Visitas de la última semana a la página

domingo, marzo 15, 2026

Antiguos recuerdos, nuevas sensaciones

Las mañanas vienen acompañadas de sensaciones nuevas. Persisto en sepultarlas bajo los cálidos recuerdos de días anteriores; y sin embargo, afloran naturalmente como la punta del hielo filudo.
Una imagen relativamente similar sería esta:
El presente me traslada a sensuales recuerdos inquietantes, de desaprovechamiento de la belleza que tuve ante mí y no supe disfrutar. Reconstruyo escenas no presenciadas que años después, en la serenidad supuesta de la vejez, se tornan reales.  

lunes, marzo 09, 2026

Collyer, Cohen, uno al lado del otro en la estantería

Esas historias de Collyer, publicadas en su libro "Swingers", imagino que serán aquellas de las que la gente se burlará con simpatía en cincuenta años más. Porque, tal como ha ocurrido con los grandes, que no anduvieron ni por las tapas con la realidad de aquel supuesto tiempo futuro que intentaron describir, temo que nuestro escritor local vaya por las mismas. En el caso de los grandes, están sus obras maestras para enrostrarles sus equivocaciones. En el caso de Collyer, me atrevo a conjeturar que no quedará rastro de ellas. Aunque, cayendo en el juego, también me puedo equivocar. 
Describir futuros mundos tiene algo de presuntuoso. Desde luego, los temas tratan asuntos, problemas éticos, contradicciones actuales. No se desea advertir del futuro, se desea denunciar el presente. Se ha elegido un mal disfraz. El tema del cuento que le da el nombre al libro, por ejemplo, es el viejísimo drama de los celos, al que se suma en el último minuto una suerte de homosexualidad encubierta. Y esas ínfulas de darle tonos académicos a los relatos, de dónde vendrá, ¿de Borges, tal vez?
Yo he escrito cuentos parecidos. Me parece que los míos son mejores. Al autor siempre le parecerá que sus cuentos son mejores. Al leer a Collyer me planteo seriamente si esos cuentos míos están para autoeditarlos o sería mejor echarlos a la basura, quemarlos. Saldrían lindas llamas del fogoncito que me compré para amenizar las frías tardes frente a las estrellas, acá en el sur.
Lo que me intriga es que existan editoriales dispuestas a dilapidar sus fondos en autores como esos. Una buena publicidad puede mucho, una buena red de contactos, más aun. Pero al final el papel no engaña.
En suma, escritura impecable, interesante imaginación, que no llegan muy lejos. Un artista menos en mi lista de la envidia.
Ya he comentado antes, me parece, el secreto placer que siente el autor ante el fracaso de una obra ajena. Es verdad también que se vive un auténtico gusto al saborear palabras magistrales en obras consagradas. Generalmente el placer ante el fracaso se da con escritores contemporáneos y el placer ante el éxito se da con escritores viejos, o muertos. O sea, ídolos inmortales inofensivos.
Hay que tener agallas para rendirse ante un par.
Y ya que estamos con estas, no puedo dejar de mencionar al último de los autores nacionales que me tiene secuestrado entre sus páginas; digo secuestrado porque quisiera huir y no puedo, y no puedo no porque no quiera o me sienta hechizado, sino por esa mala costumbre que tengo de terminar lo que empecé.
A Gregory Cohen lo tomé en la biblioteca porque me sedujo el título de su libro, "El judío y la pornografía". Supuse que era un libro divertido escrito al estilo de Woody Allen o Philip Roth, este último bastante menos divertido que el primero. También lo tomé porque es de mi edad. Nacimos el mismo año. En la solapa se exaltan sus cargos de "profesor de cátedra" en las universidades Diego Portales, De Chile y Academia de Humanismo Cristiano. Tiene pergaminos.
Me ha costado leerlo, por sus pretensiones sociológicas, políticas, su estilo consistente en hurgar en las palabras, frases y sus significados, orígenes lógicos, darle vueltas a la tuerca, etcétera. Por sus pretensiones. De paso, condena a la dictadura chilena, un tópico que ha pasado a engrosar el tabú de las verdades irrebatibles. ¿Quién puede defender al nazismo sin arriesgar una feroz arremetida? Apenas se atrevió a hacerlo Serrano y no le costó barato; lo echaron al rincón, se mofaron de él. ¿Quién puede defender a la dictadura de Pinochet sin caer en el descrédito? Hermógenes Pérez de Arce lo hizo y su firma terminó siendo retirada de la página editorial A-3 de "El Mercurio". Y se trataba del columnista estrella del Decano. 
Es re fácil plegarse al sentimiento común, que es impermeable a la crítica. John Le Carré al menos le habría dado un giro a la historia. Y no es que esté hablando de un genio.
Pero Cohen, al que se le puede perdonar el uso errado del término paralogizado, habiendo querido decir paralizado, incurre en dos o tres faltas insignificantes pero más serias, que destruyen la lógica interna del relato. En la página 141 dice que uno de los personajes de la novela, Sofía, conoció en 1925 a un ingeniero ruso en Barcelona,"agente activo de la NKVD, organización policial y de contrainteligencia soviética". Pues bien, la historia enseña que la NKVD operó entre 1934 y 1946. A renglón seguido sostiene que "a fines de la Guerra Civil española, a horas de la caída de Madrid a manos de los golpistas falangistas, una parte de la delegación soviética ya volaba en un MIG poniendo a salvaguardia a Sofía y su hijo Boris". La Guerra Civil española finalizó el 1 de abril de 1939. El primer MIG surcó los cielos en abril de 1940. En la página 161 escribe: "En el año cincuenta dsignaron a Boris como agregado de prensa en la embajada soviética en Chile". Resulta que en 1950 no había embajada soviética en Chile. El gobierno de Gabriel González Videla la cerró en 1947 y el gobierno de Eduardo Frei Montalva restableció relaciones con la URSS en 1964. 
Cansa dedicar tiempo a estas cuestiones. No se trata de envidias, celos profesionales, detallismo enfermizo. Yo creo que lo hago para ejercitar los dedos y combatir la artrosis.   

