencia y se negó... venía escapando de la guerra.
-Mi papá perteneció al ejército de Hitler (el teutón pronuncia el nombre del Führer como si diera un latigazo).
-¿También luchó en la guerra?
-Erra comandante de tanques. Le llegaron las bombas de los aviones ingleses.
-¿Era de la fuerza aérea?
-No. Comandante de tanques. De tanques. Del ejército de ¡Hitler!
-Ah.
(Pereptil se recrimina: debí traer la grabadora. Recuerda que Cheever hacía eso: la mayoría de sus personajes los sacaba de conversaciones que oía en el bar, en el Metro, en paraderos, en los cafés. Acercaba lo más posible su mesa a la que le interesaba y lo anotaba todo. Esa fórmula vale tanto para escribir un cuento como una novela o una crónica. Nosotros mismos la hemos aplicado a veces, solo que sin el éxito de Cheever. Debe ser porque somos menos ambicioso que Cheever, porque en el fondo las conversaciones de la gente, sus historias, son las mismas. Pero ahí ya entraríamos al tema de cómo narrar; o al tema del mercado editorial, el márketing, la crítica, el país donde se ha nacido).
-Mis papás llegaron a Chile huyendo de los turcos. Venían de Siria... los turcos eran tremendos de malos.
-Ah, sí... los turcos.
-Mi abuelo llegó a ser almirante...
-Mi papá erra comandante de tanques... una guerra terrible... ¡Hitler!... Alemania quedó tomada por los ingleses, los norteamericanos, los rusos y los franceses.
-¿Y a qué te dedicabas en Alemania?
-Tenía una fábrica... una fábrica de esquíes.
-Mi prima es libanesa. El Líbano era como el otro París... lo echaron a perder todo. Las guerras son terribles.
-¿Y por qué esa guerra en el Líbano?
-Seguro que los judíos quieren apoderarse de los países árabes. Tanto tiempo que anduvieron errantes. Y ahora tienen el apoyo de Estados Unidos.
-¿Cuántos habitantes?
-No sé. Voy a buscarlo en Internet.
-Por el Google.
El árabe lleva la conversación, se hace evidente la buena disposición que se aloja en su alma ante las cosas que lo rodean. Al alemán se le siente más bien cauto, no exactamente desconfiado. 
-Está en la hora del almuerzo. ¿Va a almorzar? ¿Se va luego?
-No. Es temprano. Son la una.
-Yo todavía tengo parientes en El Líbano, pero por parte de mi sobrino. Mi cuñada era libanesa.
-¿De Beirrut?
-De Beirut. Así que ahora los parientes míos son españoles y libaneses... los que me van quedando. Vamos a buscar aquí... Líbano... Líbano... habitantes... a ver qué me sale. Líbano habitantes le puse. Buscar usando Google... esta cuestión es una maravilla... 6 millones 825 mil... casi 7 millones.
-¿Siete millones no más? ¡Tan poco!, como Santiago.
-Ahora debe tener más. Esto es del 2019.
-Pero no mucho más. Tan chico como Santiago... ¿habla árabe?
-Entiendo casi todo, pero hablo poco.
-¿Dónde aprendió?
-Con mis papás. En la casa. Ellos hablaban árabe.
-¿Y cómo es el libanés?
-Son fantásticos.
-Le pregunto por el idioma libanés.
-Son parecidos a los franceses. Y son muy buenos mozos.
-¿Y tú hablas libanés?
-El árabe hablo. Pero hablo la mitad... pero entiendo casi todo.
-¿Pero el idioma libanés, cómo es?
-Como el árabe.
-No hay libanés.
-Idioma árabe. Eso hablan. Escriben igual. De atrás para adelante.
(Suena el teléfono del sirio).
-Hola.
-...
-Aquí, en la cafetería.
-...
(Cuelga y comenta).
-Así es la cosa...
El alemán retorna de su natural disposición a la soledad; una idea parece darle vueltas en la cabeza. 
-Así es... poca gente. Siete millones no es nada.
-Nosotros tenemos veinte, dieciocho...
-No, pero acá en Santiago...
-Siete millones.
-¿Y cuál es el producto principal del Líbano?
-La verdad es que no sé, fíjate. Voy a preguntar... tienen mucho comercio.
-Sí, pero deben tener algún producto nacional... porque está bastante aislado... al lado tienen a Siria, Turquía...
-Mis papás eran sirios... los turcos dominaron mucho... eran tremendos los turcos.
-¿Estás resfriado?
-Algo. Es como un resfriado como alérgico.
-A mí me pasa también lo mismo. Siempre me corre la nariz... purra agua.
-Pura agua... agüita, agüita.
-Mi hija me dice: es lo normal para la edad.
-Qué le vamos a hacer... nos llegó la vejez. Los argentinos dicen: es terrible cuando llega la vejez.
-Los años pasan muy rápido. Pero qué se le va a hacer.
(El sirio indica la figura de yeso en el jardín de la cafetería).
-Tenemos que hablar con la garza.
-Sí... bonita... a mí siempre me corre la nariz. Es el calor, parrece.
-Donde estás al sol... poca gente se ve hoy.
-Sí. Ahora veo más. Para el almuerzo. Al lado no pasa mucho.
-Al lado tiene poca gente.
-Lo que pasa... no es muy acogedor... muy frío.
-A mí no me gustaría.
-A mí tampoco.
-Lo único es para comprar el pan.
Se produce un silencio momentáneo. Hora de cambiar de tema. El sirio interviene.
-Y cómo lo hace con su herida.
-Agua oxigenada.
-Es buena para desinfectar... 
Nuevo silencio, de esos silencios cristalinos en una mañana cristalina; esta vez lo rompe el alemán.
-Es bonita esta cafeterría.   
-Es como estar veraneando, para los que estamos encerrados en Santiago. 
-Ahora viene llegando gente.
-Viene llegando gente al baile.
-Parece que hay empresa por acá cerca.
-El amigo mío tiene empresa. Empresa informática.
-Informática... es mucho más agradable este café, más acogedor que restorrán.
-Diez veces más. Para nosotros, por lo menos, que vivimos en departamento.
-Así es la cosa...
(Llega una mujer de mediana edad. Saluda al sirio).
-Hola, Fernando.
-¡Pero linda! Él. Alemán. Muy amigo mío. Liliana... don Christopher.
-Tanto gusto. 
-¿Que querre tomar?
-¿Ah?
-Qué querre... tomar... ¿café? 
-Un capuccino.
El sirio desea integrar a la mujer.
-La hija de ella está en... ¿adónde vive tu hija?
-Karlsruhe.
El alemán no se anima demasiado, como si Karlsruhe no le dijera mucho.
-Bonito. Tranquilo... por ahí pasa el río... Meno...
(Ella).
-Tienen ríos por todos lados.
-Y hay una catedral famosa. Ahí está enterrado... Carlomagno.
-Él tiene una hija dentista.
-Ahora las clínicas son a todo lujo... ahora está cambiando todo... Fernando tiene la culpa, jajajá.
-La culpa la tenemos los dos... arreglando el mundo... no se puede arreglar el mundo, Christopher... Liliana es ingeniera... tuvo un contratiempo a la salud.
(Ella).
-No digas eso. Agradece que no ando con el garrote.
El sirio no acusa el golpe.
-Yo tengo Fonasa. ¿Usted tiene isapre?
-No.
-¿No tiene isapre?
(Ella).
-Te acaba de decir que no.
-No tengo isapre ni Fonasa.
-Tendrá un seguro alemán.
-Porr ahí va la cosa. Empecé a los 18 años. A pagar... a pagar... menos mal que lo hice bien... hay que estar protegido.
-Yo no tuve mucho problema de cabro.
(Ella).
-¡No, si el problema viene después!
(El alemán se dirige a la mujer).
-¿Y su hija se acostumbró en Alemania?
-Sí, ya maneja el idioma. Ella es muy meticulosa.
(El sirio).
-Pide almuerzo.
-Fernando... ya te dije. Pedí un café.
-Tiene que comer algo.
(El alemán).
-No insista... no moleste.
(Ella).
-Si no, me voy.
(El alemán).
-El latino es alegre. El alemán es tosco, callado. Yo soy de Hamburgo. Al norte. ¡Peor todavía!
(Ella).
-Estuvimos en Hamburgo en primavera. Lloviendo, ¡y con un viento!
-En Karlsruhe el clima es más moderado... mucho mejor...
(Ella).
-Lo encontré parecido algo así como a Puerto Varas. Mucho verde.
-Mucho verde.
(El sirio).
-Amigo. Hoy día pago yo la cuenta... por hoy no más.
-¡Chuta! ¡Te sacaste la loterría!
-Me saqué la lota... por hoy no más.
(Ella).
-¿Cuántos hijos tiene?
-Dos. Uno está cerca de Hamburgo. Más al norte. 
-Debe tener más familia allá.
-No está casado. Es soltero. Tiene una polola.
-Debe tener otras prioridades.
-Él no es tan joven. Va para los cincuenta... pero el clima influye mucho. El clima frío te recoge. Influye en el ánimo. Aquí estamos abiertos. Allá sale el sol y se vuelven locos... los alemanes no tienen muchos hijos, porque cuesta carro.
(Vuelve el sirio).
-Él se vino a Chile de joven.
-Yo salí a los 22 años. Erra otro país, muy distinto... por eso ahora no me gusta Alemania. No se puede decir negro ni judío. ¡Racista!... ¡nazista! El turco no aprende la lengua alemana, no quierre aceptar las reglas. Llega con su familia. Son como guetos. Eso es malo.
-Oye, él tenía una industria de esquí.
-¿Sí?
-Yo soy de Silesia, que ahorra es de Polonia. Nosotros arrancamos. Por la guerra nos radicamos en Hamburgo.
-¡Tenía ocho años y anduvo quinientos kilómetros! Él me contó antes que tú llegaras.
-Lo que pasa hoy día me hace recordar...
Pereptil considera que ya se apropió de demasiadas opiniones y recuerdos ajenos y decide pagar su propia cuenta. Ahora camina rumbo al supermercado por una calle no tan bella como el rincón que lo acogió por cerca de una hora. Se acerca a la avenida, a los bocinazos, a los semáforos. Suena el teléfono. Momento de volver a los problemas. 

