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sábado, mayo 23, 2026

Un velero navegando hacia ninguna parte

El viento helado golpea la cara; a lo lejos, tres tripulantes de un velero navegan rumbo a ninguna parte.
Mi ánimo no es de los mejores, lo agitan problemas por resolver. Imagino a los tres tripulantes entusiasmados con el viento que les azota la cara, yendo hacia el norte y hacia el sur mientras al velero se le inflan las dos enormes velas blancas. A bordo imagino enérgicas voces, risas, bromas; también imagino el ánimo de los tripulantes asumiendo la mesa puesta en el dulce hogar que les espera, la chimenea encendida, el pater familias sentado frente al fuego, enfrascado en Sherlock Holmes. Existen formas de felicidad canónicas, a pesar de los dictados de la doctrina social de la iglesia.
Necesito escribir, no puedo derrochar tiempo caminando hacia ninguna parte por la orilla del lago. Necesito dar con otra forma de belleza. Cada tanto hay que vaciar el alma como el agua del florero. 
¿Qué se esconde detrás de los problemas que torturan a la mente? La anhelada carencia, un vacío agradable.

miércoles, mayo 13, 2026

En torno al cuarto propio

Si se considera, como cifra aproximada, que hasta el día de hoy se han escrito entre 158 millones y 170 millones de libros desde la invención de la imprenta (sin contar primitivos manuscritos extraviados, incendiados, arrojados a la basura o usados para envolver pescado), dato aquel que solo Google y la IA son capaces de entregar, no asumo como pecados de descuido, dejadez o desinterés el hecho de haber tenido hibernando tantos años en mi estante la obra "Un cuarto propio", de VirginiaWoolf, sino como un simple hecho de la causa. En mi favor argumento que la lectura de "Las olas" resultó hace años para mí un excelenete tónico contra el insomnio (sospecho que hoy no lo sería en exclusiva; hay tantos ejemplares que me hacen dormir plácidamente; tal vez se deba a que los tomo a avanzadas horas de la noche, con la cabeza en la almohada y la luz del Kindle como único distractor). El caso es que mientras lo que se entiende por lectores cultos habían dado cuenta hace tiempo de ese manjar, yo me veía obligado hasta la semana pasada a hacerme el leso a la hora de los comentarios de salón y sobremesa.
No pretendo ni remotamente con esta nota construir un ensayo de la magnitud de la obra maestra de la integrante del excéntrico Círculo de Bloomsbury; también está lejos de mis temores internarme en el lago Llanquihue con el bolsillo lleno de piedras, por el momento.
Tampoco pretendo erigirme en comentarista o crítico de Virginia Woolf; a poco andar en la lectura de ese ensayo me quedó patente la distancia que media entre ambos. Distancia inalcanzable, por más libros que yo siga leyendo o cursos literarios que emprenda. Es un problema de cerebros, el mío a desplazamiento de tortuga; el suyo a borbotones, irradiando pensamientos a cada paso por el parque, literalmente hablando. De modo que solo está en mi ánimo fijar dos o tres ideas que me han marcado, quizás me han hecho cambiar de opinión acerca del tema del feminismo, tras la lectura de su texto.
La primera, para mí la más importante, es que he tomado conciencia (¡y vaya qué asombroso es tomar conciencia de algo que se presume obvio y que sin embargo pasa delante de nosotros apenas se nos presenta a la vista!) he tomado conciencia del rol al que durante miles de años fueron destinadas, arrinconadas, las mujeres. Civilización tras civilización, siempre dedicadas a la crianza, a las labores hogareñas (observación falta de originalidad, nada nuevo hasta el momento). Siempre pobres (esta realidad fue para mí novedosa), puesto que ni siquiera podían disponer de sus bienes, considerados patrimonio de sus maridos. Pasto para los buitres de sus hombres, que se ensañaban contra ellas físicamente. Sin posibilidad de acceder a la creación poética o novelesca (las excepciones las resume en muy pocos casos, Austen, las hermanas Brontë, George Eliot y muy pocas más, habiendo ignorado por rara causa a Mary Shelley). Woolf imagina la vida de una supuesta hermana de Shakespeare, Judith. La misma sensibilidad, la misma inteligencia. Pero todo lo que le daba aires de frescura y libertad al Bardo de Avon no lo tenía ella, no lo podía tener. No tenía ni lugar ni tiempo ni permiso para escribir, sencillamente. Eso desembocaba sin duda en horizontes estrechos, motivaciones menores. Es el mismo problema que tiene Jane Eyre, personaje mediante el cual su autora revela la opresión que la agobia, la lejanía del mundo reservado a los hombres, en un momento en que se encarama en una terraza y ve los prados a lo lejos, y detrás de ellos las montañas y más allá las grandes ciudades, privilegio de viajeros
Antes de afrontar su lectura tenía yo la idea de un libro consagrado a las virtudes de un buen cuarto, sueño de todo escritor. Amoblado con un escritorio de caoba, con su lámpara de bronce y pantalla verde en la cubierta, el computador al centro, cajoncitos con agendas, lápices, una buena chimenea en el rincón, una botella de whisky en la licorera y vasos de cristal tallado; alfombra sobre piso de madera y el distractivo de una música leve sonando desde algún recodo de la estantería repleta de libros; un sofá para echarse en los momentos de agotamiento o falta de inspiración. Una ventana que da al bosque, a la playa, al lago o a la gran ciudad mirada desde arriba. Cuán lejos estaba de esa construcción burguesa, cuán lejos de la idea de la autora, que a poco andar comprendí que apuntaba a reivindicar su propio sexo, sin disparar demasiado contra el complementario.
Porque si hay algo que agradecerle a Virginia Woolf es su falta de odio, su falta de resentimiento contra los hombres. Ella visita el Museo Británico, buscando libros que la ayuden con el ensayo que le han encargado (Las mujeres y la novela). Desde luego, los doce volúmenes seleccionados de libros sobre mujeres están escritos por hombres. Hombres famosos, adinerados, poderosos, inteligentes. Y allí, hojeando páginas, ella sí detecta odio. ¿Por qué -se pregunta- estos hombres sienten odio cuando todo en sus vidas rezuma éxito, complacencia, bienestar? He allí un misterio.
Pienso que al día de hoy Virginia Woolf no sería feminista, no abrazaría esa arista belicosa del feminismo que tanto daño ha hecho, incluso a las mismas mujeres. Lo insinúa al maravillarse de que un homnbre y una mujer se encuentren en una esquina de Londres, se suban al mismo taxi y partan con rumbo desconocido. Dos almas diferentes que se reúnen en torno al mismo fin, así debiese ser la relación de los dos sexos, colijo de su ejemplo. No hay en este libro, entonces, ánimo alguno de venganza. Y lo que se cuenta sobre la desigualdad hombre-mujer, se cuenta con datos sólidos casi ausentes de análisis. Presenta cifras. Expone hechos, opiniones que han quedado impresas, como la del profesor Trevelyan, en su Historia de Inglaterra ("Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos... La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera...").
Se estremece, casi se horroriza, al constatar que en el tiempo que está detrás del Siglo Diecisiete, no existan mujeres poetas, mujeres escritoras, así como tampoco referencias a la vida de las mujeres; tan secundaria era la presencia del segundo sexo en el mundo. 
Hay, sin embargo, un asunto que no toca, tal vez porque no forma parte de su ámbito de investigación. Es el hecho indiscutible de la primacía en el tiempo del sexo masculino sobre el femenino. En el tiempo que va de la prehistoria hasta, digamos, buena parte del Siglo Veinte. Esa primacía no es gratuita, no puede ser casual, algo la debió originar. Y esa especulación Virginia Woolf no la intenta.
Mi humilde opinión, fundada en una mera intuición, es que la partida la decidió desde el comienzo la mayor fuerza bruta del hombre. Fue la naturaleza la que dispuso que el macho fuese más alto, más pesado y más fuerte que la hembra; eso condicionó a la Historia y disfrazó de mil formas la relación entre ambos sexos. La duda válida, por lo tanto, es si la naturaleza cometió un error en esa forma de evolución, si allí Dios jugó a los dados y perdió.
Hoy todo está cambiando, sobran las razones. Aunque el origen del desequilibrio se mantiene. 