viernes, marzo 06, 2026

El seductor y otros sofismas

El seductor debe interesarse en su objetivo; debe dejar algo de sí, una vez conquistado. 
Detrás de cada guerra subyace el dinero; detrás del dinero subyace el poder; detrás del poder reina la insatisfacción.
Cada travesía es un infinito de posibilidades que conducen a la misna meta.
La tragedia de la paternidad es que triunfamos cuando somos irrelevantes (Jay Kelly).

sábado, febrero 28, 2026

Repaso veraniego

De lo mucho acaecido en estos meses, de justicia sería comenzar el presente repaso veraniego con el viaje a México emprendido con mi esposa para encontrarnos con la Vale. En estricto rigor no se trató de un tour, aunque recorrimos bastantes ciudades, empezando por la capital y siguiendo con Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato. Estuvimos en las pirámides, visitamos el Museo Antropológico, pernoctamos en el bello centro histórico de Querétaro y en pleno Guanajuato, la ciudad de los túneles y de los estrechos pasajes flanqueados por casas empinadas en los cerros. Mas lo que de verdad necesitábamos constatar era la vida que está llevando nuestra maravillosa hija, uso maravillosa en el estricto sentido de la palabra. Saber más de su situación sentimental, sus problemas de salud, sus estrecheces económicas, su sencillo y delicado modo de vivir la vida. La dejamos allá, no sin ciertas inquietudes por resolver; espero que nos veamos nuevamente en marzo por un par de semanas, esta vez en Chile, sobre todo para festejar su cumpleaños.
Están, además, estos dos meses pasados con Patricia, plenos de ese amor maduro que tanta falta nos hizo en nuestra juventud, aunque a veces salpicados por discusiones debidas en parte a mi irritabilidad y cierta tendencia al menosprecio, que debo de haber heredado de mi madre; esto es, una actitud que llevo anlcada en el alma; en parte a su facilidad para reflotar malos instantes.
Santiago, La Serena, México, Santiago, retorno a la cabaña de Frutillar.
Experimento ya de forma apagada el recuerdo del estreno de mi obra de teatro en La Serena, "Las calaveras salen de juerga", que no llenó para nada mis expectativas y me hizo preguntarme a la salida, mientras caminaba la tarde de ese sábado por calles vacías, por qué el público no se reía... por qué...
En Frutillar tuvimos visitas; febrero es el mes de las visitas. Marcos, Cecilia, Paty y yo disfrutamos de una semana de amistad, paseos y cariño, días no exentos de peculiaridades, como aquella se sentirse extranjero en su propio país. Pero son detalles. Nunca debería uno arrepentirse de compartir con una pareja con la que se puede hablar de todo.
Me sobrevino, eso sí, esa colitis espantosa que me tuvo entre las cuerdas y que despertó en mi mujer una desconocida, novedosa especie de piedad hacia mi persona. Viví momentos humillantes, propios de una parte esencial de la naturaleza humana que tiende a esconderse; esto es, momentos indignos de cualquier espíritu noble que pase por la tierra.
Recibimos además la ansiada visita de Matías y Benicito, padre e hijo, síntesis de un solo corazón, del amor traducido a vida. Días magníficos en los que, sin embargo, el velo de la comunicación fallida caía de pronto entre nosotros. Pero esos momentos frente al humilde fogón, bajo el cielo limpio del sur, bajo las estrellas del sur, momentos de silenciosas reflexiones, acompañado de mis seres más queridos, son tesoros para desenterrar en las instancias grises de las que la vida está plagada.
Mi hija mayor se da el viaje de su vida a España, su segunda patria, a juzgar por su profesión de artista del baile flamenco. Todo le ha salido como miel sobre hojuelas.
Hoy, solo de nuevo, condenso en estas pocas líneas el verano que se va.