martes, septiembre 08, 2026

Leavitt

Mi relativa ignorancia me ha hecho descubrir un nuevo autor entre las estanterías de la biblioteca, de seguro muy conocido para lectores que dominan la técnica de la máquina de moler libros: David Leavitt, escritor gay.
Mi amigo Marchant también es un escritor gay. Leavitt es estadounidense; Marchant, chileno. Marchant es dueño de un trazo delicado, nostálgico; Leavitt transita por el desenfado y hasta la vulgaridad, aunque detrás de esas imágenes resplandece su alma humana con lo que conlleva: sensibilidad, egocentrismo, vanalidad, deseo sexual.
Llaman la atención algunos de sus bosquejos; hoy despiertan reflexiones con un asomo de curiosa sorpresa, pues muestran sin intención con qué rapidez avanza la ciencia o con qué rapidez van quedando obsoletos los últimos adelantos tecnológicos. Líneas eróticas, el sida como sinónimo de condena a muerte, los clubes de video; ejemplos de una cultura de hace treinta años, años que parecen siglos. 
Punto aparte es la importancia que los escritores norteamericanos contemporáneos parecen otorgarle al ambiente académico, universitario, en sus carreras artísticas, así como a la competencia de talentos regulada por revistas literarias o críticos de fuste. Da la impresión de que los que no logran formar parte de ese círculo exclusivo no tienen ninguna posibilidad de brillar con luces propias en el mundo de los libros. 
En favor de la trama de sus tres novelitas editadas bajo el título de "Arkansas", diría que estas reflejan parte de una época que ya no existe. La vanidad del escritor ha sido despojada de sus máscaras y armaduras; así surge el hallazgo de aquello que reluce bajo la piel.    