sábado, abril 18, 2026

Vuelco en el caso de la mujer tendida en la alfombra

Pil Dinen surgió de la nada y reestudió la escena. En el salón había un cuerpo femenino tendido en la alfombra; lo rodeaban tres caballeros en actitud de asombro. La mujer intentaba incorporarse, sin conseguirlo. "No ha sido nada... me desmayé", se justificó ante los caballeros. Dinen la observaba a la distancia, detrás de ellos. 
Ingresó un médico; era de casualidad uno de tantos invitados a la fiesta, o eso le pareció al detective. La examinó, sin levantarla del piso; la mujer procedía como si quisiera darse a entender, pero sus balbuceos no ayudaban a la causa. El médico se puso de pie y llevó a los presentes a un rincón, donde en voz baja preguntó quién había sido el primero en verla.
-Vinimos al salón a fumar y beber unas copas y la vimos tirada en el piso, dijo uno de ellos. Dinen agregó: "Yo entré a continuación".
-Me parece que no es nada grave -dijo el médico. Se repondrá en unos minutos.
-¿Entonces podemos retirarnos? -preguntaron los caballeros.
-Sí -dijo el médico. 
Los tres caballeros volvieron a la fiesta; en el salón quedaron la mujer, el médico y Pil Dinen.
-¿Cuál es su diagnóstico, doctor? -preguntó Dinen.
-Solo ha sido un desmayo, no atribuible al consumo de alcohol; habrá que comprobar si consumió alguna droga. La mujer se incorporó con dificultad y tomó asiento en un sofá.
-¿Se encuentra mejor, señora?
-Sí, doctor.
El médico ordenó exámenes, emitió una receta, puso ambas hojas en sus manos y se despidió cortésmente. Pil Dinen le habló a la mujer.
-Disculpe usted. ¿Es conocida de los dueños de casa?
-No, señor. Vine invitada por un amigo, pero mi amigo no llegó. 
-¿Es conocida del médico?
-No, aunque me parece haberlo visto un par de veces en un bingo del Club de Leones.
-Quisiera hacerme cargo de su caso -le propuso. La mujer pareció estudiar la propuesta con cierta perplejidad.
-¿Qué caso?
-El de su desmayo.
-No veo la necesidad, señor...
-Dinen. Me llamo Pil Dinen. Solamente deseo despejar unas dudas sobre este episodio del que por azar he sido testigo.
-Si es así, no veo motivo para negarme, aunque le insisto que me siento bien. 
Dinen le dio su teléfono, la mujer lo anotó; el salón quedó vacío.
La mujer lo llamó la semana siguiente, para comunicarle que ya disponía de los resultados de los exámenes. El investigador sugirió un café cercano, de esos cafés donde aún se puede conversar. No habían pasado treinta minutos cuando ambos se hallaban sentados en una mesa iluminada por una ventana que daba a la calzada, con cortinas semitransparentes. El garzón les extendió la carta; la mujer pidió un capuccino y Dinen un expreso doble, sin azúcar.
-¿Cómo se ha sentido? -preguntó Dinen.
-Muy bien, a pesar de las noticias.
-¿Trajo los exámenes?
-Aquí están.
Dinen estudió los resultados atentamente; luego se los devolvió.
-Lo que imaginaba -murmuró con un tono de inquietud.
-Me encuentro en perfectas condiciones; todos mis niveles están normales. Azúcar, lípidos, colesterol, presión, corazón, riñones, todo está bien... si no fuese por ese tumor en el cerebro. Está muy avanzado, señor Dinen.
Cuando el garzón depositó los cafés sobre la mesa la mujer comenzó a desplomarse, pero Dinen estaba atento. La afirmó con los brazos y la acomodó de nuevo en la silla. La mujer ya había vuelto en sí.
-Puede retirarse -le dijo al garzón, quien no atinaba a reaccionar.
-¿Le traigo agua a la señora? 
-Sí, por favor.
-¿Me perdí algo? -preguntó la mujer.
-Nada -dijo Dinen-. Sírvase agua.
Veinte días después, al momento de las exequias, en las que le fue imposible dejar de advertir la escasez de asistentes, a pesar de la pompa con que una mano desconocida las había organizado, Pil Dinen cuestionaba el papel pasivo que había desempeñado respecto de la mujer, inundado de una vaga sensación de culpabilidad. No se perdonaba el hecho de que no se le hubiese practicado la autopsia ni que su cuerpo fuese a desaparecer en cuestión de horas, tras la cremación. Podría haber hecho algo más, se recriminaba, en un giro no usual de su personalidad. Culminada la ceremonia, ya se disponía a hacer abandono del lugar cuando un hombre lo tomó del brazo y le habló con suavidad.
-Señor Dinen, ¿nos sentamos un momento? Deseo compartir algo con usted.
-Claro, claro, aunque me aguarda un compromiso por cumplir...
Escogieron un escaño a la sombra del abedul, cuyas hojas el otoño había variado del verde al amarillo.
"Quisiera hablarle de mi tía Nadia", comenzó. El investigador detuvo el entusiasmo de su interlocutor, presionándole uno de sus brazos con la mano. "Sospecho que su relato le tomará bastante más que diez minutos, tiempo del que en este preciso instante no dispongo. Y en vista de que la muerte de su tía es un hecho consumado, estimo que ya no existe apuro en conocer lo que usted quiere decirme, de modo que le sugiero me haga llegar sus impresiones por escrito. Esta es la dirección de mi oficina, señor..."
-Blas Novoa.
-¿Está de acuerdo con mi sugerencia, señor Novoa?
-No estoy acostumbrado a escribir, pero haré lo que me pide, señor Dinen. Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Decir que Dinen había olvidado el caso no es verdad; pero decir que diez días después se sorprendió cuando en su buzón halló la nota que le había pedido a Blas Novoa se acerca bastante a lo que sintió al tomar el sobre en sus manos. Sin apuro entró a su oficina, preparó café, se sentó, abrió el sobre y se dispuso a leer. Esto decía:
"Señor Pil Dinen
Estimado señor Dinen
Mi tía Nadia era poseedora de una incalculable fortuna. Era soltera, no tuvo hijos y yo era su único sobrino, el hijo de su hermana Blenia, mi mamá, ya fallecida. Sospecho que soy su único heredero. Temo que la justicia me investigue y me acuse de su muerte, por eso quisiera contratar sus servicios. Soy inocente.
Quedo a sus gratas órdenes
Blas Novoa". 
En la posdata figuraba su teléfono y su dirección.
En el rostro de Pil Dinen se dibujó una mueca intraducible. Solo alguien o algo que pudiese entrar en su cabeza podría interpretar correctamente ese gesto. El detective telefoneó a Novoa y le habló, con estas mismas palabras:
"Hola, Novoa, habla usted con Pil Dinen... Bien. Estoy en mi oficina... Sí, la leí, por eso lo llamé... Me parece que está poniendo la carreta antes del buey... Quiero decir que no se anteponga a una eventual intervención de la justicia... Sí, tiendo a creerle, pero debo rechazar su oferta... Es que nunca he sabido de alguien que haya contratado a un detective para defenderlo de un crimen que no se ha cometido y del que no se le acusa... Es una manera de decir, no estoy negando que haya sido un homicidio... Bueno, yo podría el martes... Bien, allí estaré". 