lunes, febrero 09, 2026

Solo, en la ciudad

A la salida del trabajo me ofrecen un Maserati; detrás de ese portento figura otro deportivo a mi disposición, un Lamborghini. Gratis, ambos en la calle, con las llaves puestas. 
No dispongo de cualidades excelsas para diferenciar al momento una oferta imperdible de una estafa. Tengo el defecto de no conectar con las personas que me hablan, la tendencia a evitar el encuentro de las miradas. El oferente, un hombre simpático de sonrisa fácil y traje claro, no termina de convencerme. La duda me aplasta. Las puertas de la oficina le abren entonces el paso a un avispado colega, que se sube al Maserati y desaparece en fracción de segundos. En cuanto al Lamborghini, acaba de entrar también al baúl de los recuerdos. Pero hay premio de consuelo. Un scooter tembleque, mejor dicho un monopatín, en el que me embarco al centro.
No más llegar a la plaza de armas me dejo llevar por el movimiento de la gente, desentendiéndome del ligero vehículo. El efecto contrario se produce en unos pelusitas, que olvidan sus correrías para acercarse a contemplarlo.
-¿Me lo presta, caballero?
-Claro, pero no se alejen.
Dicho y hecho: se alejan más de lo conveniente y me cuesta un mundo ubicarlos, pero doy con ellos. Están dando vueltas por la baldosa alrededor de un frondoso árbol muy bien cuidado, con una amplia taza que lo protege y le asegura una buena nutrición. Me subo nuevamente al monopatín, pero he aquí que me ocurre lo que tantas veces, por no decir lo de siempre: tropiezo dos veces con la misma piedra. Los chiquillos reaparecen y les vuelvo a prestar mi joyita. A los dos minutos me doy cuenta de que la he perdido, irremediablemente; dicho en otras palabras, me la han robado. Y dicho aun en otras palabras, les he facilitado el robo del monopatín.
Cuán equivocado estaba pensando que era mío. Nada es gratis en este valle de lágrimas. Crece mi ansiedad al pensar que debo devolverlo y no lo tengo, de modo que vago por las calles de la ciudad, solo, sin norte, imaginando un imposible.
En la disquería me las doy de sabihondo ante el señor de peluquín sentado al lado de la barra de los vinilos. Suenan los parlantes.
-¡Ah! ¡Los tres tenores!
-Desde luego.
-¿Conoce a los tres tenores?
-Desde luego.
(No los conoce).
-El que canta de Plácido Domingo. ¿Lo conoce?
-Me parece haberlo escuchado alguna vez.
(Lo ha escuchado un montón de veces, pero no lo ubica).
-Ahora canta José Carreras...
-Sí, por supuesto.
-Ahora canta... -no logro recordar al tercero, el más famoso. Llevo dos días fracasando en ese desafío, y no pienso recurrir a Google. Tengo en mi mente su gordura, su pañuelo blanco, la tristeza de sus ojos, la energía y suavidad de su voz toscana. La memoria es un delfín.
¡Cuán inofensivos, cándidos!, me resultan estos sueños, si los comparo con las pesadillas de días anteriores, eventos circulares incompletos que se repiten hasta la eternidad onírica, mientras el cuerpo va y viene rumbo al baño, depositando lo malo que hay en él en el vergonzoso receptáculo ideado por el hombre para calmar sus urgencias. 

Martes 17 de febrero, 15.47 hora local.
Luciano Pavarotti.

sábado, enero 31, 2026

Percepciones

Hay algo misterioso en la percepción de la propia imagen cuando se halla lejos del ambiente en el que acostumbra a vivir. Desde Santiago, me veo en el paraíso sureño de Frutillar inserto en un cubo claustrofóbico de soledad y silencio; la vida no se me hace grata, desaparecen mis ansiedades literarias junto con los hábitos adquiridos. Durante el viaje de retorno llevo solo una mochila, que carga dentro de ella, junto a calcetines, un libro y dos calzoncillos, una opresión en el estómago. Añoro entonces mi vida de familia, mis cafés matinales, la sonrisa de mis hijos y mis nietos, la compañía de mi esposa, la calidez de mis amigos. 
Desaparecido todo aquello, vuelvo a la nueva realidad para descubrir una vez más que se puede vivir una vida feliz en cualquier lugar, es cosa de adaptarse. Y si suprimo el pequeño adjetivo, la sensación es que se puede vivir en cualquier parte, que es cosa de adaptarse.

lunes, enero 19, 2026

Volar en círculos

Se me está haciendo tediosa la lectura de "Volar en círculos" (o "The Pigeon Tunnel", título original) del escritor espía británico John le Carré (David Cornwell, nombre original).
Esperaba más del hombre. Tal vez, como el ex periodista que soy, conozca demasiado bien los trucos para animar al lector, las descripciones de los personajes y la carga subjetiva que todo eso transmite, y que en el fondo deja al autor como lo que es: el dueño de su texto.
Tampoco me agrada esa refinada y apenas visible sed de venganza contra algunos de sus poderosos entrevistados.
Creo que sus memorias debieron pasar por alguna revisión de parte de otras manos.