miércoles, agosto 26, 2026

Lo que va de un día a otro

Retorné a Frutillar con el cuerpo trasnochado y la mente cansada; el tiempo tampoco llamaba a un estado de ánimo entusiasta, aunque bien ya lo he aprendido: se puede vivir feliz soportando un temporal; la felicidad, la levedad del espíritu no dependen del comportamiento de las nubes. Sin mucho a qué aferrarme, porque lo anterior no pasa de ser una declaración de principios, opté por la nostalgia: cuánto daría por uno de esos días de infantil y auténtica alegría. 
Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado para mejor, y en lo que pienso es en los cuentos de Patricia Highsmith. Al someterlos a una leve autopsia conjeturo que ha ido creando y resolviendo los dilemas de sus personajes a medida que escribía; también es perfectamente posible que haya comenzado con las líneas centrales muy bien determinadas. Al compararlos con los míos, la brecha que advierto (no deseo comparar calidades) es que mientras los míos tienden a lo personal y a lo fantástico, los suyos son humanos. La prueba es que estuve a punto de soltar las lágrimas con Winnie, el perfecto fracasado.
Carver también escribe cuentos "humanos"; dan la imprresión de que son muy fáciles de inventar. Tal vez lo intente y les copie uno de estos días. Copiar no tiene nada de malo, todo el arte es una copia, eso se ha dicho y repetido millones de veces.

jueves, julio 30, 2026

Uno y otro

Se comunican apetitos básicos, temores, deseos materiales sobre todo; estados de ánimo, temas pendientes, cosas que han pasado.
Hacia adentro se dirigen las ideas profundas, el pulso creativo, el pensamiento en rodaje.
Uno y otro no se parecen, de hecho perfectamete pueden disgregarse, al punto de causar cierto asombro a los demás.

miércoles, julio 15, 2026

La bestia acechada

La bestia acechada nunca es libre, vive atada a la inminencia del ataque. Sus horas pasan en un ambiente de suma inamovilidad externa; pero basta el leve temblor de una hoja para que despierte su ansiedad.
No le deseamos el mal, porque el mal lo lleva adentro; le deseamos el remezón que la haga respirar de verdad el oxígeno en torno a ella.
Hubo días de inconsciencia; era feliz o si se quiere, apática. Jugaba con fuego, sin darse cuenta. ¡Qué días, aquellos! Haberlos vivido sin más, no haberlos atesorado. La rodeaban los engaños y la bestia los aceptaba con su clásica ingenuidad; entonces no se sentía acechada.

domingo, julio 05, 2026

Almas ordinarias

Vivir emociones lo torna infantil, lo degrada, caballero. La intensidad con que vive emociones básicas se aleja tanto de la prudencia, la serenidad, la austeridad, digo esto por ensayarle un opuesto al sentimiento. Epicuro defiende la búsqueda de placer, aun los placeres menos sanos, menos necesarios, como los llama, pero advierte que si el placer conlleva consecuencias dolorosas, entonces, sin censurarlo, no lo recomienda, porque ese placer consigue lo contrario de lo que pretende. El placer es la ausencia de dolor; entre los placeres necesarios por antonomasia distingue aquellos que quitan el hambre, el frío y la sed. Olvida el placer superior: el acceso al oxígeno.
Usted me habla de placeres secundarios, como la inclinación psíquica por un equipo de fútbol y las consecuencias que eso implica atendido el resultado del partido que juega. Así entonces, estos placeres, estas emociones, no le estarían haciendo mucho bien, pues a veces desembocan en dolores fuertes, en grandes frustraciones. Descubre que el triunfo de su equipo favorito le causa un placer que irradia por sus poros, le provoca movimientos reflejos, le deja el alma durante lo que resta del día con ganas de revivir el momento. Pero tanto o más placer que ese le genera la derrota del adversario. Los resultados inversos lo sumen en una dolorosa frustración que puede llegar a durar días enteros y su recuerdo, años.
No es posible que una persona como usted, caballero, y por qué no decirlo, un escritor como usted, confiese estos pecados. No puede ser que se sienta así, eso no tiene nada de bueno. Y tomar conciencia del fenómeno tampoco ayuda mucho.   
Pues de allí a cambiar de estilo, a encaminarse en dirección hacia una vida serena y prudente, exenta de ambiciones, no hay un paso, hay toda una vida; me refiero a la vida que ya ha vivido, que es la vida verdadera.
Existen almas selectas y existen almas ordinarias, usted pertenece a estas últimas.   

miércoles, junio 24, 2026

Vida entre mundiales

¿Qué mejor panorama para un viejo jubilado que sentarse ante el televisor o ante el computador para pegarse un atracón diario de partidos del Mundial de Fútbol, mientras afuera llueve o el frío arrecia?
Alguna vez, cuando el trabajo no me lo permitía, soñé con esa posibilidad; hoy la disfruto sin complejo alguno de culpa.
Veo los partidos con dos tipos de carga emocional. Tengo mis favoritos y también mis adversarios. Cuando juega un favorito disfruto enormemente su triunfo o me invade la amargura si pierde. Si juega un adversario la emoción es la misma, pero inversa. Vivo entonces una especie de resentimiento, una alegría en la derrota.
Lo curioso, que hasta hoy no me logro explicar, es que entre mis favoritos están ciertos equipos europeos y entre los adversarios, las selecciones sudamericanas. Mi principal favorito es Alemania y mi principal adversario es Argentina. En este Mundial no le guardo tanta fe a Alemania. No es la de antes, así que me estoy inclinando por Francia, Países Bajos e Inglaterra.
Con este ya entero dos mundiales como jubilado. Desde hace mucho tiempo se me hizo el hábito de dividir la vida en mundiales. Parecen tan lejanos cuando de pronto ya se están jugando.
¿Cuántos mundiales me restan? Solo Dios lo sabe.

sábado, mayo 23, 2026

Un velero navegando hacia ninguna parte

El viento helado golpea la cara; a lo lejos, tres tripulantes de un velero navegan rumbo a ninguna parte.
Mi ánimo no es de los mejores, lo agitan problemas por resolver. Imagino a los tres tripulantes entusiasmados con el viento que les azota la cara, yendo hacia el norte y hacia el sur mientras al velero se le inflan las dos enormes velas blancas. A bordo imagino enérgicas voces, risas, bromas; también imagino el ánimo de los tripulantes asumiendo la mesa puesta en el dulce hogar que les espera, la chimenea encendida, el pater familias sentado frente al fuego, enfrascado en Sherlock Holmes. Existen formas de felicidad canónicas, a pesar de los dictados de la doctrina social de la iglesia.
Necesito escribir, no puedo derrochar tiempo caminando hacia ninguna parte por la orilla del lago. Necesito dar con otra forma de belleza. Cada tanto hay que vaciar el alma como el agua del florero. 
¿Qué se esconde detrás de los problemas que torturan a la mente? La anhelada carencia, un vacío agradable.