Ahora el gesto fue menos hermético. Y era de extrañeza, de curiosidad. Por primera vez en el desempeño de su oficio, Dinen presintió que su olfato de investigador le jugaba una mala pasada. Una simple carta le informaba que la muerte de la tía Nadia pudo deberse no a la consecuencia natural de la fatídica progresión del tumor, sino a un crimen respaldado en sólidos motivos y con probables sospechosos.  
Sobrepasado el plazo de los vencimientos, Pil Dinen se dispuso a meditar. Para ciertos espíritus un clima como el de ese instante se presta para la provechosa reflexión; para otros no. Era un día horrible, una pesada capa de smog cubría la ciudad; hacía frío. Dinen encendió la estufa a parafina y se acomodó en su viejo sillón frente al artefacto. Una habitación ciega siempre será buena para atar cabos. Y así era, en efecto: la única ventana del cuarto daba a un monótono patio de luz. Le pareció recordar que Descartes había procedido de forma similar mientras le daba cuerpo a una de sus obras maestras. 
Novoa me ofreció algo valioso, sin sospecharlo. Parece más interesado en demostrar su inocencia que en la herencia de su tía Nadia. Es ilógico, además, eliminar a una persona que tiene sus días contados. Lo novedoso es que la fortuna de la tía ha resultado ser bastante menos incalculable de lo que sigue pensando su sobrino. Imagino que está extrayendo esa idea de la contradicción surgida entre ser relativamente indiferente al dinero y estar convencido de que se trata de una "fortuna incalculable", lo que lo convertiría en sospechoso. Debo concluir que Novoa ignora algo que yo intuyo, y por eso cree o que la justicia está siguiendo sus pasos o que una fuerza oscura dará con él y le provocará la muerte, así como le ocurrió a su tía. Por mi parte, dejo su suerte en manos del destino, para concentrarme en el enigma de la tía Nadia. He cometido errores en mi vida profesional, quién no los comete; pero en esta historia caí en una seguidilla de errores; no estaba acostumbrado a eso. Descuidé a la tía Nadia, conociendo su estado de salud -porque no es que presintiera su próxima muerte, es que la esperaba, todos la esperaban-; descuidé a los tres caballeros que estaban con ella en la habitación, observándola mientras se hallaba tirada en la alfombra. Entré a la sala a continuación, no retuve sus nombres ni sus direcciones, los dejé marcharse. Y en cuanto al médico, a los resultados de los exámenes. ¿Eran sus exámenes? ¿los de la tía Nadia? ¿Por qué ella deseaba que yo supiera que iba a morir, si es que en realidad ha muerto? Es un hecho corriente que los deudos cierren la ventanilla del ataúd, para evitar miradas morbosas, pero debo admitir que aquí esa decisión le agrega un toque de misterio al caso. Porque, ¿quién estaba adentro, a quién incineraron? ¿A quién debo responderle por esta serie de hechos desafortunados? ¿Cómo ocurrió que terminé cayendo en las manos de un escritor de segundo orden? ¿Por qué me hallo sentado ante una estufa a parafina que me hace lagrimear, pudiendo disfrutar de un salón con la repisa de la chimenea cubierta de mármol? ¿Es por su honradez, por lo que da en llamar una vida cabal, digna, honesta? ¿O es por sus limitaciones? Esas pequeñeces que poco aportan a la historia no me quitan el sueño. Existió, o existe, una tía Nadia; la conocí, habló conmigo, la vi tirada en el piso. Existe un sobrino llamado Blas Novoa; lo he abandonado a su suerte. Existen tres caballeros de los cuales desconozco sus nombres; pueden tener vital importancia o relativa importancia o ninguna importancia en la solución del caso. Existe un invitado a esa fiesta que era médico, el que la examinó y ordenó los exámenes; ahora reparo en que se trata de un personaje engañosamente secundario. Y existe un "amigo ausente" de la tía Nadia, que no se presentó a la fiesta y sobre el cual lo ignoro todo. ¿Qué he sacado de ellos, qué les he sacado para el bien de la historia? Ni una emoción, ni un dilema moral, ni un sentimiento. Qué tengo contra los sentimientos, por qué los rehúyo en mis personajes de ficción; adónde me conduce ese afán de racionalizar las cosas más absurdas, ese afán de poner paños fríos, sobre todo de ridiculizar cualquier aspiración de grandeza, castigando al que se proponga tal finalidad. Sí, lo admito, soy ese detective que se adueña de sus casos, que no permite expresarse libremente a los demás personajes, que los mantiene bajo su yugo, haciéndolos bailar a su ritmo. Ese soy. Y lo que sí me quita el sueño es que no tengo la culpa, poco puedo hacer ante el dictador de la historia, a menos que lo obligue a imaginar un resquicio que le dé un poco de oxígeno a mi ser.
Días después lo llamó su contacto en el banco.
-Tenías razón, Dinen. Alguien anduvo rascando millones en la cuenta de tu famosa tía Nadia. Peter Fernández. Disponía de un poder otorgado por la occisa. 
Pil Dinen recordó que el nombre de Fernández figuraba entre los invitados a la fiesta. Debía de ser, casi con seguridad, el "amigo ausente".
-No pudo retirar su dinero si ella estaba muerta. Sus bienes se congelan mientras se definen los beneficiarios de la posesión efectiva. Tu banco no cometería un descuido grave, criminal, como ese.
-Claro que no. El retiro se hizo efectivo dos días antes de su muerte. Todo legal. Vale vista a nombre de Peter Fernández.
Si Fernández había huido al exterior con el dinero, existen países con extradición parcial a Chile; esto es, de difícil o casi imposible tramitación, conjeturó Dinen, y seleccionó Brasil, Francia, México y Argentina. Era cosa de comprobar a cuál de esos destinos pudo haber viajado, de haber asumido aquella opción... y con quién. Su intuición le aseguraba que con ese dato tendría medio caso solucionado. Arenas, su amigo de la Policía de Investigaciones, lo sacó de la duda rápidamente.
-Vuelo Latam 607 con destino a Sao Paulo. Martes 26 de mayo, 19 horas. Peter Fernández, asiento 14A.
-¿Está Nadia Bravo entre los pasajeros?
-No. Pero hay una mujer de nombre Nelda Prado. Asiento 14B.
-¿Me puedes enviar su foto por whatsapp?
-Espera... Ahí va.
Era ella. La tía Nadia.