viernes, diciembre 26, 2025

Desafiando a las masas

No es un buen día para sumergirse en la redacción de un relato turbio y vago de final desconcertante, pero la fuerza de la pesadilla que tuve hace tres días, y de la que traté de escapar, me obliga a hacerlo. 
Delante nuestro corría el auto gris, un suv de precio medio; nosotros viajábamos en uno parecido, tal vez un par de años más antiguo, ligeramente descuidado. Un puente mecano sin barandas rodeaba en un ángulo recto un risco caído a plomo. El auto delantero tomó la curva cerrada con imprudencia, de tal forma que la rueda trasera de la derecha quedó en el aire, con el vacío bajo ella. El auto se desequilibró, pero logró zafar. No se podría afirmar de sus ocupantes que fueran tan amigos nuestros; tal vez fuéramos colegas de oficina y nuestras familias se conocieran lo suficiente como para emprender este viaje juntos.
Seguimos hacia nuestro destino. 
Entramos a un camino de tierra, se nos presentó una nueva curva; mi compañero de viaje trató de tomarla en su vehículo antes que el camión con acoplado, pero el capó se incrustó debajo del acoplado. Hubo un momento de tensión. Si continuaba insistiendo, el auto quedaría despedazado. Mi amigo se echó hacia atrás, sin daños visibles. Con el barullo, en el camino de tierra se abrió un espacio para adelantar; juzgué que llegaba mi momento.
Aquí comienza el ensueño desbocado, unido con toda seguridad a mis primeros movimientos en la cama, que despertaron a mi mujer y la impulsaron a remecerme. Pero el sueño era más poderoso y prosiguió.
Avanzando en la pradera irrumpieron las masas. De un lado, las masas furibundas; del otro, yo, con los brazos abiertos, dispuesto a jugarme la vida, como se ve en las películas de batallas medievales. Las enfrenté con resolución, en una maniobra temeraria, valiente. De los sujetos de todas las edades que corrían a atacarme y pasaban de largo solo pude distinguir sus miradas inclementes. Yo no era el hombre invisible para las masas, pero su fuerza no era capaz de tumbarme, asì como yo tampoco lograba hacerles el menor daño.  
Al rato fui a dar al despacho del facineroso espeluznante. Era bastante grande de porte y sus gafas le daban un aire formal, de caballero altanero. Vestía delantal celeste de sanatorio, señal de que tan importante no era. Ahí me tuvo un buen rato, haciéndome exámenes y preguntas que no condujeron a nada.
Se daba ínfulas.
Luego de su perorata, o filípica, volvimos a la pradera. Ahora todo había cambiado; el aire, la percepción del paisaje, el ánimo con que se enfrenta lo desconocido. Había oscurecido; la luna llena alumbraba un entorno fantástico, acogedor. Desde los amplios ventanales del edificio de cuatro pisos nos miraban, nos juzgaban. Nosotros nadábamos desnudos, felices, sobre el verdor de las plantas y las arenas del suelo costero, sin hacerles mucho caso.
Son escasos, por no decir escasísimos, los momentos en que mis sueños se recubren de felicidad. No es extraño que esos pocos segundos se relacionen con desplazamientos en aguas cristalinas o, como en este caso único, con flotar sobre el paisaje semidesértico bajo una luna llena. Recuerdo que mi única precocupación era que mi barriga no luciera tan ostentosa, de modo que trataba de nadar al estilo pecho, ya que mirado el cuerpo desde los ventanales, mi espalda lucía de lo más digna.

jueves, diciembre 18, 2025

Stoner

Lo que cautiva de Stoner es la fluidez y sencillez del relato, la verosimilitud de la historia y la credibilidad y profundidad con que envuelve a sus personajes, que parecen de carne y hueso, copiados con calco de una realidad que a fin de cuentas es ficticia. Pero cuán ficticia. Me quedo con la interpretación de Vargas Llosa, resumida en el título de uno de sus ensayos: La verdad de las mentiras. 
Pocas veces este año, mejor dicho, creo que ninguna, he leído un libro poco menos que sentado en la punta del asiento, como mirando una película de suspenso, sin querer que termine y devorando las páginas con los ojos. Me asombra que en toda mi vida jamás haya oído hablar de John Edward Williams, el autor, y le agradezco a mi amigo Miguel Ángel Castillo, maestro de fuste, el habérmelo revelado. Resulta evidente que eso se debe a mi pobre cultura literaria, al hecho de leer al tuntún, sin método alguno, sin base académica. También sde me hizo evidente, a las pocas páginas, darme cuenta por qué me lo recomendó.
Al leer Stoner pareciera que escribir es fácil y dan ganas de imitarlo. Sucede lo mismo con Borges, con Kafka. A poco andar se descubre que son inimitables. Williams tiene la gracia de jugarse el pellejo en cada capítulo, en el que describe una situación específica de la vida de Stoner. No cae en la tentación de mezclar, a sabiendas de que la vida es mezcla. Él separa. Disecciona. Vierte su talento en el problema de turno, obliga al lector a concentrarse en esa etapa, y el lector se lo agradece. Todo aquello lo hace con una extraña humanidad, acaso reflejo de la piedad que sentía por el ser humano, tal vez por sí mismo, algo que no se ve en muchos escritores. Una novela como esa, que se alimenta de emociones, corría el riesgo de despeñarse hacia el viscoso terreno del melodrama. Williams atraviesa con éxito la cuerda floja, amenazado página a página por la tentación sentimentaloide. 
Leí Stoner antes, durante y después de la elección presidencial que le dio el triunfo a José Antonio Kast. El suceso (el mazazo a la izquierda, los vientos de cambio, la paliza republicana) pasaron a segundo plano en mi diario vivir.