miércoles, mayo 13, 2026

En torno al cuarto propio

Si se considera, como cifra aproximada, que hasta el día de hoy se han escrito entre 158 millones y 170 millones de libros desde la invención de la imprenta (sin contar primitivos manuscritos extraviados, incendiados, arrojados a la basura o usados para envolver pescado), dato aquel que solo Google y la IA son capaces de entregar, no asumo como pecados de descuido, dejadez o desinterés el hecho de haber tenido hibernando tantos años en mi estante la obra "Un cuarto propio", de VirginiaWoolf, sino como un simple hecho de la causa. En mi favor argumento que la lectura de "Las olas" resultó hace años para mí un excelenete tónico contra el insomnio (sospecho que hoy no lo sería en exclusiva; hay tantos ejemplares que me hacen dormir plácidamente; tal vez se deba a que los tomo a avanzadas horas de la noche, con la cabeza en la almohada y la luz del Kindle como único distractor). El caso es que mientras lo que se entiende por lectores cultos habían dado cuenta hace tiempo de ese manjar, yo me veía obligado hasta la semana pasada a hacerme el leso a la hora de los comentarios de salón y sobremesa.
No pretendo ni remotamente con esta nota construir un ensayo de la magnitud de la obra maestra de la integrante del excéntrico Círculo de Bloomsbury; también está lejos de mis temores internarme en el lago Llanquihue con el bolsillo lleno de piedras, por el momento.
Tampoco pretendo erigirme en comentarista o crítico de Virginia Woolf; a poco andar en la lectura de ese ensayo me quedó patente la distancia que media entre ambos. Distancia inalcanzable, por más libros que yo siga leyendo o cursos literarios que emprenda. Es un problema de cerebros, el mío a desplazamiento de tortuga; el suyo a borbotones, irradiando pensamientos a cada paso por el parque, literalmente hablando. De modo que solo está en mi ánimo fijar dos o tres ideas que me han marcado, quizás me han hecho cambiar de opinión acerca del tema del feminismo, tras la lectura de su texto.
La primera, para mí la más importante, es que he tomado conciencia (¡y vaya qué asombroso es tomar conciencia de algo que se presume obvio y que sin embargo pasa delante de nosotros apenas se nos presenta a la vista!) he tomado conciencia del rol al que durante miles de años fueron destinadas, arrinconadas, las mujeres. Civilización tras civilización, siempre dedicadas a la crianza, a las labores hogareñas (observación falta de originalidad, nada nuevo hasta el momento). Siempre pobres (esta realidad fue para mí novedosa), puesto que ni siquiera podían disponer de sus bienes, considerados patrimonio de sus maridos. Pasto para los buitres de sus hombres, que se ensañaban contra ellas físicamente. Sin posibilidad de acceder a la creación poética o novelesca (las excepciones las resume en muy pocos casos, Austen, las hermanas Brontë, George Eliot y muy pocas más, habiendo ignorado por rara causa a Mary Shelley). Woolf imagina la vida de una supuesta hermana de Shakespeare, Judith. La misma sensibilidad, la misma inteligencia. Pero todo lo que le daba aires de frescura y libertad al Bardo de Avon no lo tenía ella, no lo podía tener. No tenía ni lugar ni tiempo ni permiso para escribir, sencillamente. Eso desembocaba sin duda en horizontes estrechos, motivaciones menores. Es el mismo problema que tiene Jane Eyre, personaje mediante el cual su autora revela la opresión que la agobia, la lejanía del mundo reservado a los hombres, en un momento en que se encarama en una terraza y ve los prados a lo lejos, y detrás de ellos las montañas y más allá las grandes ciudades, privilegio de viajeros. 
Antes de afrontar su lectura tenía yo la idea de un libro consagrado a las virtudes de un buen cuarto, sueño de todo escritor. Amoblado con un escritorio de caoba, con su lámpara de bronce y pantalla verde en la cubierta, el computador al centro, cajoncitos con agendas, lápices, una buena chimenea en el rincón, una botella de whisky en la licorera y vasos de cristal tallado; alfombra sobre piso de madera y el distractivo de una música leve sonando desde algún recodo de la estantería repleta de libros; un sofá para echarse en los momentos de agotamiento o falta de inspiración. Una ventana que da al bosque, a la playa, al lago o a la gran ciudad mirada desde arriba. Cuán lejos estaba de esa construcción burguesa, cuán lejos de la idea de la autora, que a poco andar comprendí que apuntaba a reivindicar su propio sexo, sin disparar demasiado contra el complementario.
Porque si hay algo que agradecerle a Virginia Woolf es su falta de odio, su falta de resentimiento contra los hombres. Ella visita el Museo Británico, buscando libros que la ayuden con el ensayo que le han encargado (Las mujeres y la novela). Desde luego, los doce volúmenes seleccionados de libros sobre mujeres están escritos por hombres. Hombres famosos, adinerados, poderosos, inteligentes. Y allí, hojeando páginas, ella sí detecta odio. ¿Por qué -se pregunta- estos hombres sienten odio cuando todo en sus vidas rezuma éxito, complacencia, bienestar? He allí un misterio.
Pienso que al día de hoy Virginia Woolf no sería feminista, no abrazaría esa arista belicosa del feminismo que tanto daño ha hecho, incluso a las mismas mujeres. Lo insinúa al maravillarse de que un homnbre y una mujer se encuentren en una esquina de Londres, se suban al mismo taxi y partan con rumbo desconocido. Dos almas diferentes que se reúnen en torno al mismo fin, así debiese ser la relación de los dos sexos, colijo de su ejemplo. No hay en este libro, entonces, ánimo alguno de venganza. Y lo que se cuenta sobre la desigualdad hombre-mujer, se cuenta con datos sólidos casi ausentes de análisis. Presenta cifras. Expone hechos, opiniones que han quedado impresas, como la del profesor Trevelyan, en su Historia de Inglaterra ("Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos... La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera...").
Se estremece, casi se horroriza, al constatar que en el tiempo que está detrás del Siglo Diecisiete, no existan mujeres poetas, mujeres escritoras, así como tampoco referencias a la vida de las mujeres; tan secundaria era la presencia del segundo sexo en el mundo. 
Hay, sin embargo, un asunto que no toca, tal vez porque no forma parte de su ámbito de investigación. Es el hecho indiscutible de la primacía en el tiempo del sexo masculino sobre el femenino. En el tiempo que va de la prehistoria hasta, digamos, buena parte del Siglo Veinte. Esa primacía no es gratuita, no puede ser casual, algo la debió originar. Y esa especulación Virginia Woolf no la intenta.
Mi humilde opinión, fundada en una mera intuición, es que la partida la decidió desde el comienzo la mayor fuerza bruta del hombre. Fue la naturaleza la que dispuso que el macho fuese más alto, más pesado y más fuerte que la hembra; eso condicionó a la Historia y disfrazó de mil formas la relación entre ambos sexos. La duda válida, por lo tanto, es si la naturaleza cometió un error en esa forma de evolución, si allí Dios jugó a los dados y perdió.
Hoy todo está cambiando, sobran las razones. Aunque el origen del desequilibrio se mantiene. 