Inmerso nuevamente en su anhelada soledad, Pil Dinen se dio a la tarea de esclarecer los motivos que dieron lugar a esa jugada de Peter Fernández y la tía Nadia. ¿Qué la llevó a emitir un vale vista a nombre de Peter Fernández para viajar posteriormente con él a Sao Paulo, en circunstancias de que ella misma pudo haber retirado el dinero, pues nada se lo impedía? ¿Con qué fin se hizo pasar por muerta y de ser así, quién fue incinerada, o incinerado, con su nombre? ¿Acaso un remedo de ser humano envuelto en trapos y objetos combustibles? ¿Por qué se dio el trabajo de tenderme la trampa de su enfermedad mortal? Sin cadáver que exhumar, la tía Nadia era la coautora de un plan maquiavélico urdido para desaparecer, perderse como alma anónima en otras tierras junto al que pudiese ser el compañero de su vida. En ello no había delito alguno.
El desarrollo de los acontecimientos forzó un nuevo contacto con Blas Novoa. Este experimentó cierta inquietud al escuchar la voz del detective, o eso le pareció a Dinen. Convinieron en reunirse en el departamento de Novoa, a pesar del tímido rechazo suyo, de Novoa, se entiende, ante tal propuesta.
El sobrino de la tía Nadia era un honrado funcionario público, el amoblado de su piso lo daba a entender. Acababa de volver del trabajo. Sus dos hijas hacían las tareas en la mesa del comedor cuando Dinen tocó el timbre. A una sugerencia de Novoa, ambas se retiraron al dormitorio. Su mujer preparaba la once. Novoa la ayudó poniendo el mantel y sobre él, un canastillo de pan francés, mortadela, láminas de queso, mermelada industrial, azúcar, bolsas de té. Al momento de la sobremesa, Novoa dio inicio a la conversación del modo más inesperado.
-Le aseguro que yo no tengo nada que ver con la muerte de la tía Nadia, señor Dinen -su mujer lo tomaba del brazo en actitud protectora.
-Mi marido no se cansa de decirlo; hasta le ha dado por hablar dormido -agregó la mujer.
-Por mí, no tema, Novoa. Yo pienso lo mismo -lo tranquilizó Dinen-. El asunto es que su tía Nadia envuelve un misterio que me ha sido imposible resolver. Su fortuna no es tan grande como usted me lo sugirió en nuestro anterior encuentro; pero le informo que por ahora no hay herencia. La tía Nadia está viva...
-¿Viva? ¡No puede ser, si estuvimos en su funeral!
-¿La vio usted muerta?
-¡Claro que sí! O sea, vi el ataúd... La tapa estaba cerrada. Tiene razón, no le di importancia a ese detalle.
-¿Quién organizó las exequias?
-Debería haberlo hecho yo, pero me avisaron que una caja de compensación había corrido con todas las diligencias, además de los gastos. Le confieso que sentí alivio al saberlo.
-¿Quién le avisó?
-Me lo dijeron en la funeraria, cuando fui a hacer los trámites.
-¿Qué médico certificó la muerte?
-Un señor de canas. Se veía bien respetable.
-¿Este? -Dinen le mostró la foto del médico que estuvo en el salón junto a los tres caballeros.
-Sí, el mismo.
-La tía Nadia no ha muerto. La policía registra su salida del país, con el nombre de Nelda Prado, acompañada de un señor llamado Peter Fernández.
-¿El Peter?
-¡Te dije que la Nadia andaba en malos pasos! -reaccionó la mujer, más sorprendida que molesta.
-¿Conocían a Fernández?
-Peter es el jardinero de la tía Nadia. Tendrá unos veinte años menos que ella. 
-Y tan potijunta que se mostraba (la esposa de Novoa comenzaba a irritarse).
-Eso no convierte a Fernández en amante; tampoco en criminal, señora.
-Es verdad, Estela. ¿Qué piensa usted, señor Dinen?
-Ustedes me han dado datos relevantes. La relación entre Nadia Bravo y Peter Fernández. Más importante aún, la personalidad, la conducta que exhibía la tía Nadia ante la gente. Sin querer, señora Estela, usted usó el calificativo exacto, por vulgar que suene: potijunta. De modo que si se hubiese llegado a enamorar del jardinero, incluso si el enamoramiento hubiese sido recíproco, ella se habría sentido atrapada en una especie de cárcel moral, impedida de dar a conocer sus sentimientos. Eso explicaría la fuga del país.
-Perdimos la herencia, Blas -intervino la mujer, mientras en su rostro se dibujaba un amargo gesto de resignación.
-La verdad, señor Dinen, es que esto me quita un problema que me tenía obsesionado. Si lo que está diciendo es cierto, nadie me podría acusar de nada.
-Se equivoca, Novoa. Lo podrían acusar de encubrir un fraude. El único autorizado para realizar los trámites de incineración era usted, como pariente más cercano de ella. Queda además por investigar quién o qué fue incinerado en vez de su tía... si es que no era ella la que realmente yacía en el cajón.
-¿Usted cree que me pueden venir a buscar?
-La policía no. Para la ley no hay caso alguno. La muerte natural de una persona, la salida de otra persona del país y un retiro de dinero son realidades ajenas a lo ilícito. Aun así no doy el tema por cerrado. Persisten hilos sueltos en la trama. No haría mal en tomar ciertas precauciones durante un tiempo corto.
-¿Cuánto tiempo cree usted?
-Uno a dos meses. No le pido que se esconda. Siga trabajando normalmente, pero evite caminar solo por las noches; se lo digo a manera de ejemplo.
-Le agradezco su información. ¿Cuánto le debo?
-Tranquilo, Novoa. 
Dinen dejó el departamento envuelto en dudas y aprensiones. Debía dar con el médico, pero poco tardó en comprobar que el certificado de defunción no había sido emitido por el "respetable señor de canas", sino por la doctora Lidia Valdebenito, asociada al Colegio Médico con el número 4.724. Por otra parte, según la lista de invitados, el nombre del "médico" que asistió a la tía Nadia en la fiesta era falso. Al acceder a la doctora Valdebenito se llevó otra sorpresa. La doctora había firmado efectivamente el certificado de defunción tras constatar el fallecimiento de la tía Nadia. "La recuerdo perfectamente, señor Dinen, aunque no la conocía. Una mujer de mediana edad en su lecho de muerte. Me llamaron, fui a su casa. Había sufrido un infarto, pero lo que en realidad causó su deceso fue el tumor cerebral que sufría. Certifiqué la muerte y me retiré. Es todo lo que puedo decirle".
-¿Quién la llamó?
-Creo que se llamaba Fernández.
-¿Peter Fernández?
-Exacto, Peter Fernández. Dijo ser un empleado que estaba al cuidado de la señora.
Dinen sacó de su bolsillo una foto de la tía Nadia y se la enseñó a la doctora.
-¿Es ella?
-Sin duda.
Sus temores renacieron días después, al contestar un llamado a su celular. Era la esposa de Novoa.
-Estoy preocupada, señor Dinen. Vinieron a buscar a mi esposo.
-¿Quién?
-Tres caballeros. Eran del banco y le pidieron que los acompañara, por el asunto de la herencia. Esto fue en la mañana. Antes de irse avisó al trabajo que iba a llegar más tarde, pero todavía no vuelve y en el trabajo no está. No fue a trabajar. 