domingo, diciembre 14, 2025

Hámsters

El problema central, que algún día habrá de resolver la ciencia, estriba en que el ser humano pueda reemplazar sin trauma alguno el peso de su pasado por algo nuevo, diferente, sin olvidar ni renegar de su pasado. Mientras eso no sea posible seguiremos girando en una rueda, atados a nuestros destinos, como hámsters.

viernes, diciembre 12, 2025

La Casa Rusia

El argumento es bastante sencillo, pero el autor se da maña para desarrollarlo en casi quinientas páginas de un libro con letra en cuerpo 11, me pareció.
El estilo fluye como las tramas de espionaje, siempre complicadas. No es fácil la lectura. El autor presenta las situaciones y a los personajes como si el lector los conociera de antemano; luego revela; es un truco que utilizan Bellow y tantos otros. Así, a menudo hay que retroceder algunos párrafos en la lectura.
La cantidad de personajes abruma. Solo una inteligencia atenta es capaz de retener a la perfección sus características físicas y psicológicas, la mía se confundía a veces. Terminé por rendirme ante el problema.
El suspenso la hace interesante.
Sobre el fondo no me cabría más que alentar una hipótesis: esta es una historia en la que los hombres, las instituciones, lo ponen todo en duda. Es el eterno conflicto de los países (gobernados por hombres) que desconfían unos de otros, sin atreverse a decidir a favor de la sinceridad, porque lo que está en juego es demasiado. Es la historia del amor como símbolo de redención, aunque esto último también queda bajo el manto de la duda.  

domingo, diciembre 07, 2025

Horas difíciles

Vienen a pasarlo bien, vienen a divertirse. ¿De qué me enfado?  ¿Por qué me angustio? Han esperado días para celebrar, han pagado, se han vestido para la ocasión, han limado asperezas entre ellos para vivir una tarde, una noche, de fantasía.
Sería esta la forma correcta de mirar las cosas, la forma constructiva, optimista y buena. Pero yo, angustiado por mi tranquilidad, por el futuro que me espera, los miro por detrás de los visillos.
¿Qué tranquilidad esta, la mía, que siempre me ha sido tan esquiva? ¿Qué futuro?
Mi mente se retuerce, se niega a aceptar la realidad desde ese punto de vista, se complace imaginando catástrofes. Anuncios apocalípticos, fin de una ilusión. Vuelven mis días a las salidas de mi padre que pronosticaban tormenta, combinadas con cuatro o cinco días de felicidad, después la nueva salida, ciclo eterno de infancia.  

jueves, noviembre 27, 2025

La derecha y la izquierda

Días atrás conversábamos por teléfono con mi amigo Roldán y llegamos al siguiente acuerdo: la especialidad de la derecha es crear riqueza, la de la izquierda, apoderarse de ella invocando la injusticia social, su caballito de batalla. Concordamos en que el aserto tiene mucho de caricaturesco; pronto nos cambiamos al tema de la situación meteorológica, luego repasamos nuestro día a día y desembocamos en anécdotas divertidas de nuestros años de oficina, antes de despedirnos hasta la próxima ocasión. 

sábado, noviembre 22, 2025

Parado, sentado, acostado

Recorriendo museos -algo de lo que no disfruto hace bastante tiempo- me preguntaba por qué esa práctica me cansaba tanto; llegué a la ingenua conclusión de que el cansancio se originaba en la lentitud y persistencia de la caminata. Esto es, caminar deteniéndose ante cada cuadro, no caminar a paso firme. Ahí estaba la explicación.
Hoy pienso diferente, pienso que la solución de ese enigma era más fácil todavía. El hombre nació para estar sentado; o sea, fue mal fabricado. El ideal es estar acostado, pero acostado no se puede vivir, no se puede progresar, el hombre acostado habría durado poco tiempo en la tierra. De allí que las horas de sueño sean tan apetecidas, se las imagina uno como un premio. Lo que se aguarda no es tanto el sueño como el estar acostado; para leer, comer cuidándose de echar migas dentro de la cama, ver televisión, incluso echarse un polvito. Las horas obligadas de sueño eximen de la culpa.
Estar sentado, hoy por hoy, es productivo. Se ve bien que el hombre esté sentado. Tome asiento señor, le cedo el asiento, señora. El Metro venía lleno, de milagro agarré un asiento. 
Qué sería de las oficinas si no hubiese sillas, ojalá con brazos y rueditas. Qué sería de las salas de espera de clínicas, hospitales, registro civil, bancos, sin asientos. Qué sería de los estadios, de los teatros, sin butacas.