sábado, abril 18, 2026

Vuelco en el caso de la mujer tendida en la alfombra

Pil Dinen surgió de la nada y reestudió la escena. En el salón había un cuerpo femenino tendido en la alfombra; lo rodeaban tres caballeros en actitud de asombro. La mujer intentaba incorporarse, sin conseguirlo. "No ha sido nada... me desmayé", se justificó ante los caballeros. Dinen la observaba a la distancia, detrás de ellos. 
Ingresó un médico; era de casualidad uno de tantos invitados a la fiesta, o eso le pareció al detective. La examinó, sin levantarla del piso; la mujer procedía como si quisiera darse a entender, pero sus balbuceos no ayudaban a la causa. El médico se puso de pie y llevó a los presentes a un rincón, donde en voz baja preguntó quién había sido el primero en verla.
-Vinimos al salón a fumar y beber unas copas y la vimos tirada en el piso, dijo uno de ellos. Dinen agregó: "Yo entré a continuación".
-Me parece que no es nada grave -dijo el médico. Se repondrá en unos minutos.
-¿Entonces podemos retirarnos? -preguntaron los caballeros.
-Sí -dijo el médico. 
Los tres caballeros volvieron a la fiesta; en el salón quedaron la mujer, el médico y Pil Dinen.
-¿Cuál es su diagnóstico, doctor? -preguntó Dinen.
-Solo ha sido un desmayo, no atribuible al consumo de alcohol; habrá que comprobar si consumió alguna droga. La mujer se incorporó con dificultad y tomó asiento en un sofá.
-¿Se encuentra mejor, señora?
-Sí, doctor.
El médico ordenó exámenes, emitió una receta, puso ambas hojas en sus manos y se despidió cortésmente. Pil Dinen le habló a la mujer.
-Disculpe usted. ¿Es conocida de los dueños de casa?
-No, señor -en el "señor" afloraba un dejo de sumisión-. Vine invitada por un amigo, pero mi amigo no llegó. 
-¿Es conocida del médico?
-No, aunque me parece haberlo visto un par de veces en un bingo del Club de Leones.
-Quisiera hacerme cargo de su caso -le propuso. La mujer pareció estudiar la propuesta con cierta perplejidad.
-¿Qué caso?
-El de su desmayo.
-No veo la necesidad, señor...
-Dinen. Me llamo Pil Dinen. Solamente deseo despejar unas dudas sobre este episodio del que por azar he sido testigo.
-Si es así, no veo motivo para negarme, aunque le insisto que me siento bien. 
Dinen le dio su teléfono, la mujer lo anotó; el salón quedó vacío.
La mujer lo llamó la semana siguiente, para comunicarle que ya disponía de los resultados de los exámenes. El investigador sugirió un café cercano, de esos cafés donde aún se puede conversar. No habían pasado treinta minutos cuando ambos se hallaban sentados en una mesa iluminada por una ventana que daba a la calzada, con cortinas semitransparentes. El garzón les extendió la carta; la mujer pidió un capuccino y Dinen un expreso doble, sin azúcar.
-¿Cómo se ha sentido? -preguntó Dinen.
-Muy bien, a pesar de las noticias.
-¿Trajo los exámenes?
-Aquí están.
Dinen estudió los resultados atentamente; luego se los devolvió.
-Lo que imaginaba -murmuró con un tono de inquietud.
-Me encuentro en perfectas condiciones; todos mis niveles están normales. Azúcar, lípidos, colesterol, presión, corazón, riñones, todo está bien... si no fuese por ese tumor en el cerebro. Está muy avanzado, señor Dinen.
Cuando el garzón depositó los cafés sobre la mesa la mujer comenzó a desplomarse, pero Dinen estaba atento. La afirmó con los brazos y la acomodó de nuevo en la silla. La mujer ya había vuelto en sí.
-Puede retirarse -le dijo al garzón, quien no atinaba a reaccionar.
-¿Le traigo agua a la señora? 
-Sí, por favor.
-¿Me perdí algo? -preguntó la mujer.
-Nada -dijo Dinen-. Beba de esta agua.
Veinte días después, al momento de las exequias, en las que le fue imposible dejar de advertir la escasez de asistentes, a pesar de la pompa con que una mano desconocida las había organizado, Pil Dinen cuestionaba el papel pasivo que había desempeñado respecto de la mujer, inundado de una vaga sensación de culpabilidad. No se perdonaba el hecho de que no se le hubiese practicado la autopsia ni que su cuerpo fuese a desaparecer en cuestión de horas, tras la cremación. Podría haber hecho algo más, se recriminaba, en un giro no usual de su personalidad. Culminada la ceremonia, ya se disponía a hacer abandono del lugar cuando un hombre lo tomó del brazo y le habló con suavidad.
-Señor Dinen, ¿nos sentamos un momento? Deseo compartir algo con usted.
-Claro, claro, aunque me aguarda un compromiso por cumplir...
Escogieron un escaño a la sombra del abedul, cuyas hojas el otoño había variado del verde al amarillo.
"Quisiera hablarle de mi tía Nadia", comenzó. El investigador detuvo el entusiasmo de su interlocutor, presionándole uno de sus brazos con la mano. "Sospecho que su relato le tomará bastante más que diez minutos, tiempo del que en este preciso instante no dispongo. Y en vista de que la muerte de su tía es un hecho consumado, estimo que ya no existe apuro en conocer lo que usted quiere decirme, de modo que le sugiero me haga llegar sus impresiones por escrito. Esta es la dirección de mi oficina, señor..."
-Blas Novoa.
-¿Está de acuerdo con mi sugerencia, señor Novoa?
-No estoy acostumbrado a escribir, pero haré lo que me pide, señor Dinen. Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Decir que Dinen había olvidado el caso no es verdad; pero decir que diez días después se sorprendió cuando en su buzón halló la nota que le había pedido a Blas Novoa se acerca bastante a lo que sintió al tomar el sobre en sus manos. Sin apuro entró a su oficina, preparó café, se sentó, abrió el sobre y se dispuso a leer. Esto decía:
"Señor Pil Dinen
Estimado señor Dinen
Mi tía Nadia era poseedora de una incalculable fortuna. Era soltera, no tuvo hijos y yo era su único sobrino, el hijo de su hermana Blenia, mi mamá, ya fallecida. Sospecho que soy su único heredero. Temo que la justicia me investigue y me acuse de su muerte, por eso quisiera contratar sus servicios. Soy inocente.
Quedo a sus gratas órdenes
Blas Novoa". 
En la posdata figuraba su teléfono y su dirección.
En el rostro de Pil Dinen se dibujó una mueca intraducible. Solo alguien o algo que pudiese entrar en su cabeza podría interpretar correctamente ese gesto. El detective telefoneó a Novoa y le habló, con estas mismas palabras:
"Hola, Novoa, habla usted con Dinen... Bien. Estoy en mi oficina... Sí, la leí, por eso lo llamé... Me parece que está poniendo la carreta antes del buey... Quiero decir que no se anteponga a una eventual intervención de la justicia... Sí, tiendo a creerle, pero debo rechazar su oferta... Es que nunca he sabido de alguien que haya contratado a un detective para defenderlo de un crimen que no se ha cometido y del que no se le acusa... Es una manera de decir, no estoy negando que haya sido un homicidio... Bueno, yo podría el martes... Bien, allí estaré". 
Ahora el gesto fue menos hermético. Y era de extrañeza, de curiosidad. Por primera vez en el desempeño de su oficio, Dinen presintió que su olfato de investigador le jugaba una mala pasada. Una simple carta le informaba que la muerte de la tía Nadia pudo deberse no a la consecuencia natural de la fatídica progresión del tumor, sino a un crimen respaldado en sólidos motivos y con probables sospechosos.  
Sobrepasado el plazo de los vencimientos, Pil Dinen se dispuso a meditar. Para ciertos espíritus un clima como el de ese instante se presta para la provechosa reflexión; para otros no. Era un día horrible, una pesada capa de smog cubría la ciudad; hacía frío. Dinen encendió la estufa a parafina y se acomodó en su viejo sillón frente al artefacto. Una habitación ciega siempre será buena para atar cabos. Y así era, en efecto: la única ventana del cuarto daba a un monótono patio de luz. Le pareció recordar que Descartes había procedido de forma similar mientras le daba cuerpo a una de sus obras maestras. 
Novoa me ofreció algo valioso, sin sospecharlo. Parece más interesado en demostrar su inocencia que en la herencia de su tía Nadia. Es ilógico, además, eliminar a una persona que tiene sus días contados. Lo novedoso es que la fortuna de la tía ha resultado ser bastante menos incalculable de lo que sigue pensando su sobrino. Imagino que está extrayendo esa idea de la contradicción surgida entre ser relativamente indiferente al dinero y estar convencido de que se trata de una "fortuna incalculable", lo que lo convertiría en sospechoso. Debo concluir que Novoa ignora algo que yo intuyo, y por eso cree o que la justicia está siguiendo sus pasos o que una fuerza oscura dará con él y le provocará la muerte, así como le ocurrió a su tía. Por mi parte, dejo su suerte en manos del destino, para concentrarme en el enigma de la tía Nadia. He cometido errores en mi vida profesional, quién no los comete; pero en esta historia caí en una seguidilla de errores; no estaba acostumbrado a eso. Descuidé a la tía Nadia, conociendo su estado de salud -porque no es que presintiera su próxima muerte, es que la esperaba, todos la esperaban-; descuidé a los tres caballeros que estaban con ella en la habitación, observándola mientras se hallaba tirada en la alfombra. Entré a la sala a continuación, no retuve sus nombres ni sus direcciones, los dejé marcharse. Y en cuanto al médico, a los resultados de los exámenes. ¿Eran sus exámenes? ¿los de la tía Nadia? No verifiqué su nombre en la resonancia magnética, error infantil. ¿Por qué ella deseaba que yo supiera que iba a morir, si es que en realidad ha muerto? Es un hecho corriente que los deudos cierren la ventanilla del ataúd, para evitar miradas morbosas, pero debo admitir que aquí esa decisión le agrega un toque de misterio al caso. Porque, ¿quién estaba adentro, a quién incineraron? ¿A quién debo responderle por esta serie de hechos desafortunados? ¿Cómo ocurrió que terminé cayendo en las manos de un escritor de segundo orden? ¿Por qué me hallo sentado ante una estufa a parafina que me hace