(sigue)

viernes, abril 17, 2026

Las costumbres cristianas han pasado de moda

Tras haber leído "Páramo Salvaje", la novela de María Elena Gertner, desearía detenerme un segundo en el tratamiento del motivo religioso. 
No se trata de negar la fe, especialmente de la autora, quien a menudo explica los actos de sus personajes, sus buenas acciones y sus malas acciones, como si fuesen presionados desde la altura por los mandamientos del catolicismo, como si cargaran una cruz insostenible, pareciendo bueno que así fuese. Se trata simplemente de que su lectura, a sesenta y tres años de haber sido escrita, perjudica a la obra, la hace ver pasada de moda. Esto es extraño, ya que la trama es innegablemente contemporánea; adelantada a su época.
Surge la pregunta de si es la mudanza de las costumbres la que avejenta una obra de arte. Dios, la religión, la práctica de la religión, han pasado hoy, mal que pese, a segundo plano. Si fuera ese el caso, el autor entonces sería inocente; no es su obra la que se avejentó, sino que los hábitos de la sociedad cambiaron, para bien o para mal, pero cambiaron. No he dicho evolucionaron.
En consecuencia, difícilmente la novela será leída por el público joven.
Y sin embargo Dostoievski, Kafka, el Libro de Job, obras escritas hace montones de años, hace siglos, continúan transmitiendo actualidad. 
¿Qué  aleja a "Páramo salvaje" de una obra clasíca?
Borges define como clásico "aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término". Luego se da a la tarea de ponerle trabas a esa definición para concluir que ciertos clásicos "prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición".

miércoles, abril 01, 2026

Laberinto voluptuoso

¿Qué podría sacar en limpio de un sueño cuya trama se va enredando y repitiendo en medio de mi confusión y mi creciente malestar, un malestar que no tiene otro destinatario que yo mismo?
Se sabe que las calles de los cerros de Valparaíso pueden ser laberínticas, como las de Guanajuato, de modo que si salgo a comprar un par de cosas para el almuerzo puede que no vuelva nunca más; esto, si no pongo el suficiente cuidado con el camino que he hecho de ida. Pues bien, ¡es precisamente lo que me ha ocurrido! Eran solo tres cuadras hasta el almacén, pero las calles se han ido abriendo y abriendo en múltiples posibilidades y siempre me hallo cerca, muy cerca de retornar a la calle original, la verdadera. He tenido sueños parecidos con calles maltrechas, calles nocturnas que se alejan de la ciudad, calles que dan a galerías céntricas, pero este es ligeramente diferente; se ha introducido aquí el tema del laberinto que, según se verá a continuación, es un laberinto voluptuoso. 
Hay esquinas que evidentemente no corresponden a los pasos andados, con edificios antiguos de tres y cuatro pisos de ladrillo a la vista nunca vistos por mis ojos. Mas de pronto, al deshacer mis pasos para intentar otra variante, me encuentro con una placita que sí me resulta familiar, sobre todo por ese muro blanco al que le llega el sol de otoño, recubierto de flores rojas, que protege y embellece la casita de barrio, muy próxima a mi hotel, ya que, esto no lo había dicho, me encuentro de visita en la ciudad y alojo en un hotel.
Pero esa esquina me lleva a otra placita tan provinciana como la anterior, a otro muro blanco que enfrenta a la pequeña iglesia, una placita con piso de tierra seca y bancos para reposar no usados por  alma alguna. Estaba tan cerca, casi se veía el hotel más allá del muro; ahora debo devolver mis pasos nuevamente para intentar una nueva opción.
La atenta mujer que hace de guía se ha echado a descansar apoyada en la pared del pórtico deshabitado que da a la calle. Sentada, sube las rodillas, las pone a la altura del pecho, dejando al descubierto una vulva húmeda a medio afeitar, escena no muy agradable a la vista, pero provocativa para el joven desvergonzado que irrumpe en el sueño, sin aviso. El hombre saca su miembro del pantalón y se acerca a ella. Lo acompaña un niño; eso me turba y trato de sacarlo del lugar.


domingo, marzo 15, 2026

Antiguos recuerdos, nuevas sensaciones

Las mañanas vienen acompañadas de sensaciones nuevas. Persisto en sepultarlas bajo los cálidos recuerdos de días anteriores; y sin embargo, afloran naturalmente como la punta del hielo filudo.
Una imagen relativamente similar sería esta:
El presente me traslada a sensuales recuerdos inquietantes, de desaprovechamiento de la belleza que tuve ante mí y no supe disfrutar. Reconstruyo escenas no presenciadas que años después, en la serenidad supuesta de la vejez, se tornan reales.  

lunes, marzo 09, 2026

Collyer, Cohen, uno al lado del otro en la estantería

Esas historias de Collyer, publicadas en su libro "Swingers", imagino que serán aquellas de las que la gente se burlará con simpatía en cincuenta años más. Porque, tal como ha ocurrido con los grandes, que no anduvieron ni por las tapas con la realidad de aquel supuesto tiempo futuro que intentaron describir, temo que nuestro escritor local vaya por las mismas. En el caso de los grandes, están sus obras maestras para enrostrarles sus equivocaciones. En el caso de Collyer, me atrevo a conjeturar que no quedará rastro de ellas. Aunque, cayendo en el juego, también me puedo equivocar. 
Describir futuros mundos tiene algo de presuntuoso. Desde luego, los temas tratan asuntos, problemas éticos, contradicciones actuales. No se desea advertir del futuro, se desea denunciar el presente. Se ha elegido un mal disfraz. El tema del cuento que le da el nombre al libro, por ejemplo, es el viejísimo drama de los celos, al que se suma en el último minuto una suerte de homosexualidad encubierta. Y esas ínfulas de darle tonos académicos a los relatos, de dónde vendrá, ¿de Borges, tal vez?
Yo he escrito cuentos parecidos. Me parece que los míos son mejores. Al autor siempre le parecerá que sus cuentos son mejores. Al leer a Collyer me planteo seriamente si esos cuentos míos están para autoeditarlos o sería mejor echarlos a la basura, quemarlos. Saldrían lindas llamas del fogoncito que me compré para amenizar las frías tardes frente a las estrellas, acá en el sur.
Lo que me intriga es que existan editoriales dispuestas a dilapidar sus fondos en autores como esos. Una buena publicidad puede mucho, una buena red de contactos, más aun. Pero al final el papel no engaña.
En suma, escritura impecable, interesante imaginación, que no llegan muy lejos. Un artista menos en mi lista de la envidia.
Ya he comentado antes, me parece, el secreto placer que siente el autor ante el fracaso de una obra ajena. Es verdad también que se vive un auténtico gusto al saborear palabras magistrales en obras consagradas. Generalmente el placer ante el fracaso se da con escritores contemporáneos y el placer ante el éxito se da con escritores viejos, o muertos. O sea, ídolos inmortales inofensivos.
Hay que tener agallas para rendirse ante un par.
Y ya que estamos con estas, no puedo dejar de mencionar al último de los autores nacionales que me tiene secuestrado entre sus páginas; digo secuestrado porque quisiera huir y no puedo, y no puedo no porque no quiera o me sienta hechizado, sino por esa mala costumbre que tengo de terminar lo que empecé.
A Gregory Cohen lo tomé en la biblioteca porque me sedujo el título de su libro, "El judío y la pornografía". Supuse que era un libro divertido escrito al estilo de Woody Allen o Philip Roth, este último bastante menos divertido que el primero. También lo tomé porque es de mi edad. Nacimos el mismo año. En la solapa se exaltan sus cargos de "profesor de cátedra" en las universidades Diego Portales, De Chile y Academia de Humanismo Cristiano. Tiene pergaminos.
Me ha costado leerlo, por sus pretensiones sociológicas, políticas, su estilo consistente en hurgar en las palabras, frases y sus significados, orígenes lógicos, darle vueltas a la tuerca, etcétera. Por sus pretensiones. De paso, condena a la dictadura chilena, un tópico que ha pasado a engrosar el tabú de las verdades irrebatibles. ¿Quién puede defender al nazismo sin arriesgar una feroz arremetida? Apenas se atrevió a hacerlo Serrano y no le costó barato; lo echaron al rincón, se mofaron de él. ¿Quién puede defender a la dictadura de Pinochet sin caer en el descrédito? Hermógenes Pérez de Arce lo hizo y su firma terminó siendo retirada de la página editorial A-3 de "El Mercurio". Y se trataba del columnista estrella del Decano. 
Es re fácil plegarse al sentimiento común, que es impermeable a la crítica. John Le Carré al menos le habría dado un giro a la historia. Y no es que esté hablando de un genio.
Pero Cohen, al que se le puede perdonar el uso errado del término paralogizado, habiendo querido decir paralizado, incurre en dos o tres faltas insignificantes pero más serias, que destruyen la lógica interna del relato. En la página 141 dice que uno de los personajes de la novela, Sofía, conoció en 1925 a un ingeniero ruso en Barcelona,"agente activo de la NKVD, organización policial y de contrainteligencia soviética". Pues bien, la historia enseña que la NKVD operó entre 1934 y 1946. A renglón seguido sostiene que "a fines de la Guerra Civil española, a horas de la caída de Madrid a manos de los golpistas falangistas, una parte de la delegación soviética ya volaba en un MIG poniendo a salvaguardia a Sofía y su hijo Boris". La Guerra Civil española finalizó el 1 de abril de 1939. El primer MIG surcó los cielos en abril de 1940. En la página 161 escribe: "En el año cincuenta dsignaron a Boris como agregado de prensa en la embajada soviética en Chile". Resulta que en 1950 no había embajada soviética en Chile. El gobierno de Gabriel González Videla la cerró en 1947 y el gobierno de Eduardo Frei Montalva restableció relaciones con la URSS en 1964. 
Cansa dedicar tiempo a estas cuestiones. No se trata de envidias, celos profesionales, detallismo enfermizo. Yo creo que lo hago para ejercitar los dedos y combatir la artrosis.   