sábado, noviembre 15, 2025

Disparates

Las razones por las él que me alentaba a descartar mis argumentos, mi percepción del fenómeno, eran atendibles y bien miradas las cosas, lógicas. Pero mi voluntad se negaba a inclinarse hacia el bando de la razón. Decidí que no iba a perder la batalla contra mí mismo.
Así fue como ocurrió todo; mantengo lo dicho -afirmé con un tono dubitativo, tímido. A un observador modesto le habría bastado esa vacilación para aplicar el aguijonazo extra que diera por terminado el duelo, por así llamarlo.
Creo, sin embargo, que mi interlocutor no captó el cambio de entonación, lo que me produjo un vago desencanto, pues más tarde descubrí que lo que anhelaba en el fondo de mi alma era ser humillado. El hecho fue que cerró abruptamente la carpeta y dio por concluido nuestro encuentro. 
De particularidades como la que acabo de narrar se van tejiendo historias que acaban en disparates. En cuanto a mi caso, estaba libre, libre una vez más para proseguir mi camino torcido.     

miércoles, noviembre 12, 2025

Exabrupto de mi madre

El asunto no era que mi madre se hubiese vuelto loca. El asunto era que se había revelado de la forma más inapropiada, abriéndose parte del brazo con una cuchilla y removiendo con el dedo de arriba abajo la herida ensangrentada, hundiéndolo en los tejidos, las venas, los músculos, delante de medio mundo. Mientras me lo contaban, yo me la imaginaba haciendo ostentación de su acto, refregándose maliciosamente la abertura de la carne con la mirada perdida. No se trataba de un intento de suicidio, se trataba de una conducta obscena de exhibicionismo. 
Eso me lo había contado Víctor, rompiendo una promesa. Mi madre le había hecho prometer que no me diría nada. Después de mucho insistirle me había narrado el drama. Era segunda o tercera vez que yo telefoneaba a la casa de mis padres; finalmente accedía a la verdad.
Me había llamado la atención que siempre me contestara Víctor. Él ya no vivía en la casa, no tenía por qué estar allí. Pero estaba, y debía de haber una razón de peso para que abandonara sus propias obligaciones, y para que se mostrara tan parco en el trato a la distancia. Ahora ya la conocía.
¿Por qué estaba él y no estaba yo? ¿Por qué mi madre no quería que yo me entarara de su exabrupto, para protegerme o como muestra de desconfianza, esto es, para castigarme? Dos misterios que quedarán para una reflexión más reposada.  

martes, noviembre 11, 2025

Que. Mente. Todos. Etc.