lagrimear, pudiendo disfrutar de un salón con la repisa de la chimenea cubierta de mármol? ¿Es por su honradez, por lo que da en llamar una vida cabal, digna, honesta? ¿O es por sus limitaciones? Esas pequeñeces que poco aportan a la historia no me quitan el sueño. Existió, o existe, una tía Nadia; la conocí, habló conmigo, la vi tirada en el piso. Existe un sobrino llamado Blas Novoa; lo he abandonado a su suerte. Existen tres caballeros de los cuales desconozco sus nombres; pueden tener vital importancia o relativa importancia o ninguna importancia en la solución del caso. Existe un invitado a esa fiesta que era médico, el que la examinó y ordenó los exámenes; ahora reparo en que se trata de un personaje engañosamente secundario. Y existe un "amigo ausente" de la tía Nadia, que no se presentó a la fiesta y sobre el cual lo ignoro todo. ¿Qué he sacado de ellos, qué les he sacado para el bien de la historia? Ni una emoción, ni un dilema moral, ni un sentimiento. Qué tengo contra los sentimientos, por qué los rehúyo en mis personajes de ficción; adónde me conduce ese afán de racionalizar las cosas más absurdas, ese afán de poner paños fríos, sobre todo de ridiculizar cualquier aspiración de grandeza, castigando al que se proponga tal finalidad. Sí, lo admito, soy ese detective que se adueña de sus casos, que no permite expresarse libremente a los demás personajes, que los mantiene bajo su yugo, haciéndolos bailar a su ritmo. Ese soy. Y lo que sí me quita el sueño es que no tengo la culpa, poco puedo hacer ante el dictador de la historia, a menos que lo obligue a imaginar un resquicio que le dé un poco de oxígeno a mi ser.
Días después lo llamó su contacto en el banco.
-Tenías razón, Dinen. Alguien anduvo rascando millones en la cuenta de tu famosa tía Nadia. Peter Fernández. Disponía de un poder otorgado por la occisa. 
Pil Dinen recordó que el nombre de Fernández figuraba entre los invitados a la fiesta. Debía de ser, casi con seguridad, el "amigo ausente".
-No pudo retirar su dinero si ella estaba muerta. Sus bienes se congelan mientras se definen los beneficiarios de la posesión efectiva. Tu banco no cometería un descuido grave, criminal, como ese.
-Claro que no. El retiro se hizo efectivo dos días antes de su muerte. Todo legal. Vale vista a nombre de Peter Fernández.
Si Fernández había huido al exterior con el dinero, existen países con extradición parcial a Chile; esto es, de difícil o casi imposible tramitación, conjeturó Dinen, y seleccionó Brasil, Francia, México y Argentina. Era cosa de comprobar a cuál de esos destinos pudo haber viajado, de haber asumido aquella opción... y con quién. Su intuición le aseguraba que con ese dato tendría medio caso solucionado. Arenas, su amigo de la Policía de Investigaciones, lo sacó de la duda rápidamente.
-Vuelo Latam 607 con destino a Sao Paulo. Martes 26 de mayo, 19 horas. Peter Fernández, asiento 14A.
-¿Está Nadia Bravo entre los pasajeros?
-No. Pero hay una mujer de nombre Nelda Prado. Asiento 14B.
-¿Me puedes enviar su foto por whatsapp?
-Espera... Ahí va.
Era ella. La tía Nadia.
Inmerso nuevamente en su anhelada soledad, Pil Dinen se dio a la tarea de esclarecer los motivos que dieron lugar a esa jugada de Peter Fernández y la tía Nadia. ¿Qué la llevó a emitir un vale vista a nombre de Peter Fernández para viajar posteriormente con él a Sao Paulo, en circunstancias de que ella misma pudo haber retirado el dinero, pues nada se lo impedía? ¿Con qué fin se hizo pasar por muerta y de ser así, quién fue incinerada, o incinerado, con su nombre? ¿Acaso un remedo de ser humano envuelto en trapos y objetos combustibles? ¿Por qué se dio el trabajo de tenderme la trampa de su enfermedad mortal, aparentando una actitud sumisa? Sin cadáver que exhumar, la tía Nadia era la coautora de un plan maquiavélico urdido para desaparecer, perderse como alma anónima en otras tierras junto al que pudiese ser el compañero de su vida. En ello no había delito alguno.
El desarrollo de los acontecimientos forzó un nuevo contacto con Blas Novoa. Este experimentó cierta inquietud al escuchar la voz del detective, o eso le pareció a Dinen. Convinieron en reunirse en el departamento de Novoa, a pesar del tímido rechazo suyo, de Novoa, se entiende, ante tal propuesta.
El sobrino de la tía Nadia era un honrado funcionario público, el amoblado de su piso lo daba a entender. Acababa de volver del trabajo. Sus dos hijas hacían las tareas en la mesa del comedor cuando Dinen tocó el timbre. A una sugerencia de Novoa, ambas se retiraron al dormitorio. Su mujer preparaba la once. Novoa la ayudó poniendo el mantel y sobre él, un canastillo de pan francés, mortadela, láminas de queso, mermelada industrial, azúcar, bolsas de té. Al momento de la sobremesa, Novoa dio inicio a la conversación del modo más inesperado.
-Le aseguro que yo no tengo nada que ver con la muerte de la tía Nadia, señor Dinen -su mujer lo tomaba del brazo en actitud protectora.
-Mi marido no se cansa de decirlo; hasta le ha dado por hablar dormido -agregó la mujer.
-Por mí, no tema, Novoa. Yo pienso lo mismo -lo tranquilizó Dinen-. El asunto es que su tía Nadia envuelve un misterio que me ha sido imposible resolver. Su fortuna no es tan grande como usted me lo sugirió en nuestro anterior encuentro; pero le informo que por ahora no hay herencia. La tía Nadia está viva...
-¿Viva? ¡No puede ser, si estuvimos en su funeral!
-¿La vio usted muerta?
-¡Claro que sí! O sea, vi el ataúd... La tapa estaba cerrada. Tiene razón, no le di importancia a ese detalle.
-¿Quién organizó las exequias?
-Debería haberlo hecho yo, pero me avisaron que una caja de compensación había corrido con todas las diligencias, además de los gastos. Le confieso que sentí alivio al saberlo.
-¿Quién le avisó?
-Me lo dijeron en la funeraria, cuando fui a hacer los trámites.
-¿Qué médico certificó la muerte?
-Un señor de canas. Se veía bien respetable.
-¿Este? -Dinen le mostró la foto del médico que estuvo en el salón junto a los tres caballeros.
-Sí, el mismo.
-La tía Nadia no ha muerto. La policía registra su salida del país, con el nombre de Nelda Prado, acompañada de un señor llamado Peter Fernández.
-¿El Peter?
-¡Te dije que la Nadia andaba en malos pasos! -reaccionó la mujer, más sorprendida que molesta.
-¿Conocían a Fernández?
-Peter era el jardinero de la tía Nadia. Tendrá unos veinte años menos que ella. 
-Y tan potijunta que se mostraba (la esposa de Novoa comenzaba a irritarse).
-Eso no convierte a Fernández en amante; tampoco en criminal, señora.
-Es verdad, Estela. ¿Qué piensa usted, señor Dinen?
-Ustedes me han dado datos relevantes. La relación entre Nadia Bravo y Peter Fernández. Más importante aún, la personalidad, la conducta que exhibía la tía Nadia ante la gente. Sin querer, señora Estela, usted usó el calificativo exacto, por vulgar que suene: potijunta. De modo que si se hubiese llegado a enamorar del jardinero, incluso si el enamoramiento hubiese sido recíproco, ella se habría sentido atrapada en una especie de cárcel moral, impedida de dar a conocer sus sentimientos. Eso explicaría la fuga del país.
-Perdimos la herencia, Blas -intervino la mujer, mientras en su rostro se dibujaba un amargo gesto de resignación.
-La verdad, señor Dinen, es que esto me quita un problema que me tenía obsesionado. Si lo que está diciendo es cierto, nadie me podría acusar de nada.
-Se equivoca, Novoa. Lo podrían acusar de encubrir un fraude. El único autorizado para realizar los trámites de incineración era usted, como pariente más cercano de ella. Queda además por investigar quién o qué fue incinerado en vez de su tía... si es que no era ella la que realmente yacía en el cajón.
-¿Usted cree que me pueden venir a buscar?
-La policía no. Para la ley no hay caso alguno. La muerte natural de una persona, la salida de otra persona del país y un retiro de dinero son realidades ajenas a lo ilícito. Aun así no doy el tema por cerrado. Persisten hilos sueltos en la trama. No haría mal en tomar ciertas precauciones durante un tiempo corto.
-¿Cuánto tiempo cree usted?
-Uno a dos meses. No le pido que se esconda. Siga trabajando normalmente, pero evite caminar solo por las noches; se lo digo a manera de ejemplo.
-Le agradezco su información. ¿Cuánto le debo?
-Tranquilo, Novoa. 
Dinen dejó el departamento envuelto en dudas y aprensiones. Debía dar con el médico, pero poco tardó en comprobar que el certificado de defunción no había sido emitido por el "respetable señor de canas", sino por la doctora Lidia Valdebenito, asociada al Colegio Médico con el número 4.724. Por otra parte, según la lista de invitados, el nombre del "médico" que asistió a la tía Nadia en la fiesta era falso. Al acceder a la doctora Valdebenito se llevó otra sorpresa. La doctora había firmado efectivamente el certificado de defunción tras constatar el fallecimiento de la tía Nadia. "La recuerdo perfectamente, señor Dinen, aunque no la conocía. Una mujer de mediana edad en su lecho de muerte. Me llamaron, fui a su casa. Había sufrido un infarto, pero lo que en realidad causó su deceso fue el tumor cerebral que sufría. Certifiqué la muerte y me retiré. Es todo lo que puedo decirle".
-¿Quién la llamó?
-Creo que se llamaba Fernández.
-¿Peter Fernández?
-Exacto, Peter Fernández. Dijo ser un empleado que estaba al cuidado de la señora.
Dinen sacó de su bolsillo una foto de la tía Nadia y se la enseñó a la doctora.
-¿Es ella?
-Sin duda.
Sus temores renacieron días después, al contestar un llamado a su celular. Era la esposa de Novoa.
-Estoy preocupada, señor Dinen. Vinieron a buscar a mi marido.
-¿Quién?
-Tres caballeros. Eran del banco y le pidieron que los acompañara, por el asunto de la herencia. Esto fue en la mañana. Antes de irse avisó al trabajo que iba a llegar más tarde, pero todavía no vuelve y en el trabajo no está. Dicen que no fue a trabajar.