viernes, marzo 06, 2026

El seductor y otros sofismas

El seductor debe interesarse en su objetivo; debe dejar algo de sí, una vez conquistado. 
Detrás de cada guerra subyace el dinero; detrás del dinero subyace el poder; detrás del poder reina la insatisfacción.
Cada travesía es un infinito de posibilidades que conducen a la misna meta.
La tragedia de la paternidad es que triunfamos cuando somos irrelevantes (Jay Kelly).

sábado, febrero 28, 2026

Repaso veraniego

De lo mucho acaecido en estos meses, de justicia sería comenzar el presente repaso veraniego con el viaje a México emprendido con mi esposa para encontrarnos con la Vale. En estricto rigor no se trató de un tour, aunque recorrimos bastantes ciudades, empezando por la capital y siguiendo con Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato. Estuvimos en las pirámides, visitamos el Museo Antropológico, pernoctamos en el bello centro histórico de Querétaro y en pleno Guanajuato, la ciudad de los túneles y de los estrechos pasajes flanqueados por casas empinadas en los cerros. Mas lo que de verdad necesitábamos constatar era la vida que está llevando nuestra maravillosa hija, uso maravillosa en el estricto sentido de la palabra. Saber más de su situación sentimental, sus problemas de salud, sus estrecheces económicas, su sencillo y delicado modo de vivir la vida. La dejamos allá, no sin ciertas inquietudes por resolver; espero que nos veamos nuevamente en marzo por un par de semanas, esta vez en Chile, sobre todo para festejar su cumpleaños.
Están, además, estos dos meses pasados con Patricia, plenos de ese amor maduro que tanta falta nos hizo en nuestra juventud, aunque a veces salpicados por discusiones debidas en parte a mi irritabilidad y cierta tendencia al menosprecio, que debo de haber heredado de mi madre; esto es, una actitud que llevo anlcada en el alma; en parte a su facilidad para reflotar malos instantes.
Santiago, La Serena, México, Santiago, retorno a la cabaña de Frutillar.
Experimento ya de forma apagada el recuerdo del estreno de mi obra de teatro en La Serena, "Las calaveras salen de juerga", que no llenó para nada mis expectativas y me hizo preguntarme a la salida, mientras caminaba la tarde de ese sábado por calles vacías, por qué el público no se reía... por qué...
En Frutillar tuvimos visitas; febrero es el mes de las visitas. Marcos, Cecilia, Paty y yo disfrutamos de una semana de amistad, paseos y cariño, días no exentos de peculiaridades, como aquella se sentirse extranjero en su propio país. Pero son detalles. Nunca debería uno arrepentirse de compartir con una pareja con la que se puede hablar de todo.
Me sobrevino, eso sí, esa colitis espantosa que me tuvo entre las cuerdas y que despertó en mi mujer una desconocida, novedosa especie de piedad hacia mi persona. Viví momentos humillantes, propios de una parte esencial de la naturaleza humana que tiende a esconderse; esto es, momentos indignos de cualquier espíritu noble que pase por la tierra.
Recibimos además la ansiada visita de Matías y Benicito, padre e hijo, síntesis de un solo corazón, del amor traducido a vida. Días magníficos en los que, sin embargo, el velo de la comunicación fallida caía de pronto entre nosotros. Pero esos momentos frente al humilde fogón, bajo el cielo limpio del sur, bajo las estrellas del sur, momentos de silenciosas reflexiones, acompañado de mis seres más queridos, son tesoros para desenterrar en las instancias grises de las que la vida está plagada.
Mi hija mayor se da el viaje de su vida a España, su segunda patria, a juzgar por su profesión de artista del baile flamenco. Todo le ha salido como miel sobre hojuelas.
Hoy, solo de nuevo, condenso en estas pocas líneas el verano que se va.