Leyendo a Flaubert, y a lo que Barnes escribió sobre Flaubert, se me despertaron las obsesiones relacionadas con la palabra escrita. En una parte de su libro, Barnes fotocopia unos recortes del maestro francés. Uno de los que me llamó la atención, porque al principio no lo entendí (luego me parece haber despejado el misterio que de paso da origen a estos apuntes) alude al subrayado del vocablo "que", utilizado varias veces en el mismo párrafo por el autor que Flaubert estudiaba en ese momento. Recordé a José Donoso y supuse que Flaubert pensó que esa reiteración afeaba el texto, lo alejaba de su propia obsesión por cazar la palabra justa, el término exacto. A Donoso, quien a mi juicio es más famoso de lo que justifica su obra, le leí una vez que había que evitar los "que", sin explicar sus razones para ello. Debió de escribir eso influenciado por Flaubert. Al igual que Jorge Edwards, le gustaba compararse con los monstruos, Flaubert en su caso y Montaigne en el de Edwards.
El asunto es que estas barbaridades me contagiaron y empecé a fijarme en los "que" en cada libro que leo; asimismo, he intentado evitarlos en mis propios escritos, sin ningún éxito, a juzgar por lo que se lee aquí. En estas pocas líneas ya lo he usado doce veces, sin contar los entrecomillados.
Tratar de reemplazar la conjunción que es difícil, sino imposible; lo mismo vale para el pronombre relativo que: son demasiadas las ocasiones en que su uso lo exige. Ayer mismo leía un cuento de Borges, de quien no se podría decir que escriba mal o que utilice lugares comunes. Los que eran infaltables en cada párrafo. Y con esto pongo punto final al problemilla de los que, antes de que a la sesera se le agregue una causa más para su deterioro, descontando el paso de los años. Hacía tiempo que no estaba de acuerdo conmigo mismo: su uso es inevitable. Y qué.
Paso a continuación a abordar los mente.
He aquí un asunto más fácil, sobre el cual nos han alentado una multitud de autores pesos pesados, sin ir más lejos Vargas Llosa y García Márquez, antes o después de que se agarraran a trompadas, realmente no lo recuerdo, en todo caso antes de que pasaran a mejor vida. Ellos se cansaron de alertar sobre el abuso de los adverbios, otros lo siguen haciendo, especialmente aquellos terminados en mente (ojo, llevo dos en el mismo párrafo, me queda solo un tiro más en el cartucho antes de ser condenado al bostezo que según se proclama causan los momentáneamente, escandalosamente, sigilosamente, libremente, etc. Corregir). Se ve brava la cosa, es harto complicado entrar a explicar por qué no se debe abusar de los adverbios terminados en mente, pareciera que el oído es el que dicta esa norma no escrita, o el sentido común. Si existen alternativas, yo le recomiendo que las use y y así se evitará problemas con la crítica (al lector estos detalles no le importan; con suerte entenderá el sesenta por ciento de lo que usted escribe, me refiero a cuando escribe claro, clarísimo. Y si el lector bosteza es que lo que escribe es notablemente aburrido, aunque también puede que sea ligeramente aburrido, dejémoslo en aburrido). 
Otro adverbio que se cuela como que no quiere la cosa en montones de textos es muy y su primo hermano mucho. Decir que Joseph Cotten fue un buen actor es condenarlo al escalafón de la mediocridad, por eso es mejor que Joseph Cotten haya sido un catalogado de muy buen actor; también de gran actor; pero sonaría feo decir que fue un muy buen gran actor, sonaría raro, entre exagerado e irónico. Lo mismo con su primo hermano mucho. No sería políticamente correcto afirmar que el cantante Luis Jara se veía gordito en sus primeros tiempos porque comía mucho Lucho. El recato sugiere el comentario siguiente: Lucho Jara se veía gordito porque comía. No. Algo falta.
O sea, el muy y su primo hermano a veces son exigibles, pero allí estriba la trampa. A la vuelta de la esquina el picoteo estuvo muy rico, me gustó mucho la película, lo que pasa es que él la quiere mucho a ella y ella no lo quiere tanto a él; en ese caso sería mejor, mucho mejor, por el bien de la pareja, oír que él la quiere a ella y ella lo quiere a él. O que ella lo quiere mucho poquito y nada y que él la quiere más que a su propio ser, o tanto como su propio ser, es casi igual, siempre que ella lo quiera aunque sea un poquito, pero no muy poquito, pienso que en ese caso es mejor que se separen.
Y qué decir de todos, que puede ser adjetivo o pronombre. Les pido que se fijen en una noticia cualquiera de los diarios o en novelas escritas por aspirantes al salón de la fama. Los todos salen hasta en la sopa. No daré ejemplos. Está bien decir que todos los días pueden ser Navidad, pero está mal decir Feliz no cumpleaños te deseamos a tú. Me la juego al todo o nada. A propósito de nada, la Rae define a la nada como la inexistencia total o carencia absoluta de todo ser. Se fue al chancho. Y en relación con lo que es mi personita, al revisar mis textos saco todos los todos y aun así se me pasan unos cuantos.
Por ahora no me voy a meter con los signos, no lo considero prudente; estos plumíferos insignificantes ya vienen siendo cosa de estilo, estoy hablando del guión que usan los periodistas en sus entrevistas, el punto y coma del que abusa Borges con elegancia, los puntos suspensivos de Céline, el punto seguido de Ramírez Capello, etcétera etcétera etcétera...
No sé por qué de repente me da por escribir estas leseras. Ya sería hora de sentar cabeza. Hasta cuándo la misma farsa. 