La especulación es un arte del que se debe guardar distancia, especialmente cuando se aplica a los dominios de la literatura y, yendo más adentro, se aloja por la fuerza del hábito en las historias de detectives; si no se toma dicha precaución, la de guardar distancia, los cabos sueltos, en vez de atarse, se irán multiplicando y el resultado llevará al descrédito de la trama. Es el clásico pecado de los autores de cuentos y sobre todo de novelas policiales, aquel de introducir información relevante al final de la historia, la que lleva a la resolución del misterio. De allí que Pil Dinen, sin hacerse mayores complicaciones, haya decidido dar este caso por cerrado. "Prefiero dejar algunos datos en suspenso, a pesar de que cualquier lector medianamente inteligente podría llegar a la solución, prefiero eso a pasar por vanidoso y petulante", concluyó mientras salía de su oficina rumbo al café de costumbre.
En cuanto a mí, he de reconocer que no es la primera vez que el personaje de Pil Dinen me sobrepasa y tuerce el rumbo de la historia. Debe ser por la racionalidad de su ser, comparada con la imaginación desbordante, desordenada, de quien lo ha creado. Basta un segundo de descuido para que el argumento se mezcle con alguna obsesión, un deseo, un cambio en la dirección del viento, un problema de salud, una cuenta por pagar. Las aventuras del detective encienden la imaginación del autor y revelan sus carencias, manías y decisiones fallidas; llegan a ser un ejemplo de aquello que pudo haber fructificado y de un momento a otro se pasmó.