lunes, febrero 09, 2026

Solo, en la ciudad

A la salida del trabajo me ofrecen un Maserati; detrás de ese portento figura otro deportivo a mi disposición, un Lamborghini. Gratis, ambos en la calle, con las llaves puestas. 
No dispongo de cualidades excelsas para diferenciar al momento una oferta imperdible de una estafa. Tengo el defecto de no conectar con las personas que me hablan, la tendencia a evitar el encuentro de las miradas. El oferente, un hombre simpático de sonrisa fácil y traje claro, no termina de convencerme. La duda me aplasta. Las puertas de la oficina le abren entonces el paso a un avispado colega, que se sube al Maserati y desaparece en fracción de segundos. En cuanto al Lamborghini, acaba de entrar también al baúl de los recuerdos. Pero hay premio de consuelo. Un scooter tembleque, mejor dicho un monopatín, en el que me embarco al centro.
No más llegar a la plaza de armas me dejo llevar por el movimiento de la gente, desentendiéndome del ligero vehículo. El efecto contrario se produce en unos pelusitas, que olvidan sus correrías para acercarse a contemplarlo.
-¿Me lo presta, caballero?
-Claro, pero no se alejen.
Dicho y hecho: se alejan más de lo conveniente y me cuesta un mundo ubicarlos, pero doy con ellos. Están dando vueltas por la baldosa alrededor de un frondoso árbol muy bien cuidado, con una amplia taza que lo protege y le asegura una buena nutrición. Me subo nuevamente al monopatín, pero he aquí que me ocurre lo que tantas veces, por no decir lo de siempre: tropiezo dos veces con la misma piedra. Los chiquillos reaparecen y les vuelvo a prestar mi joyita. A los dos minutos me doy cuenta de que la he perdido, irremediablemente; dicho en otras palabras, me la han robado. Y dicho aun en otras palabras, les he facilitado el robo del monopatín.
Cuán equivocado estaba pensando que era mío. Nada es gratis en este valle de lágrimas. Crece mi ansiedad al pensar que debo devolverlo y no lo tengo, de modo que vago por las calles de la ciudad, solo, sin norte, imaginando un imposible.
En la disquería me las doy de sabihondo ante el señor de peluquín sentado al lado de la barra de los vinilos. Suenan los parlantes.
-¡Ah! ¡Los tres tenores!
-Desde luego.
-¿Conoce a los tres tenores?
-Desde luego.
(No los conoce).
-El que canta de Plácido Domingo. ¿Lo conoce?
-Me parece haberlo escuchado alguna vez.
(Lo ha escuchado un montón de veces, pero no lo ubica).
-Ahora canta José Carreras...
-Sí, por supuesto.
-Ahora canta... -no logro recordar al tercero, el más famoso. Llevo dos días fracasando en ese desafío, y no pienso recurrir a Google. Tengo en mi mente su gordura, su pañuelo blanco, la tristeza de sus ojos, la energía y suavidad de su voz toscana. La memoria es un delfín.
¡Cuán inofensivos, cándidos!, me resultan estos sueños, si los comparo con las pesadillas de días anteriores, eventos circulares incompletos que se repiten hasta la eternidad onírica, mientras el cuerpo va y viene rumbo al baño, depositando lo malo que hay en él en el vergonzoso receptáculo ideado por el hombre para calmar sus urgencias. 

Martes 17 de febrero, 15.47 hora local.
Luciano Pavarotti.

sábado, enero 31, 2026

Percepciones

Hay algo misterioso en la percepción de la propia imagen cuando se halla lejos del ambiente en el que acostumbra a vivir. Desde Santiago, me veo en el paraíso sureño de Frutillar inserto en un cubo claustrofóbico de soledad y silencio; la vida no se me hace grata, desaparecen mis ansiedades literarias junto con los hábitos adquiridos. Durante el viaje de retorno llevo solo una mochila, que carga dentro de ella, junto a calcetines, un libro y dos calzoncillos, una opresión en el estómago. Añoro entonces mi vida de familia, mis cafés matinales, la sonrisa de mis hijos y mis nietos, la compañía de mi esposa, la calidez de mis amigos. 
Desaparecido todo aquello, vuelvo a la nueva realidad para descubrir una vez más que se puede vivir una vida feliz en cualquier lugar, es cosa de adaptarse. Y si suprimo el pequeño adjetivo, la sensación es que se puede vivir en cualquier parte, que es cosa de adaptarse.

lunes, enero 19, 2026

Volar en círculos

Se me está haciendo tediosa la lectura de "Volar en círculos" (o "The Pigeon Tunnel", título original) del escritor espía británico John le Carré (David Cornwell, nombre original).
Esperaba más del hombre. Tal vez, como el ex periodista que soy, conozca demasiado bien los trucos para animar al lector, las descripciones de los personajes y la carga subjetiva que todo eso transmite, y que en el fondo deja al autor como lo que es: el dueño de su texto.
Tampoco me agrada esa refinada y apenas visible sed de venganza contra algunos de sus poderosos entrevistados.
Creo que sus memorias debieron pasar por alguna revisión de parte de otras manos.

viernes, diciembre 26, 2025

Desafiando a las masas

No es un buen día para sumergirse en la redacción de un relato turbio y vago de final desconcertante, pero la fuerza de la pesadilla que tuve hace tres días, y de la que traté de escapar, me obliga a hacerlo. 
Delante nuestro corría el auto gris, un suv de precio medio; nosotros viajábamos en uno parecido, tal vez un par de años más antiguo, ligeramente descuidado. Un puente mecano sin barandas rodeaba en un ángulo recto un risco caído a plomo. El auto delantero tomó la curva cerrada con imprudencia, de tal forma que la rueda trasera de la derecha quedó en el aire, con el vacío bajo ella. El auto se desequilibró, pero logró zafar. No se podría afirmar de sus ocupantes que fueran tan amigos nuestros; tal vez fuéramos colegas de oficina y nuestras familias se conocieran lo suficiente como para emprender este viaje juntos.
Seguimos hacia nuestro destino. 
Entramos a un camino de tierra, se nos presentó una nueva curva; mi compañero de viaje trató de tomarla en su vehículo antes que el camión con acoplado, pero el capó se incrustó debajo del acoplado. Hubo un momento de tensión. Si continuaba insistiendo, el auto quedaría despedazado. Mi amigo se echó hacia atrás, sin daños visibles. Con el barullo, en el camino de tierra se abrió un espacio para adelantar; juzgué que llegaba mi momento.
Aquí comienza el ensueño desbocado, unido con toda seguridad a mis primeros movimientos en la cama, que despertaron a mi mujer y la impulsaron a remecerme. Pero el sueño era más poderoso y prosiguió.
Avanzando en la pradera irrumpieron las masas. De un lado, las masas furibundas; del otro, yo, con los brazos abiertos, dispuesto a jugarme la vida, como se ve en las películas de batallas medievales. Las enfrenté con resolución, en una maniobra temeraria, valiente. De los sujetos de todas las edades que corrían a atacarme y pasaban de largo solo pude distinguir sus miradas inclementes. Yo no era el hombre invisible para las masas, pero su fuerza no era capaz de tumbarme, asì como yo tampoco lograba hacerles el menor daño.  
Al rato fui a dar al despacho del facineroso espeluznante. Era bastante grande de porte y sus gafas le daban un aire formal, de caballero altanero. Vestía delantal celeste de sanatorio, señal de que tan importante no era. Ahí me tuvo un buen rato, haciéndome exámenes y preguntas que no condujeron a nada.
Se daba ínfulas.
Luego de su perorata, o filípica, volvimos a la pradera. Ahora todo había cambiado; el aire, la percepción del paisaje, el ánimo con que se enfrenta lo desconocido. Había oscurecido; la luna llena alumbraba un entorno fantástico, acogedor. Desde los amplios ventanales del edificio de cuatro pisos nos miraban, nos juzgaban. Nosotros nadábamos desnudos, felices, sobre el verdor de las plantas y las arenas del suelo costero, sin hacerles mucho caso.
Son escasos, por no decir escasísimos, los momentos en que mis sueños se recubren de felicidad. No es extraño que esos pocos segundos se relacionen con desplazamientos en aguas cristalinas o, como en este caso único, con flotar sobre el paisaje semidesértico bajo una luna llena. Recuerdo que mi única precocupación era que mi barriga no luciera tan ostentosa, de modo que trataba de nadar al estilo pecho, ya que mirado el cuerpo desde los ventanales, mi espalda lucía de lo más digna.

jueves, diciembre 18, 2025

Stoner

Lo que cautiva de Stoner es la fluidez y sencillez del relato, la verosimilitud de la historia y la credibilidad y profundidad con que envuelve a sus personajes, que parecen de carne y hueso, copiados con calco de una realidad que a fin de cuentas es ficticia. Pero cuán ficticia. Me quedo con la interpretación de Vargas Llosa, resumida en el título de uno de sus ensayos: La verdad de las mentiras. 
Pocas veces este año, mejor dicho, creo que ninguna, he leído un libro poco menos que sentado en la punta del asiento, como mirando una película de suspenso, sin querer que termine y devorando las páginas con los ojos. Me asombra que en toda mi vida jamás haya oído hablar de John Edward Williams, el autor, y le agradezco a mi amigo Miguel Ángel Castillo, maestro de fuste, el habérmelo revelado. Resulta evidente que eso se debe a mi pobre cultura literaria, al hecho de leer al tuntún, sin método alguno, sin base académica. También sde me hizo evidente, a las pocas páginas, darme cuenta por qué me lo recomendó.
Al leer Stoner pareciera que escribir es fácil y dan ganas de imitarlo. Sucede lo mismo con Borges, con Kafka. A poco andar se descubre que son inimitables. Williams tiene la gracia de jugarse el pellejo en cada capítulo, en el que describe una situación específica de la vida de Stoner. No cae en la tentación de mezclar, a sabiendas de que la vida es mezcla. Él separa. Disecciona. Vierte su talento en el problema de turno, obliga al lector a concentrarse en esa etapa, y el lector se lo agradece. Todo aquello lo hace con una extraña humanidad, acaso reflejo de la piedad que sentía por el ser humano, tal vez por sí mismo, algo que no se ve en muchos escritores. Una novela como esa, que se alimenta de emociones, corría el riesgo de despeñarse hacia el viscoso terreno del melodrama. Williams atraviesa con éxito la cuerda floja, amenazado página a página por la tentación sentimentaloide. 
Leí Stoner antes, durante y después de la elección presidencial que le dio el triunfo a José Antonio Kast. El suceso (el mazazo a la izquierda, los vientos de cambio, la paliza republicana) pasaron a segundo plano en mi diario vivir.

domingo, diciembre 14, 2025

Hámsters

El problema central, que algún día habrá de resolver la ciencia, estriba en que el ser humano pueda reemplazar sin trauma alguno el peso de su pasado por algo nuevo, diferente, sin olvidar ni renegar de su pasado. Mientras eso no sea posible seguiremos girando en una rueda, atados a nuestros destinos, como hámsters.

viernes, diciembre 12, 2025

La Casa Rusia

El argumento es bastante sencillo, pero el autor se da maña para desarrollarlo en casi quinientas páginas de un libro con letra en cuerpo 11, me pareció.
El estilo fluye como las tramas de espionaje, siempre complicadas. No es fácil la lectura. El autor presenta las situaciones y a los personajes como si el lector los conociera de antemano; luego revela; es un truco que utilizan Bellow y tantos otros. Así, a menudo hay que retroceder algunos párrafos en la lectura.
La cantidad de personajes abruma. Solo una inteligencia atenta es capaz de retener a la perfección sus características físicas y psicológicas, la mía se confundía a veces. Terminé por rendirme ante el problema.
El suspenso la hace interesante.
Sobre el fondo no me cabría más que alentar una hipótesis: esta es una historia en la que los hombres, las instituciones, lo ponen todo en duda. Es el eterno conflicto de los países (gobernados por hombres) que desconfían unos de otros, sin atreverse a decidir a favor de la sinceridad, porque lo que está en juego es demasiado. Es la historia del amor como símbolo de redención, aunque esto último también queda bajo el manto de la duda.  

domingo, diciembre 07, 2025

Horas difíciles

Vienen a pasarlo bien, vienen a divertirse. ¿De qué me enfado?  ¿Por qué me angustio? Han esperado días para celebrar, han pagado, se han vestido para la ocasión, han limado asperezas entre ellos para vivir una tarde, una noche, de fantasía.
Sería esta la forma correcta de mirar las cosas, la forma constructiva, optimista y buena. Pero yo, angustiado por mi tranquilidad, por el futuro que me espera, los miro por detrás de los visillos.
¿Qué tranquilidad esta, la mía, que siempre me ha sido tan esquiva? ¿Qué futuro?
Mi mente se retuerce, se niega a aceptar la realidad desde ese punto de vista, se complace imaginando catástrofes. Anuncios apocalípticos, fin de una ilusión. Vuelven mis días a las salidas de mi padre que pronosticaban tormenta, combinadas con cuatro o cinco días de felicidad, después la nueva salida, ciclo eterno de infancia.  

jueves, noviembre 27, 2025

La derecha y la izquierda

Días atrás conversábamos por teléfono con mi amigo Roldán y llegamos al siguiente acuerdo: la especialidad de la derecha es crear riqueza, la de la izquierda, apoderarse de ella invocando la injusticia social, su caballito de batalla. Concordamos en que el aserto tiene mucho de caricaturesco; pronto nos cambiamos al tema de la situación meteorológica, luego repasamos nuestro día a día y desembocamos en anécdotas divertidas de nuestros años de oficina, antes de despedirnos hasta la próxima ocasión. 

sábado, noviembre 22, 2025

Parado, sentado, acostado

Recorriendo museos -algo de lo que no disfruto hace bastante tiempo- me preguntaba por qué esa práctica me cansaba tanto; llegué a la ingenua conclusión de que el cansancio se originaba en la lentitud y persistencia de la caminata. Esto es, caminar deteniéndose ante cada cuadro, no caminar a paso firme. Ahí estaba la explicación.
Hoy pienso diferente, pienso que la solución de ese enigma era más fácil todavía. El hombre nació para estar sentado; o sea, fue mal fabricado. El ideal es estar acostado, pero acostado no se puede vivir, no se puede progresar, el hombre acostado habría durado poco tiempo en la tierra. De allí que las horas de sueño sean tan apetecidas, se las imagina uno como un premio. Lo que se aguarda no es tanto el sueño como el estar acostado; para leer, comer cuidándose de echar migas dentro de la cama, ver televisión, incluso echarse un polvito. Las horas obligadas de sueño eximen de la culpa.
Estar sentado, hoy por hoy, es productivo. Se ve bien que el hombre esté sentado. Tome asiento señor, le cedo el asiento, señora. El Metro venía lleno, de milagro agarré un asiento. 
Qué sería de las oficinas si no hubiese sillas, ojalá con brazos y rueditas. Qué sería de las salas de espera de clínicas, hospitales, registro civil, bancos, sin asientos. Qué sería de los estadios, de los teatros, sin butacas.

sábado, noviembre 15, 2025

Disparates

Las razones por las él que me alentaba a descartar mis argumentos, mi percepción del fenómeno, eran atendibles y bien miradas las cosas, lógicas. Pero mi voluntad se negaba a inclinarse hacia el bando de la razón. Decidí que no iba a perder la batalla contra mí mismo.
Así fue como ocurrió todo; mantengo lo dicho -afirmé con un tono dubitativo, tímido. A un observador modesto le habría bastado esa vacilación para aplicar el aguijonazo extra que diera por terminado el duelo, por así llamarlo.
Creo, sin embargo, que mi interlocutor no captó el cambio de entonación, lo que me produjo un vago desencanto, pues más tarde descubrí que lo que anhelaba en el fondo de mi alma era ser humillado. El hecho fue que cerró abruptamente la carpeta y dio por concluido nuestro encuentro. 
De particularidades como la que acabo de narrar se van tejiendo historias que acaban en disparates. En cuanto a mi caso, estaba libre, libre una vez más para proseguir mi camino torcido.