lunes, octubre 27, 2025

Desacuerdos de oficina

En síntesis, el editor del diario provinciano cuestionaba mis iniciativas. Ostentaba su poder delante de los demás reporteros, a lo más habría dos o tres en la oficina; insinuaba en modo potencial que yo tendría la obligación de consultarlo antes de proceder. Es más, no podía andar desparramando mi estilo con viento fresco; aquí las cosas no eran así.
Yo lo escuchaba sin importarme un rábano, sus palabras me entraban por un oído y me salían por el otro. No es que lo menospreciara; sencillamente él no acababa de entender mi posición en el periódico. Yo había llegado voluntariamente a colaborar. Regalaba mi talento a la empresa, que se beneficiaba objetivamente de él; eso sí que el editor lo entendía, de allí que sus críticas fuesen medrosas, hipócritas. De manera que todo continuó tal cual; él había desperdiciado saliva y yo acentuaba mi prestigio; no hubo más drama que eso.
Diferente fue la situación en la vieja casa de mi colega y amigo José Gai. Allí se respiraba generosidad, aunque las cosas no cuadraban. El lavamanos estaba tapado y el orinal goteaba, mojando la baldosa. El otro baño no lucía mejor y la cocina era un desastre de ollas amontonadas en el lavaplatos, aunque todos parecían convivir alegremente en medio del caos.
Gai me preguntó si ya lo había hecho y le contesté que sí. Nos despedimos cariñosamente; al ayudante quise darle un abrazo en el pasillo, pero se mostró reticente; tal vez temía ser apuntado con el dedo, mala cosa para él, considerando su bajo perfil. Las mujeres de la casa no presentaban características que se acoplaran al recuerdo. Al jefe lo seguí a la calle; el caballero vestía un terno gris y atravesaba la plaza rumbo a la escala que daba al edificio público. Era un hombre maduro, amable, reflexivo, pero tampoco estaba para abrazos. Decidí continiuar con mis asuntos, en un estado de ánimo optimista.     

lunes, octubre 20, 2025

Después del concierto

-¿Estás bien?
-¿Por qué lo preguntas?
-Te noto extraño.
-Estoy bien. No sé... a veces...
-Andas mirándote en todas partes. Aprovechas cada espejo, cada escaparate para mirarte. ¿Crees que no me he dado cuenta?
-No es nada. Quiero ver el programa, convídame el programa, por favor.
-Pavana para una infanta difunta. Concierto para violín, de Korngold. La Inconclusa de Schubert.
-Ah... cuánto esperaba este concierto.
-No preguntes por el programa, entonces. Te lo sabes de memoria.
-Son los detalles, amor. Me interesan los detalles.
A la salida, bajo la noche serena, camino a casa, las calles silenciosas, ella lo reconviene.
-Ya estás con ese tic. Te has mirado tres veces, hasta retrocediste para volver a mirarte en la puerta de vidrio de ese edificio.
-No me di cuenta. Tendré la cabeza en otra parte.
-¿Qué estás tratando de comprobar?
-Si te lo digo... ¿me creerás? ¿O pensarás que me estoy volviendo loco?
-Llevo años pensando que estás loco. Y no te creas tan listo. Los locos no son más inteligentes que los cuerdos, solo son más locos.
-Tu palabra posee el don misterioso de cerrarme los caminos. Siempre ha sido así.
-No dramatices. Habla, aprovecha el momento, ha sido un hermoso concierto, estamos en confianza. Pero no exageres.
-Está bien, me lanzo entonces. ¿No te sucede, como a mí, que necesitas comprobar una y otra vez que eres tú, que eres tú la que camina con tu cuerpo? Es algo así como... no te burles... lo digo en serio. Tengo que verme de frente, de perfil, de espaldas, ver mi cabeza, mi pelo cano y raleado, mi nariz ganchuda, ver las fotos que me toman sin aviso. Ya es una obsesión, la de verme no como yo creo que me veo, sino verme desde afuera, como siempre me han visto mis hijos, tú, mis amigos, los desconocidos con los que se cruza mi figura... Hace un tiempo, un mes, no sé, dos meses, se me fue volviendo imperioso darle una vuelta de tuerca a mi verdadera identidad, la que ahora se me antoja que no se halla dentro de mis ojos, sino en lo que reflejan de mí los espejos, las miradas ajenas
-¿Y qué has logrado con eso?
-Cada vez que enfrento esa experiencia me doy cuenta de que el que creía ser yo era otro. Durante años me creí más grande de lo que realmente era. Los espejos me están revelando una realidad escondida, están aplastando mi orgullo. Mi próximo tiempo debería dedicarlo a adaptarme a esta nueva condición.

sábado, octubre 18, 2025

La fábrica

Decido crear de la nada un par de protagonistas de una ficción por escribir. Ella será una lumbrera; él, un operario en una fábrica de ensamblaje. Ambos vivirán en una modesta población. Noto que ya existen antecedentes, si se escarbara en aspectos secundarios de mi vida. 
-Dónde vas.
-Necesito beber.
-No vuelvas muy tarde.
Atraviesa la ciudad, la pequeña ciudad, hasta llegar al bar. El cantinero le pregunta:
-¿Lo de siempre, señorita?
Ella bebe con melancolía, sentada frente a la ventana que da a la calle. La gente pasa y la mira.
En historias como estas no es raro que al bar entre un criminal -conocido o desconocido para la mujer, eso se sabrá más tarde- y se siente en su mesa. El criminal puede ser un pervertido, un terrorista o un asesino en serie.
-Invítame a un trago.
La joven hace un gesto; el cantinero se acerca con una cerveza.
-No, algo más fuerte.
-Tráele lo que pide, Renán.
El mensaje gestual ha sido comprendido.
-¿Vienes conmigo? Quisiera presentarte a mi pareja. Trabaja en la fábrica de ensamblaje.
-Hoy no, podría ser mañana.
-Aquí estaré.