viernes, abril 17, 2026

Las costumbres cristianas han pasado de moda

Tras haber leído "Páramo Salvaje", la novela de María Elena Gertner, desearía detenerme un segundo en el tratamiento del motivo religioso. 
No se trata de negar la fe, especialmente de la autora, quien a menudo explica los actos de sus personajes, sus buenas acciones y sus malas acciones, como si fuesen presionados desde la altura por los mandamientos del catolicismo, como si cargaran una cruz insostenible, pareciendo bueno que así fuese. Se trata simplemente de que su lectura, a sesenta y tres años de haber sido escrita, perjudica a la obra, la hace ver pasada de moda. Esto es extraño, ya que la trama es innegablemente contemporánea; adelantada a su época.
Surge la pregunta de si es la mudanza de las costumbres la que avejenta una obra de arte. Dios, la religión, la práctica de la religión, han pasado hoy, mal que pese, a segundo plano. Si fuera ese el caso, el autor entonces sería inocente; no es su obra la que se avejentó, sino que los hábitos de la sociedad cambiaron, para bien o para mal, pero cambiaron. No he dicho evolucionaron.
En consecuencia, difícilmente la novela será leída por el público joven.
Y sin embargo Dostoievski, Kafka, el Libro de Job, obras escritas hace montones de años, hace siglos, continúan transmitiendo actualidad. 
¿Qué  aleja a "Páramo salvaje" de una obra clasíca?
Borges define como clásico "aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término". Luego se da a la tarea de ponerle trabas a esa definición para concluir que ciertos clásicos "prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición".